15 oct. de 2010

Despidos masivos. ¿Disolver al pueblo?

(Foto: Francis Sánchez)


Ayer estuve casi toda la noche en el hospital. A mi esposa le subió la presión como nunca antes —la mínima en 100, la máxima en 160: demasiado, para quien hasta ahora había padecido más bien de presión baja o hipotensión. Una pastilla de Captopril debajo de su lengua redujo poco a poco su dolor de cabeza, pero entonces hizo alergia al medicamento, se llenó de ronchas y sufrió como un desmayo.  Fue un gran susto. Cuando lo peor había pasado y una cariñosa doctora empezaba con las averiguaciones de rigor, mi esposa le confesó el motivo del colapso emocional que la había puesto en aquel límite. Ese día su jefe le había comunicado que la plantilla del equipo de trabajo que ella dirige, incluyendo su propia plaza, podría desaparecer.

Es por la mañana. Aún ella duerme como consecuencia de la inyección de Gravinol con Dipirona que devolvió el color a su cara. Ojalá tenga sueños menos inquietantes que los que yo he sufrido en los ratos que logré pegar un ojo. Pero esta vez he desechado la idea de anotar mis extraños sueños, algo que acostumbro hacer, por la de escribir estas líneas, intentar salir del espejo y meterme en este mundo de la vigilia que a veces parece más ficción que la peor pesadilla.

Se me ha ocurrido presentar una propuesta.

Como en esta ola de despidos masivos que el Estado Socialista le depara al pueblo cubano, dicen que ciertos Comités de Expertos determinarán con justicia quiénes son aquellos empleados que merezcan conservar sus puestos, para lo que pondrán en una balanza aspectos como la experiencia y la rentabilidad laboral, ¿por qué no empezar valorando la posibilidad de dejar sin trabajo precisamente a los gobernantes responsables  de esta catástrofe?

Mi propuesta no debe ser tan dramática como parece, teniendo en cuenta que estos gobernantes históricos pasarían al estatus de “disponibles”, jamás “desempleados”, de acuerdo con la terminología usada en los medios oficiales. Claro, la mayor dificultad debe radicar en esa escasa o nula costumbre de que las poleas del socialismo cubano funcionen desde abajo hacia arriba. Parece difícil encontrar un método, un cronograma, un Comité de Expertos incluso, para que los trabajadores tengan aunque sea la oportunidad de convertirse en fiscales, no entre ellos mismos, sino de frente a la burocracia. Los Jefes de Jefes, en el país de la dictadura del proletariado, nunca tienen la culpa, y cuando más el favor que nos hacen es intentar reducirla a menos repartiéndola entre todos... los demás.

¿Acaso no es justo que se reconozca la relevancia de un indicador de idoneidad en una línea de producción tan principal, entre los autoproclamados “vanguardia política”, como lo es la misma crisis actual, la improductividad del sistema, la inoperancia metódica con que se ha llevado la economía a través de un sinfín de experimentos hasta este abismo? Si de desinflar plantillas se trata prescindiendo de todo lo prescindible, ¿los más descalificados no serán los que crearon semejantes plantillas y jugaron a inflar una sociedad con mucha testosterona y pocas vitaminas?

Me ahorraré ese modo interminable de retozar con la cadena sin molestar al primate, que ya parece endémico de Cuba. Lo digo por lo recto: si el compañero Fidel, hoy aún en sus plenos poderes como Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba, dijo asumir la responsabilidad histórica de haber desmantelado la industria azucarera, cuando ocurrió por decreto —quiero decir, nunca se convocó a un plebiscito, hasta donde sé tampoco fue el acuerdo de alguna asamblea que integrasen representantes electos, estando claro que la misma unilateralidad de las decisiones deriva en ese alarde de riesgo o responsabilidad personal—, ¿cuándo llegará el momento de aceptar las tristes consecuencias?

