17 mar. de 2011

Salvador, un sillón ocupado en las letras cubanas


Entrevista a Salvador Bueno (fragmento)*


Lo conocí en 1998. Ese año, el 12 de octubre, él recibía el premio “José Vasconcelos” en una ceremonia en el Hotel Nacional de La Habana. La medalla de oro, conferida por el Frente de Afirmación Hispanista (FAH) a intelectuales de la lengua castellana por la obra de toda la vida, entonces ya había ido a parar a personalidades de la talla de Jorge Luis Borges y León Felipe. Se sumaba al selecto grupo con no menos dignidad, como un venerable hombre de letras cuyo trabajo paciente y servicial había contribuido a que se apreciara mejor la literatura cubana más allá de nuestras costas. Coincidentemente, ese día la misma institución mexicana entregaba, con carácter excepcional, el Premio al Talento Joven, a la poeta Ileana Álvarez. En los próximos años compartiríamos varias veces, invitados siempre a actividades en que el FAH y su presidente, el señor Fredo Arias de la Canal, seguirían potenciando el conocimiento del patrimonio literario cubano, imbuidos especialmente por su influjo “salvador”.
Fue al año siguiente, en Holguín, adonde viajamos para homenajear a la poetisa Lalita Curbelo, que le pedí que me dejara encender una pequeña grabadora, en medio de una de aquellas pláticas de sobremesa que él aderezaba con sus diversos saberes y con el rico anecdotario de quien había sido no solo investigador, sino también protagonista o testigo excepcional de los avatares de la literatura y la sociedad criollas durante buena parte del siglo XX. Entonces el siglo estaba llegando a su fin, cerrándose, buen pretexto para pedirle a mi interlocutor un breve repaso, una revisión no solo de lo que dejaban esos cien años, sino además de su propia y peculiar mirada. No me animaba al comienzo más que el interés por recoger, como una curiosidad, parte del tesoro de aquellas conversaciones, y conocer de cerca a alguien que había preferido dedicar sus energías al estudio y la promoción de otros autores y de la tradición, bien desde una cátedra universitaria, bien como articulista, o bien —así desdeñaba la vejez, manteniéndose aún muy activo— dirigiendo la Academia Cubana de la Lengua. Quise aprovechar para retrotraerle a la situación frente a un joven que pregunta en un aula, a medias porque no sabe, a medias provocativo.
Al volver a mi casa, enseguida preparé la transcripción y se la envié con este mensaje: “Aquí le hago llegar una copia textual de la entrevista que logré grabarle en los días agitados de nuestra estancia en el hotel Pernik de Holguín. Tal como me comprometí, se la entrego para que la revise y la enmiende todo cuanto usted entienda conveniente, y luego me la devuelva.” Pero pasó el tiempo y pasó... y cada vez que lo llamaba por teléfono, pedía otra prórroga. Hasta que volvimos a coincidir en torno a una mesa, entonces no le dio más vueltas al asunto: creía que tal vez se le había soltado la lengua a propósito de algunos temas sensibles que, viéndolo bien, seguían siendo incómodos, al menos mientras algunas personas implicadas estuvieran vivas. Me pidió que dejase correr un poco las aguas bajo el puente. Lo cierto es que el respeto me hizo guardar esta entrevista, y desde entonces ha permanecido inédita.
Al ausentarse físicamente, Salvador Bueno (La Habana, 1917-Ídem, 2006) clausuraba una extensa obra en que trabajó hasta última hora, compuesta sobre todo de investigaciones, ensayos, artículos y antologías, que empezó cuando en 1950 publicara Contorno del modernismo en Cuba (Talleres Tipográficos de Editorial Lex, La Habana), una conferencia que había pronunciado en la Universidad del Aire el 3 de septiembre. Después, en 1953, la Comisión Nacional de la UNESCO imprimiría Medio siglo de literatura cubana (1902-1952). Su Historia de la literatura cubana, adaptada para el programa oficial vigente en los institutos de segunda enseñanza de Cuba, apareció en 1954 con el sello Minerva y luego se seguiría reeditando tras el triunfo de la Revolución. Entre sus monografías sobresale El negro en la novela hispanoamericana (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1986), con que había obtenido en 1978 el grado de Candidato de Doctor en Ciencias Literarias por la Academia de Ciencias de Hungría. Los hitos de la poesía también recibieron siempre el beneficio de su atención, desde Imagen del poeta Milanés, una separata de la Revista de la Biblioteca Nacional José Martí (La Habana, 1963).
En sus últimos años, las responsabilidades como Presidente de la Academia Cubana de la Lengua lo tuvieron ocupado en la misma humildad donde Dulce María Loynaz había dejado esta institución al morir. Por entonces fue el promotor principal de la colección Clásicos Cubanos que, gracias al financiamiento del FAH, pero con el sello de la Academia, devolvió a la vida y puso otra vez en circulación muchos libros imprescindibles, siempre con sus prólogos y notas. Ya en la última etapa de su vida recibió otros reconocimientos que vinieron a validar el homenaje de sus amigos mexicanos. Mereció el Premio Internacional Fernando Ortiz, en el 2000, luego en esa misma fecha el Premio Nacional de Investigación Cultural, y cuatro años después, el Premio Nacional de Ciencias Sociales.
Cuando ya ha corrido no poca lluvia bajo el puente, creo que es necesario que entregue a otros aquella parte de sus palabras que un día recogí.


