29/11/2010

El "periodo especial" y yo [2da parte, final]


(Foto: Francis Sánchez)


Nuestro padre era un mecánico de merecida fama en Ceballos, es decir, el mejor o el único. Con la sabiduría del viejo logramos tener nuestra fábrica. No obstante, yo seguía vendiendo de puerta en puerta, esto me daba buenos dividendos, máxime si algunas mercancías ya estaban exentas de costo de producción. Por ejemplo, cuando iba al municipio de Pina (el nombre de Ciro Redondo, endilgado por decreto revolucionario, no constaba en el habla popular) cada sábado a cursar la Facultad Obrero Campesina (FOC) para obtener un diploma de bachiller, junto con las libretas llevaba mi propuesta de maravillas y colorines para el hogar, así que por el mediodía, no más acababa mis clases, salía a caminar hasta que me sorprendía la noche vendiendo hebillitas de pelo, paquetes de rolos, flores, tapas de pomos y un largo etcétera que se revolvía dentro de mi mochila escolar.

Pusimos la flamante máquina en casa del viejo y nos turnábamos para trabajar. Félix venía en tren cada mañana desde la ciudad y se ponía a halar la palanca y meter y sacar los moldes. El pobre, vivía aterrorizado por la idea de que lo descubrieran cayendo en aquel abismo moral, especie de complot contra el comunismo científico. Nuestra maquinita debía mantenerse oculta de los curiosos. A nadie podíamos comentar el invento, era como usar una bomba casera. Vivíamos como si el corazón del capitalismo estuviese allí, a nuestro cuidado, en el cuarto de atrás.

Corrimos la voz: se compra materia prima —palanganas, cubos, juguetes, pero mejor las cajas de cosechar naranjas, por supuesto, sólo si ya estaban rotas—, y el entusiasmo prendió entre los chiquillos del barrio que competían por abastecernos. Pero las discusiones con mis “socios” de la familia llegaron demasiado pronto: versaban sobre si sería ético trabajar para acumular “riquezas” o debíamos limitarnos a obtener el sustento cotidiano. Aquel tema me parecía neurálgico en la medida que dejaba ver hasta qué punto unas personas con hambre podían carecer de libertad interior y vivir presas de sus circunstancias, condicionadas para no rebasar el estado de dependencia. De tanto discutir terminaba siempre sintiéndome sucio por el simple deseo de ganar dinero para algo más que gastarlo en destronar al fufú de mi mesa por dos días seguidos. Félix I, mi padre, heredero de la cultura del mecánico honrado y paciente —al lado de la casa aún se alzaba el modesto taller que le habían intervenido se negaba a vender un juguete o una tapa de un pomo en el mismo precio módico que él había seguido cobrándole a los agricultores por arreglar, clandestinamente, un tractor. Félix II, mi hermano, graduado de la escuela del PECUS en Moscú, traía incorporado el modelo del koljoz a su sistema inmunológico y apenas empezaba a desintoxicarse en la medida que su cuerpo se quedaba sin grasa ni calorías.

Pude dedicar parte de los fondos para algunos lujos, como regalarle una bata de casa con bordados finos a mi mamá, quien desde hacía tiempo vivía avergonzada porque no tenía con qué sentarse en el sillón del portal, o comprar un par de botas enormes a un liniero de la empresa eléctrica, montañesas, que vinieron a sustituir en mis pies unas alpargatas hechas con el forro de un asiento de un tren. Mis grandes botas, por cierto, me ganaron epítetos como El Oso y El Leñador entre los amigos, así se recoge en un poema testimonial de un joven que luego pasaría por la cárcel y terminaría exiliado en Los Estados Unidos: “el Oso rey hiriéndose de pena / porque es que nadie sabe de sus noches / de rompedor de todos los umbrales / porque es que nadie cree que él ha danzado / sus pies de leñador sobre la lámpara” (“Discoteca”, Reinaldo Hernández Soto).

Cuando nos hicimos novios, Ileana dibujaba maracas para el esposo de su hermana, quien tenía una contrata como artesano con el Fondo de Bienes Culturales y vendía en los recién abiertos hoteles de Cayo Coco. Su negocio era mejor, daba más dinero, se corrían menos peligros, y yo estaba cansado de luchar con la forma de pensar de mi padre y mi hermano, así que les dejé a ellos la búsqueda del plástico y me puse con Ileana a dibujar sobre la corteza de las güiras. El día que nos casamos por lo civil, sin trajes y sin luna de miel, en la tienda de los matrimonios nos dieron derecho a una hornilla de carbón, una camisa de mangas largas con rayitas y un blúmer que incluso a las dos suegras juntas les quedaba grande. Ileana vino a vivir conmigo a Ceballos, a casa de mi mamá, y nos dedicamos a producir maracas en serie. Trabajábamos para comer y para ahorrar peso a peso con el sueño de algún día comprarnos un cuartico en la ciudad. 

