26 oct. de 2010

Amanece



Sus poros se dilatan en la claridad del aire. Siente que es dueño otra vez del cuerpo vivo, la sangre rápida, la blancura y el calor de su cuerpo en medio de todas las cosas reales y palpables que llenan el cuarto. Puede imaginar, por encima del trabajo de su corazón, y a través del ligero silencio de la casa, las dos manos rugosas de su madre moviéndose desde muy temprano en torno a las hornillas y el fregadero.

Cruzan su memoria unos versos exóticos de un poeta inglés que escapaba de un manicomio y se tendía sobre una colina a respirar, también él por instantes llega a sentirse así, como Dios, desde que tiene la seguridad de que no le pertenece todo el tiempo de su vida y que en algún momento tendrá que decidir entre morir o dejarse poner en una jaula. Ya un nuevo día significa para él algo más que la simple acumulación de oxígeno en los pulmones. Retoma sus chancletas y sale en busca del vaso de leche que cada mañana lo espera sobre la mesa del comedor.

Tira la puerta del cuarto sin romper el silencio. No está el vaso de leche. Inexplicables pensamientos dan vueltas como aves oscuras en el hueco de su mente sin que se atreva a hacerlos suyos. Alguien ha encendido la bombilla del comedor, pero no está el vaso de leche.

Sigue hacia la cocina, encuentra todo en penumbras, calderos, platos sucios bajo la llave. Angina de pecho, eso padece la madre, y últimamente tiene una presión tan baja que suda frío, a veces se queda con la vista en blanco. Corre al primer cuarto, la haya envuelta en la colcha. A su lado respira por la boca aquel hombre que nunca lo mira ni se sienta a la mesa cuando ella sirve tres platos, sólo duerme boca arriba, desnudo. Le susurra, pero ella no responde.

Hala la colcha. Descubre que su madre sostiene las puntas de la colcha con dedos agarrotados y tiesos como alambres. El terror lo sacude, una sensación de vacío y derrumbe atraviesa sus huesos, muerta, la madre está muerta, no puede aceptarlo sin sentir que estalla en un grito de horror. Por primera vez se ha quedado solo en el mundo y tiene frente a sí la prueba palpable de su falta de fuerzas para vivir, el cuerpo frío y duro de ella bajo la colcha. Ve entrar ya a sus hermanos y acusarlo abiertamente, dirán que la fue apagando poco a poco, exprimió su corazón. Ella había tenido que cuidarlo más allá de lo normal, dirán, tantos años metido bajo su falda.

Grotesca y casi impensable les parecerá a las mujeres de sus hermanos cualquier idea de sustituir a la madre. Ellos no pueden —los oye, los ve gesticular—, ni el ejército ni el periodismo dejan tiempo. Y al otro día, apenas acabe el entierro, el padrastro buscará un pretexto para echarlo de una casa que había construido antes de conocer a su madre. Comprende entonces, con una tranquilidad que proviene de un conocimiento muy antiguo, que quizás ha llegado el momento de poner fin a su vida. Quitarse del medio nunca sería algo tan embarazoso como sobrellevar los comentarios y las burlas.

Infinidad de veces había repetido mentalmente tales circunstancias, para ajustar y pulir sus movimientos. Buscar las pastillas bajo la almohada de la madre, ahí están, redondas, multicolores, y tragárselas, mientras más duras y pequeñas mejor, definitivas, con agua del lavabo, y acostarse después bajo la ducha a recibir el sueño. Quisiera alejarse del remolino de ideas que crece como un punto negro en su interior. Dios no le incumbe. Había tenido siempre demasiada conciencia de sí mismo y su enfermedad, por eso a Dios lo sentía llegar siempre tarde y de un modo tan desproporcionado que nunca alcanzaba a inmiscuirse en sus vagos y grandes designios. Piensa, mejor, en sus dos hermanos, simples, fuertes: al asentarse la noticia del suicidio dentro de sus cabezas, acabarían cubriendo con algo de virtud y valentía el recuerdo de su hermano más pequeño.

