22 oct. de 2010

Ceballos, The Garden

La foto es de 1974, la hizo mi hermano Fernando
donde se unen la calle I y la Avenida Las Palmas, en Ceballos.
Ahí están (desde el fondo) "mi" casa, luego "mi" tallercito
y por último, en la esquina, "mi" cine.
Quizás soy uno de esos niños que juegan en el lado de la sombra.


Volvimos al pueblo para sepultar a nuestro padre. Cada uno de los tres hermanos enviciado a una máquina de escribir, ninguno heredó el gusto del viejo por la mecánica y los hierros: esta era la fórmula de presentación favorita en quienes nos habían visto crecer sobre la misma tierra roja abrazada por inmigrantes norteamericanos con el sueño de crear un emporio naranjero. En 1900 se fundaba The Development Company para el cultivo y comercialización de frutas cítricas. Trajeron hoteles en piezas desde Estados Unidos. Hotel Plaza, de dos pisos, con 365 habitaciones, escalera de mármol y campo de golf y canchas de tenis, clasificó entre los mayores del país, además coexistieron La Palma Real y El Hotelito. Planta eléctrica, fábrica de hielo —cuyos enormes cimientos hallaba al brincar la cerca del fondo de mi casa— que abastecía de frío a la ciudad de Ciego de Ávila, centro de publicaciones, el príncipe Ruspoli que fabricó su hogar sobre un fortín de La Trocha —el dominio de su vista sobre el paisaje pasó menos desapercibido cuando el periódico Hoy lo acusó en 1941 de espiar al servicio del eje Tokío-Berlín-Roma—: desde ese pasado, la principal impronta recibida en mi alma fue la desazón al intentar asimilar cómo, mientras otros pueblos contaban con barrios chinos o haitianos, definidos por la diferencia étnica, nosotros teníamos probablemente el único “barrio cubano” de Cuba.