Su amor a la literatura, ¿herencia familiar?

Yo no puedo decir que en mi familia tenga el antecedente de algún pariente que se haya dedicado a la literatura. Aunque mi padre sí era un gran lector y también, según me dijo, siendo muy joven había escrito algunos artículos. Yo pienso que las etapas de la vida cubana por las que he pasado, fueron las que me llevaron a interesarme por la literatura, como una expresión necesaria del hombre, es decir, de toda la sociedad. Estudié en el Instituto de la Habana en una época tormentosa, cuando hubo hasta un ataque del ejército y de la policía, creo que el 3 de marzo de 1934, donde nos lanzaron bombas lacrimógenas. Incluso existe una crónica que publica después Pablo de la Torriente sobre aquel hecho terrible que había ocurrido allí, en un lugar donde habían cientos de muchachos y muchachas. Como la policía estaba exacerbada, cualquier gesto de repulsa era suficiente motivo para emprenderla contra nosotros. En aquella situación, teníamos largos períodos de tregua, la mayoría de las veces por huelgas de los mismos estudiantes, aunque en definitiva siempre era el gobierno el que cerraba las aulas. Después de la caída de Machado se abrieron los institutos para hacer los cursos relámpagos, pero en eso vino la huelga de marzo del 35 y se volvieron suspender las clases, y así estuvimos otros meses. Todo eso me fue inclinando, además, a la lectura. En los largos períodos en que no había obligaciones estudiantiles me dediqué a leer todo lo que caía en mis manos, no solo obras de pura creación como novelas, cuentos o poemas, sino que también leía ensayos críticos, históricos… Leía mucho, de lo bueno y de lo malo, en posiciones contradictorias, lo que yo pienso que en definitiva me abrió un espectro muy amplio.

¿En estos inicios, como hombre de pensamiento, usted estaba ya marcado por lo social?

Esa vocación nació y se desarrolló a lo largo de esos años en el Instituto de la Habana, luego en el Instituto de la Víbora y por último en la Universidad, porque la agitación continuó a lo largo de todos esos años. Entré a la universidad en 1938, y Abel Santamaría en 1942. La situación de inquietud que había en Cuba era muy grande, sobretodo entre los estudiantes. Entre profesores de todo tipo y calaña, encontré que los había ciertamente muy positivos para los alumnos porque no solo eran buenos en su materia, sino que mantenían una posición cívica que nos impulsaba a nosotros a seguir sus pasos. Por ejemplo, allí estaba Vicentina Antuña que nos transmitía sus inquietudes, de esa manera también nos orientaba. Yo creo que esos fueron unos años de lucha valiosísimos para mí en ese sentido, porque iba aprendiendo con los libros y más allá de los libros.