Supongo que la valentía de los políticos no se reserva para asumir apenas las melladuras que puedan dejar en sus figuras los futuros biógrafos, esas son heridas virtuales al ego, sensibles o visibles sólo poniendo posteridad por medio. Lo supongo, si se trata de quienes reclaman para los demás que tengan “sentido del momento histórico” y ante acusaciones de culto a la personalidad suelen acudir a esta cita martiana: “Yo no trabajo por mi fama, puesto que toda la del mundo cabe en un grano de maíz”. Máxime sabiendo ellos que el pueblo, su pueblo, tiene que quedarse atrás respecto a esos grandes ciclos de la historia a donde suelen proyectarse en sus discursos o en sus reflexiones, es decir, quedarse en la realidad real, en el día a día, sufriendo consecuencias concretas de algo que nunca tuvo —tuvimos— oportunidad de elegir.

Ya en 1970 se apostó a un extremo de heroicidad, a producir el récord de diez millones de toneladas de azúcar, entonces fue removido y quitado del medio todo el que discrepaba de semejante gigantismo. El gran fracaso de la “Zafra de los diez millones” depararía algo más que una cifra final por debajo del plan: quedó un país literalmente destrozado. Quien había aparecido habitualmente en la televisión con un largo puntero, delante de un mapa, moviendo batallones de macheteros y maquinarias, en el último corte pareció dar lo máximo de sí cuando hizo el favor de decir que liberaba de cargos al pueblo trabajador por haber obedecido con su total esfuerzo.

Ha pasado mucho tiempo. El experimento transitó, de aquel gigantismo, al otro extremo, al desmontaje casi total de nuestra industria histórica —obvio, por dos razones, por su peso económico y cultural para la nación, y porque, aunque alguna vez hasta regalamos un central a la revolución nicaragüense, la mayoría de nuestros ingenios eran y son tan viejos como de la década de 1920—, así un día despertamos buenamente con la tarea “Álvarez Reinoso”, por medio de la cual grandes masas de trabajadores del MINAZ (Ministerio del Azúcar), no disponiendo ya de cañas ni centrales ni bateyes azucareros, eran reconvertidos en alumnos asalariados. Sin producción, pero con muchas aulas, se evitaban estadísticas de desempleo como las que aparecen diariamente —de otros países— en la prensa nacional.  Al parecer la última genialidad consistía en convertir el estudio en una nueva forma de empleo. Incluso se creó un modelo económico de tipo socialista para medir nuestro Producto Interno Bruto con indicadores muy propios, así nos arreglábamos para decirle al mundo que nuestro sistema era superior y nuestro PIB crecía, incluso crecía espectacularmente, aunque aquí nadie lo viera entrar en su casa ni pasar por la calle.

¿Habrá llegado el momento de preguntarse si quienes nos inflaron así la vida serán los mismos “pinchos” que ahora quieren reventarnos el globo?

Juan Carlos Triana, Profesor Titular  del Centro de Estudios de la Economía Cubana, dice que lo primero que hace cada día al levantarse es mirar los precios actuales del azúcar, crecientes, y entonces llora. Lo ha confesado en una conferencia titulada “La economía cubana en el 2009 y su perspectiva para el 2010”, ante un grupito de expertos en la sede de la Asociación Cubana de las Naciones Unidas, en La Habana, aunque el resto de los cubanos en señal de duelo hemos compartido este video pasándolo de mano en mano. Hay mucha curiosidad entre “las masas” por saber para qué nuevo experimento nos pueden estar mudando.

Bien, no será en un grano de maíz, pero sí en uno de azúcar donde ahora mismo cabe no la gloria —inmasticable, inservible cuando un hijo suena su plato contra la mesa—, sino la esperanza y la suerte cotidianas. Rectifico: hubiera cabido. Porque mientras los precios internacionales del azúcar suben, la vida del cubano sigue cayendo. ¿Alguien tiene derecho a “suicidar” a los otros? Qué triste que alguien se sintiera cómodo imaginando, y pudiendo determinar, a nombre de todos, que se cumpla aquella promesa de una canción de Pablo Milanés: “Será mejor hundirnos en el mar antes que traicionar la gloria que se ha vivido”.

(En Ciego de Avila, 8 de octubre de 2010)

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