6 mar. de 2011

La guerra de las paladares

(Una contribución a la Literatura de Viajes)


Fotos: Francis Sánchez
Que las facilidades para la obtención de patentes de pequeños servicios desencadenaría una carrera precipitada entre los cubanos, ya se sabía. La restricciones a la iniciativa privada, y la escasez crónica, más el profundo vacío social —estomacal— dejado por la ineficiencia de las empresas estatales que han monopolizado el comercio, eran un antecedente demasiado lastimoso para que no se corriera en sentido contrario a la menor oportunidad. Al llegar el momento de anunciarse por el mismo gobierno que la economía cubana puede estar tocando fondo —ahora sí, supuestamente—, y que el Estado procederá a sacudirse la carga acudiendo a recortes sociales y despidos masivos, lógicamente, todo el mundo valora aprovechar una de las pocas o la única salida que la autoridad dominante, paternalista y posesiva, le concede a los individuos para continuar con sus vidas tras dejarles en la calle: sobrevivir por cuenta propia. Se ha entreabierto la puerta a la iniciativa privada, en el último momento, como esas cárceles de máxima seguridad que no queda otro remedio que abrir en medio de una inundación, si el nivel del agua roza el techo. Más vale tarde que nunca, piensan los beneficiados.

Entre aquellos a los que les da tiempo a pensar, los hay que sin saber qué hacer, en qué invertir, piden una licencia de lo primero que tienen a la vista, como el mismo “negocio” en que el vecino de al lado o un pariente cercano ya haya probado suerte. Puede ser un parqueo de bicicletas o una venta de refresco y fritas, si está visto y comprobado que donde parquea uno parquean dos, y que con la misma onza de harina que se fabrica una croqueta pueden inflarse dos y hasta tres, sin que colapse el mercado negro de materias primas. Los hay que temen que en cualquier momento cierren otra vez la posibilidad de sacar patentes y se apuran a obtener el autorizo, aunque aún no tengan las condiciones creadas ni estén decididos, pero por si acaso. Los más optimistas confían que no se trate de una jugada coyuntural donde los cuentapropistas sean compelidos a matar el hambre pasajera y luego, como ocurrió ya en los años ‘90, después que pase el periodo más crítico, otra vez reciban una descarga mortal de impuestos y contravenciones, acusados de ser el problema y no la solución.

Pero que se hallarían de pronto en medio de una guerra fratricida, no podían saberlo los pasajeros de un ómnibus procedente desde La Habana y con destino a Ciego de Ávila, cuando el chofer hizo escala para cumplir con el horario de comida, aparentemente como de costumbre, en el poblado de Jatibonico. Este poblado, que se sitúa casi en el mismo medio de la estrecha y alargada isla de Cuba, recibe el beneficio de la carretera central que lo parte en dos, por lo que resulta un punto de obligado tránsito para quienes viajan a través del país. Quizás por eso Willy Chirino escogió el lugar para competir con urbes como París o Londres en el estribillo de una popular guaracha que sondea los caminos de la nostalgia del cubano. “Háblenme, háblenme, háblenme de Jatibonico...”, dice Chirino al son de las maracas.

El chofer anunció que, con el arribo al centro de Jatibonico, a esa hora de la noche había llegado la ocasión de poner a trabajar los jugos gástricos, y, por cuestión de seguridad, debía vaciarse allí su ómnibus completo, momentáneamente. Significaba la señal de un cambio que agradecer, porque, antes de la eclosión de restaurantes —o como se les conoce a nivel popular: paladares— oficialmente autorizados, lo normal era que los viajeros tuvieran que desviarse en medio del monte rumbo a algún bohío camuflado entre la manigua, donde satisfacer clandestinamente sus necesidades. Un buen viajero se entrega dócil al hombre del timón, que no conoce al dedillo sólo la carretera, sino también el inframundo circundante. De cualquier modo, siempre en estos casos los choferes tienen todos los hilos amarrados con la industria local para entregar una clientela segura a cambio de sus propias raciones que les salen gratis. Ahora, muy diferente a la aventura de una comida rural o semisalvaje, estos pasajeros eran entregados a un negocio más estable, legal, además en un paisaje urbano. 


A través de los cristales, la cuadra del poblado escogida por el chofer se mostraba particularmente prometedora, revitalizada, a fuerza de montones de lucecitas que querían meterse por los ojos. Aparte del don del hambre, había viajeros que portaban algunos atributos espirituales necesarios para apreciar un buen bocado. Resulta que en este ómnibus regresaba la delegación avileña participante en la Feria Internacional del Libro que se había celebrado en La Habana.

No más los poetas, novelistas e historiadores ponían pie en tierra y buscaban el desagüe de sus apetitos, oyeron gritos desgarrados de varón y hembra. Dos familias se enfrascaban en una riña acusándose mutuamente de robo. ¿Cuál era la prenda robada? Nada más y nada menos que ellos mismos, o sea, la clientela. Al parecer aquel chofer no había parqueado en la franja de metros exactos que tenía previamente acordada y, puesto que allí coincidían dos paladares, uno al lado del otro, se estaba dando pie a la violación de un convenio gastronómico, el desorden, los improperios, las pedradas, los piñazos y el caos general. Ambas paladares reclamaban el derecho sobre los hambrientos pasajeros.

Una poetisa —lo digo así, en vez de “una poeta”, como en los últimos tiempos algunas mujeres que perpetran versos quieren que se les identifique en el menú literario, porque de este modo debe darse a entender mejor su estado de fragilidad y extrañeza aquí, en medio de esta bronca— casi se desmaya al ver cómo un machete entraba y salía del rostro de un hombre. Alguien clamaba por la llegada de la policía, pero esta no aparecía. Y nunca apareció.

Al otro lado de la calle, donde se amontonaron los viajeros aterrados, intentando salvarse y al mismo tiempo sobreponerse al shock de saber que eran el oscuro objeto del deseo de dos bandas especializadas en guisos, un lugareño comentó que se trataba de primos, o parientes —en todo caso los unía un mismo apellido, que no era Montesco ni Capuleto—, y que más de una vez ya habían cruzado los límites de su competencia profesional, pasando a trincharse y rebanarse literalmente los unos a los otros. ¿Cuál sería su fin? ¿Perderían sus licencias? ¿Definitivamente no estaban aptos para la libre empresa? ¿Hallarían el justo equilibrio entre sus sentimientos y las necesidades perentorias?

Quizás fue el llamado profundo de la sangre lo que hizo que el río desbordado se recogiera sobre sí mismo y finalmente volviera la calma. Para entonces, al otro lado de la calle, los viajeros se refugiaban sin darse cuenta en el portal de lo que constituía una tercera paladar, no menos emergente pero más tranquila, por lo que el grupo terminó entrando y cediendo allí a una curiosidad mucho más fuerte.

P.D: Unos días después ambas paladares continúan abiertas, al menos los letreros que anuncian sus servicios siguen colgando sobre la calle. La siguiente foto fue realizada este 24 de febrero de 2011 desde un auto en movimiento.

1 comentario:

  1. Gracias por la informacion muy bueno tu punto de vista de ver los acontecimientos lo importante es que todo cambie para mejor para que exista un cabio positivo de verdad, saludos

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