Foto: Salvador Bueno y el autor de esta entrevista, Holguín, 1999.


Entrando en la materia de sus propios desvelos, ¿qué piensa de la poesía cubana del siglo XX en comparación con la del XIX? ¿Aquella espiral ascendente —como diría Lezama— que significó sin duda la poesía del XIX, en relación con lo que se escribía entonces en el resto de América, cree que haya continuado durante esta última centuria?

Considero que en la poesía cubana del siglo XX no se podrá ver fácilmente esa espiral ascendente del XIX. Aunque es indudable que los poetas cubanos de esta última centuria van mostrando primero un gran deseo de estar en la actualidad del mundo, mantenerse al tanto de las ideas, de las tendencias, y, por otra parte, una gran voluntad de ser  auténticos con ellos mismos. Esto es algo que a mí me parece esencial siempre para un poeta: querer ser auténtico consigo mismo. Ocurre que en los quince primeros años del siglo, la poesía escrita en Cuba estaba retrasada en relación con la del resto de hispanoamérica. Sin embargo, de esa etapa de desilusión fueron surgiendo grandes poetas como Regino Boti, José Manuel Pobeda, Agustín Acosta y otros. Y, de esa forma, a pesar de lo que significó la frustración de la República, ellos buscaron los mejores modos de expresarse teniendo en cuenta la situación del país. Pobeda, por ejemplo, muestra una poesía y una prosa de un escepticismo total, pero también tiene una gran ira… Hay un poema de él que se llama “Trapo sucio”, dedicado a la bandera, donde le dice precisamente a la gente que su bandera era eso, un trapo. Así fue cómo después surgió otra poesía entre 1920 y 1930, donde encontramos también a autores notables que reaccionaban contra sus antecesores sin llegar a apartarse totalmente de ellos. Son poetas como Tallet y Regino Pedroso, que por un lado se inclinan mucho a las preocupaciones sociales y al mismo tiempo también poseen un escepticismo que van a ir tratando de aplacar. Entonces sobreviene un importante acontecimiento, la revolución contra Machado, que significa una nueva frustración para los cubanos, porque cuando esperábamos que los gobiernos surgidos tras la caída del tirano mejorarían la situación del país, ocurrió todo lo contrario. El caso más evidente fue el de Grau San Martín, quien fuera elegido por una mayoría enorme, y, además, con unas manifestaciones de entusiasmo tremendas, esto Cintio Vitier lo cuenta muy bien en su novela De peña pobre.1 Había júbilo porque salía electo por fin un presidente popular, y sobrevino la frustración generalizada. Entonces, yo creo que con esas recaídas siempre va surgiendo el espíritu rebelde del cubano que se coloca frente a esos vacíos y frente al mismo escepticismo que brota de semejantes experiencias. Ahí tenemos el caso de Chibás que es, yo diría, un reformista, pero que mueve en torno suyo a una serie de muchachos que después van a dar origen a la generación del centenario. Y, además, en la poesía (parecía ya que no estábamos hablando de poesía) hay grandes maestros que nacen a principios del siglo, Nicolás Guillén en 1902, Lezama en 1910... Esas figuras importantes van logrando que se les escuche. Guillén por su particular expresión, por su propia comunicatividad, la que lograba quizás más fácilmente que otros.

¿Cree que sea exagerado referirse a Orígenes como un movimiento?