¡Sabrá Matamoros hacer maracas! Los palitos se los comprábamos por cantidades a un carpintero. Güiras y semillitas, yo las buscaba por ahí, por todas partes. Caminé ciudades como Ciego y Morón, infinidad de pueblos y bateyes, mirando siempre por arriba de los techos en busca de los gajos inconfundibles de las matas de güiras: son largos, muy rectos y por lo general están pelados como lanzas. Con el tiempo me quedaría esta costumbre de mirar por arriba de los techos y tratar de distinguir entre la maleza. Pagaba las güiras a peso, haciendo el cuento de que tenía un familiar enfermo o mi mujer no salía embarazada y necesitaba hacerle un jarabe, porque si se enteraban que era para artesanía entonces querían cobrarme muy caro.

Entre ambos les abríamos los huecos con un cuchillo —esta parte era la que mantenía mis dedos llenos de cicatrices—, sacábamos la tripa con un gancho —aquí se nos manchaban las uñas, por el ácido—, una vez que estaban secas las lijábamos, y por último las dibujábamos con un pirograbador: el aparatico me costó una fortuna... Algunos pintores amigos que disfrutaban de permiso para vender en los hoteles, nos compraban la mercancía a una tercera parte del precio de venta. Primero Ileana empezó a sufrir alergia al ácido de las güiras, luego resultó que mis dibujos tenían gran acogida, me hice famoso en aquel giro por combinar el pirograbado y la talla sobre la cáscara seca —en realidad de este modo evitaba lijar, quizás la parte más demorada y odiosa del trabajo—, lo que concluyó en que me quedara solo a cargo de las maracas, para que Ileana se concentrase en manejar la cocina de la casa y en cumplir con el horario de su centro laboral, el Departamento de Investigaciones de la Dirección Provincial de Cultura, aunque fuera el suyo un solario simbólico, así no perdíamos la esperanza de contar al menos con una pensión de retiro al llegar a la vejez. La parte de Ileana quizás era la más ardua: iba y venía de la ciudad muchas veces en bicicleta, y para cocinar debía recorrer frecuentemente el naranjal juntando leña. Vivíamos con gran angustia, por supuesto, apenas conseguíamos mejorar un poco nuestra dieta, tener aceite con que freír, ropa interior, jabón para bañarnos y minucias así, además de ahorrar algo. Pero hasta guardar dinero se convertía en una técnica de masoquismo, pues corrían rumores de que iban a cambiar la moneda y todos los ahorristas o “acaparadores” nos quedaríamos otra vez en pañales.

La naturaleza también quiso sumarse a la tortura. Perdí mis botas de leñador, mi calzado seguro de mañana, tarde y noche, cuando resultaron demasiado llamativas a los ojos de una brigada que entró en la casa para rescatar a mi madre en medio de una inundación. Aquel golpe de agua fue como si alguien pasase una raya roja subrayando definitivamente mi sentimiento de abandono y desolación en medio de aquellos años, así nunca vaya a confundirme y sacar otros recuerdos. Ileana y yo habíamos salido de viaje, a una Jornada de la Poesía Cubana en Sancti Spíritus, y cuando llegamos nos encontramos con una escena dantesca: arbustos aplastados, basura incrustada en las paredes, y mi madre, llorando, tendía mis libros en la calle para que se secaran al sol. Se había roto el dique de una presa cercana, la masa de agua había descendido por la cañada y en cuestión de segundos nuestro barrio quedó bajo una nata de fango y excrementos. Poner los libros al sol varios días no ayudó mucho, la mayoría se echó a perder. Alguien pasó a la semana haciendo un inventario de pérdidas, dijeron que nos iban a resarcir. Yo puse en la lista el televisor, el refrigerador, los colchones, y estuve tentado a anotar los libros, también las botas que me habían robado, pero sería inútil, aquello parecería sin duda una broma, y estaba convencido, como efectivamente ocurrió, de que nunca recuperaríamos nada. La crecida en fin de cuentas sólo había pasado sobre unas cuantas familias en los límites de un pequeño poblado, y la noticia de que una presa mal hecha cedió a la lluvia nunca apareció en la prensa. Lo único que obtuvimos fue el derecho a no hacer la cola en un comedor para ancianos abandonados e indigentes.