Creció y se secó el sueño, desarmaron y se llevaron los hoteles. Por mi madre supe sobre los últimos colonos, Vernon Morrison, Albin S. Uhlin y aquel matrimonio alemán en cuyo hogar estuvo “colocada” apenas con siete años. Limpiaba la casona que le parecía un país, el mismo día de lavar tenía incluso que esperar que la ropa se secase y usar la plancha de carbón porque —austeridad patronal— tomarse un segundo día para planchar significaría un plato de comida más. Fue cuando nací, el año de la zafra de los diez millones, que ella vio por última vez a Ilda, la teutona vino a regalarle para la canastilla una lata de leche condensada y dos jabones. Años de residencia en la ciudad nos causaron el daño, a los tres hermanos, de demorar algunos minutos, antes de advertir cuál era el sitio ideal —pueblo, calle, viento…— para velar y sepultar a nuestro padre. Tuve una extraña sensación de plenitud mientras contaba a mis amigos cómo el cine Nery, propiedad suya —todavía lo pagaba a plazos cuando triunfó la revolución—, radicaba precisamente allí, en la esquina donde ahora se alzaba la funeraria. Pocos metros más allá, por la misma acera, al otro lado del solar yermo en que se había transformado el humilde taller en que él reuniera sus primeros ahorros como mecánico, seguía en pie “nuestra” casa. Sentía que el destino daba puntadas con justicia, con belleza. Parado en la puerta de la funeraria, sustituí en mi mente un edificio por otro: tendido estaba el féretro a la izquierda del cajón para las papeletas, en la taquilla Félix yacía desconsolado, campesinos, fieles amigos hacían grupo en la primera fila de butacas, desde donde se veía y oía mejor aunque los grandes ventiladores te congelaban los huesos. Recordé mi ardid secreto para entrar sin pagar a un cine que no pertenecía a la familia desde 1963. La mayoría pasaba corriendo con la esperanza de perderse en la oscuridad, yo por el contrario esperaba que Lola apartase la vista, daba un paso bajando del portal hacia el interior y me volvía de espaldas, simulando haberme asomado para contarle a alguien afuera qué buena estaba la película. Salí a caminar en silencio, después de medianoche, como si repitiera la vieja trampa pero al revés, y repasé “mi” calle, “mi” acera, simulando ahora que nunca había entrado a la funeraria, que no había pasado tanto tiempo. Ceballos, más que un pueblo, colonia norteamericana de la que solo quedaba en pie un típico bungalow sobre pilotes en las afueras, en la curva de Limpiones yendo hacia Pina, más que próspera industria de cítricos pactada con un gran manto freático, seguía siendo la expectativa compuesta de espacios abiertos e inmediatos, cálidos, espirituales, en torno a casas del tamaño de hombres sin mucho apuro. Dentro de la arquitectura doméstica, la habitación principal y mejor cuidada era el jardín. Gente en amoríos con una tierra amable. Quizás el corazón del pueblo, el punto de apoyo de su estructura, se ocultaba en sus alrededores. La vida podía empezar, por ejemplo, con la noche. Siendo un adolescente, al cruzar la línea ferroviaria que une Júcaro y Morón, como si franquease la antigua Trocha de la que solo quedaban fortines esqueléticos, encontré campos espesos de azahar y repletos de sorpresas, como los caballos que guajiros amarraban antes de irse a dormir. Aunque la guinea creciese alta, cubriendo incluso lomos perlados por el rocío, desde muy lejos podía oírlos morder y masticar, con mucha atención distinguía el ritmo de sus apetitos en medio del rumor nocturno. Cierto día que pintaba particularmente infructuoso, gané fama por poseer un oído fino, cuando mantuve a una pandilla caminando más de tres horas y haciendo alto para dejarme escuchar, con la promesa de que estaba tras el rastro sonoro de un caballo hambriento. El cansancio, entre quienes me seguían en fila india, daba paso a franca burla, entonces aparté un último bulto de hierba y apareció uno de los caballos más grandes y negros de los que tenga recuerdo. Desde esa noche, nadie quería ir a montar sin mí. Cabalgábamos a pelo, competíamos por distintas guardarrayas a ver quién salía primero al otro lado del naranjal. Rodeábamos y atacábamos las becas, Escuelas Secundarias, donde a veces los dormitorios de hembras nos aniquilaban con su alegría explosiva y un maldito desinterés por cerrar las ventanas y las piernas. Si alguien desconectaba un tubo de regadío y lo colgaba sobre un naranjo, ya teníamos río con cascada. Noches hubo en que el dueño aparecía emboscado junto a su animal, en la punta de la soga, harto de encontrarlo suelto por las mañanas; nunca, sin embargo, nos dio alcance una piedra o un machete. Mandarinas del gallego Franco, prohibidas cual pepitas de oro, sabían a gloria. Matas de Roberto Sardinson, enlazadas por arriba formando galerías, tentaban a dormir sobre colchón de lechosas. Zanjas de los campos de Andrés Parrilla, anchas, eran las mejores para nadar o al menos flotar, poco peligro corríamos de que nos sorprendiera El Sinsonte Naranjero, sus décimas improvisadas a viva voz lo delataban. Ojo: evitar el callejón del crimen, allí aún se oía el llanto del niño que su padrino asesinó de un martillazo, también arrastraba cadenas el alma errante de la madre apuñalada. Su compadre fue a verla al hospital el mismo día que ella lo sorprendió robando, tal vez confiaba que, a punto de morir, la pobre no podía articular palabra, pero a ella se le abrieron las heridas cuando lo tuvo delante y comenzó a sangrar de un modo tan acusador que los médicos llamaron corriendo a la policía. Extremo de horror derivó en respeto sagrado, nadie se atrevía a acercarse a la modesta casa de madera, estuvo vacía bajo sol y lluvia hasta que se cayó sola. Lugares abandonados llegan a ser paradójicamente criaderos de sentimientos colectivos, verbigracia la iglesia protestante de tabloncillos, cerrada pero en pie, mudo eco de la fe de viejos inmigrantes: un hombre huesudo, desde una foto pequeña colgada en la pared, seguía mirándote a donde quiera que te movieras. Pongo la mirada en mi infancia, vuelvo los ojos al presente, y se me ocurre que por curar ciudades faltas de emociones, para salvar la civilización, debería hacerse como con los fondos marinos arrasados, donde hunden barcos para que en la chatarra pueda asirse y evolucionar la vida. Pequeñas historias parásitas, imprescindibles, necesitan sus casas abandonadas. Jamás entendí por qué, aunque estuviera lejos de ser un héroe, rompieron la estatua a tamaño natural de Quini, junto a cuyas dos mitades pasaba siempre en mi viaje a la escuela. Tirado frente al antiguo hogar de Joaquín Vázquez, otrora dueño de Ceballos —de los solares, no de las edificaciones, cada familia tenía que pagarle un peso al mes—, yacía el monumento de un padre a un hijo muerto en la flor de la vida. Andando Vázquez por Estados Unidos, aprovechó el hijo para montarse en la avioneta familiar y visitar la casa de su novia. Planeaba a baja altura, alborotaba a su prometida, en cada pase rasante dejaba caer papelitos con mensajes de amor, cuando de pronto, en un giro impresionante, no vio una palma real que se interponía en su destino. Mi padre, en una máquina chevrolet, hacía volar la imaginación con mejor suerte, cargaba el proyector de un cine vuelto ambulante entre lunes y viernes, cuando salía a colectar asombro con una sábana por pantalla. Proyector y tocadiscos, puertas a la utopía del progreso, artefactos de un lujo que daba autorización para pasiones y comedimientos entre señoritas y labriegos con sed de mundo. Iba a La Habana a contratar filmes de última hora, recibía los rollos puntualmente cada semana en la pequeña estación ferroviaria, por eso la juventud de Ceballos abejeaba con ansiedad cada domingo frente al cine. A veces el programa se completaba con lidias entre repentistas como Chanito Isidrón y Apí —gallo del patio— o con peleas de boxeo. Apoteósica fue la victoria contra un circo por la preferencia del público, después que el gerente de trapecistas y leones comentó burlón que adonde su compañía llegaba los cines siempre tenían que cerrar. Cuando tuve edad de pasearme solo por la avenida Las Palmas, ya mi padre tenía vendida su máquina y se había convertido en el mecánico de los agricultores de Ceballos que siempre le confiaban sus anacrónicos tractores americanos para que los salvara del colapso. Todavía el pueblo y el cosmos giraban alrededor de la cartelera cinematográfica cogida con puntillas en una tabla cuadrada. Colarnos en el cine, aunque poseyéramos las dos pesetas, era una técnica de auxilio para salvar el suspenso de películas soviéticas y el palpitar apagado del pueblo reducido a pocos bancos del parque con faroles, así como meternos en el cajón atrás de la pantalla para ver al revés al Zorro o esperar junto a la basura el momento en que tirasen el picotillo de celuloide, escenas censuradas y dañadas que a muchos nos gustaba coleccionar por las vistas de regiones desconocidas a las que teníamos acceso, sobre todo de la geografía femenina.