No, porque sin duda era un movimiento. Hay que ver que Lezama, y los más jóvenes, Eliseo, Cintio, Fina, son los que le van a dar vitalidad. Tal es así que viene la Revolución que obliga a tomar actitudes, y Lezama y ellos se quedan en Cuba. Aunque dicen que él trató de irse, pero lo cierto es que se quedó en Cuba cuando su hermana se fue. Él era un hombre que vivía muy sumergido en su propio ambiente. Recuerdo cómo una vez en su casa me confesó que él no podía vivir sin las manchas de humedad que se veían en las paredes, o sea, aquello que al fin y al cabo alimentaba su asma, precisamente las manchas que lo mataban.

Con la Revolución, ¿qué significación seguía teniendo para usted Lezama?

Te voy a decir algo que seguro te va a asombrar, mucha gente ya no recuerda que Lezama Lima fue vicepresidente de la UNEAC. Yo tengo un carnet con su firma. El carnet de la UNEAC había que renovarlo cada cierto tiempo, pero yo guardé el mío, y lo conservo como un tesoro, un carnet de la UNEAC con la firma de Lezama Lima como vicepresidente, es decir, vicepresidente sustituto, pero que al salir Guillén al extranjero se quedaba cumpliendo funciones como uno de los vicepresidentes primeros.

¿En qué época?

La UNEAC se funda en 1961, y eso es en los primeros diez años. Además, en 1959 se ofrecen una serie de conferencias en la escalinata de la Universidad, allí invitan a los poetas y escritores más destacados, hay un aporte de Tallet, un aporte de Regino Pedroso, y también de Lezama, pero ese testimonio de él casi no se conoce, aunque sí fue publicado ya, porque Ciro Bianchi lo incluyó en un libro donde pudo reunir muchos trabajos de él dispersos y poco conocidos.2 La iniciativa de ofrecer esa conferencia en la escalinata, ese testimonio suyo hay que pensarlo muy bien. Es decir, que algunos han tenido el deseo de acentuar el carácter retraído o el carácter antirrevolucionario de Lezama, pero hay que leer detenidamente su obra.

En la segunda mitad del siglo XX, tenemos la poesía que se hace ya dentro de este proceso revolucionario.

Hay hasta un debate en torno a lo que se ha llamado “Primera generación poética de la Revolución”, algunos que venían publicando antes de la Revolución, como es el caso de Roberto Fernández Retamar, y también los que empezaron a publicar ya en los primeros años. Entonces, en 1959, aparecen los festivales del libro cubano, y allí nos encontramos una selección de poesía joven que preparan Retamar y Fayad Jamís.3 Hay que atender a lo que ellos dicen en el prólogo, y a los autores que están allí incluidos, es algo magnífico. Se va acentuando cada vez más el deseo de identificación con las prioridades de la identidad, pero también el deseo de penetrar en la propia personalidad, y de esa manera yo creo que se lograron los mejores frutos de esa primera etapa de la poesía en la Revolución, es decir, lo que llega a coger fuerza plena con los jóvenes que fundan El Caimán Barbudo en el año 1966, Luis Rogelio Nogueras, Guillermo Rodríguez Rivera, Víctor Casaus…  

¿Cree que en este siglo XX tengamos algún intelectual que sobresalga al extremo de poderle reconocer como la figura más significativa?

Me parece que indudablemente la figura intelectual más importante de este siglo en Cuba es Fernando Ortiz, y pienso que en el nuevo siglo debe suceder que las nuevas generaciones conozcan completamente, y sigan, sus orientaciones. Sus obras deben reeditarse, y habrá que insistir siempre en los mensajes fundamentales de su labor.


Notas:

* “Salvador, un sillón ocupado en las letras cubanas” obtuvo el premio de entrevista “Orlando Castellanos”, de la revista cultural Videncia, 2010. Jurado: Gina Picart, David Leyva y Juventina Soler. Aquí se adelanta sólo un fragmento.

1 Cintio Vitier publica una primera parte de su novela De peña pobre en México, en 1978.
2 Alude a un texto compilado por Ciro Bianchi en Imagen y posibilidad, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1981.
3 Se refiere a la selección Poesía joven de Cuba, Ediciones del Festival del Libro Cubano, La Habana, 1959.

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