A la pregunta de si aplacé algunos sueños, tendría que responder que fueron tantos en la misma medida que eran grandes nuestras ansias como jóvenes muy jóvenes, aprendices de escritores llenos de lecturas y recién casados muy enamorados. Dejé de escribir, leía poco, tenía que andar detrás de las migas escurridizas. Me puse flaco como una hoja de hierba. Entre la desesperación y la tragicomedia veíamos agitarse nuestras ilusiones, las de unos poetas de provincia, caídos en una trampa, metidos hasta el cuello en aquella miseria, y para comprenderlo me basta con recordar que fue por esa época cuando un grupo de amigos hicimos un pacto, un poco en broma, pero también en serio: el primer día del siglo XXI nos reuniríamos bajo la torre Eiffel —de llegar hasta allí, claro, se daba por descontado el resto del éxito de nuestras vidas—. En caso contrario, quien faltara a la cita tendría que hallarse entonces completamente fuera del mundo, por las únicas dos vías dignas, que eran perecer en el intento, cruzando el mar, o haberse suicidado: rechazábamos cualquier otra justificación. Lo cierto es que varios tomaron el camino del horizonte y hasta pasaron cerca, pero creo que nadie acudió a la cita, ni nadie, hasta donde sé, intentó suicidarse. Pudiera achacar nuestro fracaso a la confusión que de pronto se armó en el mundo con que si el nuevo siglo empezaba en el año 2000 o en el 2001, hubo mucha discrepancia en ese detalle.

El turismo tiene temporadas altas y bajas. De pronto las maracas no se vendían en tiempo muerto y había que buscar alternativas. Me sumé a oleadas de gente de la ciudad que recorrían los campos cambiando ropa vieja y cualquier artefacto por comida. Descubrí entonces una verdadera mina: al sur de la provincia de Sancti Spíritus existían las arroceras, donde los campesinos te daban un jarro de arroz por cualquier cosa, como por unas medias o un vaso plástico. Solución: empecé a traer sacos de granos, que vendíamos en la casa. Un día buscaba; al otro, vendía. Me movía en lo que pasara, en carretas y carretones. Salía por la madrugada y cerca del mediodía ya estaba en lo más intrincado de El Jíbaro —mientras más profundo llegaras, obtenías mejor precio—, rápido compraba o cambiaba, y tornaba siempre con un quintal al hombro, a veces en ómnibus y camiones del transporte público, esquivando a los policías que querían decomisarme el saco, sudando litros y oliendo a rayo encendido. La madre de Ileana, una vieja muy luchadora, más ducha que yo en el regateo, siempre iba conmigo.

Amas de casa de Ceballos se movilizaban con jarros y jabas cuando en una ventana de nuestra casa aparecía un cartelito ingenuo: “Hay arroz”. Me ganaba como cuatro pesos con cada libra. Pero tuve que dejar de explotar la mina de El Jíbaro después que un día, entre tacitas de café, me puse a conversar demasiado amigablemente con una familia. Conversábamos sobre el terma favorito de entonces, es decir, las mismas penurias puestas de moda por el Periodo Especial y los desesperos por salir a flote, y toqué el punto de la muerte reciente de mi padrastro y, en medio del clima de confianza, no me di cuenta y seguí de largo, conté cómo mi mamá se había visto en la necesidad de entregarme la ropa y todas las propiedades del difunto para que las cambiase por comida. “¿Un muerto?”, dijo el hombre de la casa, y de pronto todos se miraron como si hubieran descubierto veneno en el café. Había metido la pata. En aquella misma casa yo había cambiado unas cuantas mudas de ropa. Susurré, medio sonriente, que eso no tenía nada que ver. “Ustedes no son supersticiosos, ¿verdad que no?”. Dije que debía retirarme y salí como que corriendo. Enseguida aquel comentario se regó por la zona, según me comentarían otros colegas, y no pude volver por allí, aunque durante algún tiempo seguí viajando con el mismo fin hasta un lugar que le dicen “La Tomatera”, perdido en la geografía abstrusa de Camagüey.