Continuaba aumentando el frío del piso, insoportablemente, encajándose en sus huesos, y los rostros de sus hermanos crecían sobre el fondo blanco de su memoria, ásperos, cada vez más nítidos. ¿Eran inofensivas las tabletas? Busca las cuchillas de afeitarse el padrastro, sobre el marco de la ventana, toma la menos sucia y la hunde en su brazo izquierdo, no tiene filo, no corta, y escoge otras y estira más su brazo, y sigue dándose cortes con la desesperación de no sentir abrirse la carne. Poco a poco, desde una cuchillada a otra el agobio va convirtiéndose en un sentimiento de libertad mientras descubre que tampoco siente dolor. Nada. No siente nada. Y se pone en pie de un salto tirando la cuchilla hacia atrás con la sospecha extraordinaria de que está soñando, y la cuchilla a sus espaldas rebota, efectivamente sin producir sonido: sí, era demasiado artificial la porosidad de las paredes, era un sueño, demasiado profundo y vivo, pero un sueño.

Corre otra vez al cuarto y hala el bulto de la colcha, busca el rostro de su madre. Sólo enfrentar algo tan irresistible violentaría su organismo hasta hacerlo despertar. Los dedos tiesos no sueltan. Se tira de cabeza contra la pared una, dos veces, y le pide al sueño el dolor y la sangre de su cabeza destrozada, si todo fuera tan real, un dolor que nunca pudiera ser disimulado, y se mira en el espejo y lo que ve es un rostro sano, y de un salto golpea con el rostro el cristal que revienta en miles de alfileres. Abre los ojos entonces, despierta en el instante en que tragaba una última gota de oxígeno.

—Mami —dice, e inmediatamente desciende sobre él un sentimiento de vergüenza. «A lo mejor —reflexiona— no fue un grito».

Está sudando.

Da un brinco de entre el nudo de sábanas y mete los pies en las chancletas. Sale del cuarto. La madre no está en la cama. Siente angustia por esa forma de dormir el padrastro, tan parecida al sueño, desnudo, boca arriba. Atraviesa el pasillo. Tampoco hay un vaso de leche en la mesa. Pero al final del olor a nata que endulza el aire, aparece por fin su madre parada frente al fogón, velando el jarro de leche, tambaleándose, medio dormida. No sabe cómo domina tantas ganas de abrazarla por la espalda y darle besos y echarse a reír como un loco.

—¿Anoche volvería a echarme una pastilla en el vaso...? —se pregunta, con fastidio; y después, dirigiéndose a ella:— ¿Por qué? Tú sabes que puedo dormir si quisiera.

Mientras espera a sus espaldas el vaso de leche, la recrimina por querer echarle las culpas de su enfermedad y ser tan bruta que pueda imaginar que con dormir sería suficiente para que él empezara a mejorar y llegara un día a ponerse bien. De pronto, interrumpe sus lamentaciones la voz de algún amigo del padrastro que lo llama por una ventana.

Casi siempre el padrastro se quedaba dormido, y a veces algún amigo del taller no podía esperarlo porque se le iba el ómnibus, golpeaba las persianas y llamaba al padrastro por su nombre y decía algunas malas palabras, hasta que alguien respondiera o abriesen la puerta. Esta vez el amigo parece más retrasado que nunca. Se apura a abrir. Y, en el último momento, cruza delante suyo el padrastro, desnudo, el hombre que no lo mira —¿alguna vez lo miró?—, no lo ve, y abre la puerta.

—¿Qué pasa, viejo? ¿Estás bien?

—Sí... ¿por qué?

—Había ruido, golpes… ¿no oíste ese cristal?

—Ideas tuyas —dice el padrastro aguantando la puerta con las rodillas—. Quizás los perros. Ve a dormir.

Suena el portazo en su interior como el grito de una bandada de pájaros que levantan vuelo, no puede aceptarlo, vuelve corriendo a la cocina y halla todo en penumbras, calderos, platos sucios bajo la llave.

Corre al cuarto de ella y tampoco está acostada, encuentra al padrastro durmiendo boca arriba, solo, enredado en la colcha. Vuelve hacia su cuarto y quiere abrir la puerta con el impulso que trae. Choca contra la puerta. El picaporte no cede. Toma el picaporte con ambas manos para darle vuelta y no gira, no lo siente moverse, como si sus manos no lo estuvieran envolviendo.


Del libro Cadena perfecta
(Premio Cirilio Villaverde 2002. Ed. Hermanos Loynaz, 2004)

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