La noche en que velaban a mi padre dentro del cine, me acerqué a la línea del tren, al otro lado no existía el naranjal del gallego Franco, pero aún así hice un esfuerzo, cerré los ojos y presté oído a través del tiempo y aquellas casas que alejaban más la urdimbre de naranjales, y creo que sí, sentí una paz profunda como el rumor de un caballo grande atado en la oscuridad.

En Ciego de Ávila, agosto de 2005.


Francis Sánchez
Del libro de crónicas: Por los extraños pueblos. Otro mapa de la isla,
comp. Jesús David Curbelo y Norberto Codina, Ed. Unión, La Habana, 2008.

8 comentarios:

  1. Enhorabuena. Te felicito por colgar de las nubes las palabras y el valor detrás de ellas. Te repito lo que un día me dijera un poeta ya fallecido: "Que nada ni nadie calle tu voz. Que nada ni nadie apague el borbotón apasionado de tu sangre". Un abrazo desde el otro lado del río.

    ResponderEliminar
  2. Francis, buena la idea de abrir blog. Te felicito. Saludos a Ileana y a Felix.
    Un abrazo desde Texas,
    Michael H. Miranda

    ResponderEliminar
  3. Esto de las crónicas hace falta, y las memorias igual. Porque no hay hemeroteca que contenga "algo". Hay que rescatar todo esto. No sé si tienes esta sola, pero muy buena está y ojalá que escribas un libro, tuyo, de crónicas.
    Gracias. Un abrazo:
    Félix Luis Viera

    ResponderEliminar
  4. magnifico artículo, mi tiobisabuelo camillo Ruspoli Caracciolo 1º principe de candriano fue uno de los que sustentaron el crecimiento de ceballos y dio un toque de intriga a esas tierras con su real vinculo al fascismo pues todos los miembros de esa noble familia lo eran y pelearon junto a romell en africa contra los ingleses,este escrito me ha traido miles de recuerdos de mis estudios en ceballo 6, lo felicito por mantener la memoria historica de ese lugar maravilloso que el tiempo y otras cosas lo a condenado al olvido

    ResponderEliminar
  5. Lázaro, me interesa la historia de Ruspoli. Puedes enviarmela por favor. Hay fotos de él? Mi email es caeventur@gmail.com

    Ricardo Koon
    Argentina

    ResponderEliminar
  6. Estimado Francis

    Me interesa la historia de Ceballos, sobre todo de Rúspoli Caracciolo.
    Podrías contarme más sobre este personaje?
    qué era La Trocha?
    hay fotos de su hacienda y de Rúspoli.? me gustaria verlas.
    Gracias
    Un saludo
    Ricardo Koon
    caeventur@gmail.com

    ResponderEliminar
  7. en cual de los fortines de la Trocha, Ruspoli construyo su residencia?

    ResponderEliminar
  8. francis amigo cuanto tiempo despues de haber leido estas letras me he sentido mas orgulloso de haber nacido en ceballo yo naci dentro de ese cine practicamente y a diferencia tuya no me colaba porque mi madre era la que daba las peliculas recuerdo nombres de mi epoca emilia ,lucia ,mirta,lola ,amelia y mi madre entre otras muchas q pasaron por alli nada hermano es un placer saber q escribs asi y para mi es un honor conocerte alexei.abreu@gmail.com

    ResponderEliminar