A veces Félix se sumaba a estos canjes de especias, aunque a él no le salían las palabras y solía retrasarse unos pasos por detrás de mí, cargando nuestra valija, para que yo fuera el que entrase en contacto con los campesinos. Una vez estuvimos casi un mes intentando cambiar una cortina de baño suya, muy linda, que trajo de Moscú y que había estado guardada en su casa con la promesa hecha de estrenarla en un baño nuevo, por lo que entonces aspiraba a nunca desprenderse de aquella manta por menos que un lechón o una cantidad muy grande de arroz, pero tuvo que ir bajando gramo a gramo su oferta ante el desdén de la clase campesina, hasta no sé qué nimiedad para horror de su esposa. Cuando íbamos juntos yo disfrutaba mucho, porque él con gran humor nunca apagaba el radar del escritor, del narrador, estaba siempre al tanto de las costuras de la realidad, las situaciones absurdas, haciendo observaciones y chistes que nos ayudaban a mantener alta la moral.  Años después escribiría un cuento-testimonio, “Bucaneros”, que se publicó en la revista La Gaceta de Cuba

Ensayé infinidad de malabares y nunca salí ileso. Por ejemplo, corté hierba para venderle a los cocheros de la ciudad. Parecía una empresa perfectamente rentable, nada más debía poner a sudar mi cuerpo y la hierba se regalaba inocentemente a través de kilómetros, húmeda, verdecita en los naranjales de Ceballos. La única inversión monetaria pasaba por contratar a un tractorista para llevar los haces de hierba hasta la casa de la madre de Ileana en el barrio de Chincha Coja. Fue cuando me convencí de que cualquier forma de ganarse la vida en época de crisis es una ciencia, incluso algo al parecer tan zafio como vender hierba para caballos. No es lo mismo la Hierba de Guinea que la de Pandora, ni la San Carlos tiene igual sensibilidad que la Lechosa, resulta decisivo la hora en que cortas, cómo amarras, cómo transportas... En fin, se quejaban los cocheros, el tractorista creía que merecía una fortuna, y para colmo alguien de la cooperativa dijo que seguro me dedicaba a traficar otras cosas de más valor bajo la hierba, quizás gallinas o naranjas, por lo que casi voy preso.

Veo los límites tan borrosos del “Período Especial” como el mismo fin del milenio, no sabría por dónde pasar una raya y decir hasta aquí, si entre los días que he vivido, si entre los que estaban antes o los que vendrían después. Aunque hay un día marcado, en que la política volvió a bromear con los sentimientos de manera muy pesada. Al parecer entonces se intentaba alzar un muro de firmeza ideológica para dejar al otro lado esos recuerdos ominosos: fue cuando el mismo presidente que le había dado nombre al impasse de nuestras vidas en tiempos de poco pan, salió en televisión riéndose de los artilugios con que el pueblo se las había ingeniado para mantener la formación del país más o menos uniforme y de pie mientras los cañonazos del hambre, la emigración y la desesperanza hacían grandes huecos en sus filas. Ocurrió el 21 de abril de 2005. El Comandante en Jefe, con la temeridad a que lo autorizaba al parecer el hecho de que pasaría a repartir por primera vez entre la población ollas, calderos, fogones y otros aparaticos domésticos Made in China, nos acusó de delincuentes, “derrochadores” y, para probarlo, entre risas, subió al estrado del teatro Karl Marx nuestros inventos caseros: el ventilador con motor de lavadora rusa, el fogón... Yo no quise seguir mirando, apagué el televisor. Al otro día Félix vendría a hacerme el cuento con sus ojos llenos de lágrimas. No se había muerto el “Periodo Especial”, sólo estaban apilando otra vez nuestros restos y dándonos, vivos aún, peor sepultura. Mi hermano, este mismo día, como un niño experto en pedir la palabra por gusto, escribió al Ministro de Cultura:

“Ese desfile circense, burlón, irrespetuoso, de objetos nacidos por manos desesperadas, fieles a su tierra pero obligadas al remedio, obra del talento y de la presión de la pobreza, fue una página amarga. Y los que como escritores estamos comprometidos con la sensibilidad, no podemos callar esto. [...] Me dolió la risa de los presentes. ¿Es que los ministros y sus familiares nunca vieron estos artículos? Yo los vi, los compartí. Y esa noche vi tras ellos a mi padre sentado en el piso tratando de acanalar una pieza de ladrillo refractario para hacer un fogón, no para iniciarse como “capitalista” ni “delincuente”, sino para sobrevivir con dignidad. Vi a mi madre pidiéndome a media tarde que hiciese algo por unir los fragmentos de aquella resistencia carbonizada para concluir el almuerzo ya casi comida. Vi a mis hijos, ahogados por el calor, no pidiéndome emigrar hacia zonas frías, sino  insistiéndome en que tomase el motor de nuestra Aurika para hacer lo que nuestra economía no podía ofrecerme y mi salario, constreñido, tampoco podía permitirse.”

El sentimiento de humillación seguía sin ser menos que cuando teníamos que enseñarle aunque fuese un dólar a los porteros de las nuevas tiendas “recaudadoras de divisas”, las “shoping”, con tal de probar que no andábamos como unos mendigos entreteniéndonos en la contemplación de juguetes caros, para que nos dejaran pasar. Y cuando bajo el cielo de las tres franjas y el recio sol nos decían que el extranjero estaba eximido de hacer la misma cola para comprar en la misma tarima. Y cuando nos informaban —rectifico: le informaron al amigo mexicano que nos invitó, a nosotros no había por qué atendernos— que precisamente los nacionales no podíamos hospedarnos en el Hotel Nacional, ni aunque fuésemos un grupo de poetas con nombres tan inocuos como Carilda, Liudmila, Ileana, Assef, Otilio... Y cuando le di una parte de la dentadura de mi abuelo a una de aquellas casas de Hernán Cortés, donde compraban oro, pasaban por segunda vez recogiendo nuestros idolillos a cambio de una gaseosa.

Creo que la presión empezó a aflojar cuando Ileana y yo nos casamos en la parroquia que para entonces, víspera de la visita del papa Juan Pablo II a Cuba, ya se había convertido en catedral. Hubo mezcla de resultados de la acumulación de sacrificios —aunque el pirograbador con su humillo me dejó secuelas en la vista, nunca lo he tirado—, talento y algo de suerte, además de la infaltable piedad de un buen amigo, para que pudiéramos un día mudarnos a una casa propia. Y nos instalamos en la ciudad que, en una novela de Reynaldo González: Siempre la muerte, su paso breve —si no la primera, quizás la mejor novela cubana donde se haya usado un tipo de narrador, el de la segunda persona—, se conoce como Ciego del Ánima. Al lado de Ileana, aquí, seguiría batallando por mantener juntitos, mientras Dios lo permita, el alma y el cuerpo.


En la ciudad de Ciego de Ávila,
un día del 2003 y otro del 2010.

22/11/2010

El "periodo especial" y yo [1ra parte]

(Foto: Francis Sánchez)



Un poeta, Arístides Vega, me pregunta si el “Periodo Especial” golpeó alguna vez el nido familiar que he construido con Ileana a través de los años. A él quizás le llame la atención que, pese a todo, incubamos nuestra felicidad, un par de hijos adorables y no pocos libros de poesía, en Cuba, donde nos quedamos a vivir cuando nuestra generación desembocaba masivamente hacia el océano intentando alcanzar las costas de La Florida. Arístides ha planeado —desde el año 2003 en que lanzara a muchos contemporáneos el dardo de esta curiosidad— preparar lo que se catalogaría como un libro-problema, es decir, de los que no se dejan publicar fácilmente, con las recetas de comida extremas que el cubano tuvo que poner de moda y con testimonios sobre los malabares de los escritores para subsistir en aquella noche durísima que envolviera al país desde principio de los años noventa, después que desapareció el bloque socialista de Europa del Este.

Tamizar a través de nostalgias una época que fue de grandes desgarramientos, puede dar idea de que el trauma o su percepción varió, quedó atrás. Y no es menos cierto que, para el momento de llegar a mí esta pregunta, en muchos ámbitos de los saberes oficiales se jugaba a la variante de que, tras tocar fondo, ya la economía cubana había pasado su punto crítico y despegaba. Por entonces el gobierno ostentaba el derroche en un nivel de empresa mayor, romántica, incluyendo campañas como “la batalla de ideas” —masa amorfa de acciones con el rasgo común de invertirse el escaso presupuesto, de manera muy propagandística, bajo el sello directamente centralizado, entre “tribunas abiertas” que movilizaban miles de personas semanalmente o programas de atención básica a la población—, y el proyecto de “masificación de la cultura”, donde no faltó el llamamiento a convertir a Cuba en el país más culto del mundo, cual simple obra de choque partidista, en un plazo de diez años. Aunque, por supuesto, todo era sólo un juego. Lo terrible de la política cubana es que siempre nos la hacen “jugando”.

Hasta donde sé, nunca hubo mayorales en las paradas de ómnibus o agentes infiltrados en las colas del pan para tomar apunte de cada nueva arroba de educación refina que fuéramos acumulando a lo largo de un decenio. Utopía (Cuba, 2003), cortometraje de Arturo Infante, recrea de todos modos esta posibilidad, renacentismo a la criolla: gente del barrio, los jugadores de dominó de la esquina, discuten, entre ficha y ficha, por exquisiteces como si existe o no el barroco latinoamericano. Temas de la alta cultura ocupan la conversación de estos personajes como por decreto, pues ellos siguen comportándose en tono vulgar, gritan, gesticulan, no se toleran, hasta que terminan yéndose a las greñas, al más duro estilo callejero, por discrepancias académicas. El desfasaje entre un sueño diseñado y la realidad de estos personajes caricaturescos, que somos unos cubanos comunes, hipotéticamente colocados a la cabeza del mundo, radica quizás en el escenario, en el folclor disfuncional de las carencias básicas, donde sigue necesitándose la base material o económica para llegar a cualquier variante de “hombre nuevo”, como aquella cuya producción en serie había modelado el Che Guevara. Sucede que la mayor agonía de vivir en comunidad, padecer el cepo de la política, se materializa, se visualiza vívidamente, para quienes desde abajo aguantan el peso de los desajustes sociales, en su diario intento de escapar a la realidad, por la presión que ejerce aquel discurso falseado y aquella imagen ideal de ellos mismos que los grupos dominantes —con ayuda de élites culturales que brindan servicio a la suite presidencial— necesitan articular.

Pronto, quizás aún viviéndolo, ya el supuesto exotismo del “Periodo Especial” había dado pie a un tipo de pasatiempo, un subgénero de la tradición oral, consistente en transmitir experiencias por parte de los sobrevivientes, especie de parábolas para explicarle a los niños cómo mantener la calma el día del Armagedón: los bistecs que se hacían con frazadas de limpiar el piso; las pizzas, a falta de queso, con globos de cumpleaños y condones derretidos, etc. Esta tendencia de la oralidad nostálgica como terapia de grupo, llegaba después que las letras cubanas y sobre todo los géneros narrativos, desde la misma década de los noventa, habían hecho catarsis con los personajes emergentes —jineteras, balseros...— y floreció un nuevo costumbrismo cercano a la picaresca, que pudo colarse en el mercado literario internacional.

Quizás sólo nos gusta hacernos las descripciones del olvido que necesitamos, igual que los chistes de los colmos, porque exponen el núcleo blando del pasado permanente, o sea, el siempre abierto. Porque la sobrevida es el aprendizaje ineludible en una nación flotante. Incluso en etapas de gran delirio, estados de ilusoria abundancia, el relato de un país fuerte y una sociedad justa, igualitaria, ha carecido de estabilidad, de una base material, del imprescindible correlato de una fuente real de riquezas y una práctica que aprobase asignaturas pendientes como la definitiva independencia, la diversidad productiva y aquella divisa romántica principal, la que estimuló a los fundadores de la patria: libertad.

La poca sostenibilidad de una política basada en el personalismo, y la falta en general de vínculo entre teoría y realidad, entre aquel aparato retórico dominante que monopoliza el lenguaje de utopías permisibles y aquellos segmentos sociales menos favorecidos, condenados a depender, a esperar, mantiene siempre en vilo el fantasma de una ruptura y posible desplome de la vida por esa grieta. Este fantasma tomó un día el nombre oficial de “Periodo especial en tiempos de paz”, y, como su origen se puntuaba con claridad, pero nadie se atreve a darle una fecha de cierre, asoma, asusta constantemente, detrás de cada reajuste financiero, cada mentira o síntoma de incoherencia política.

¿Había algo más voluntarista que cosificar, ponerle un nombre —y nada menos que “especial”— a algo tan dilatado y difuso, tan degradado y degradante como una etapa que iba del presente al futuro en la vida de un pueblo sometido al ensayo del hambre incondicional? Se conocía por “tren especial”, entre los que circulaban uniendo los extremos de la isla, al que reunía mejores condiciones, dígase mínimas, a diferencia del resto de cacharros humeantes. Evitaba parar en las estaciones de esos pueblos rurales, casi invisibles entre la maleza, que el poeta Eliseo Diego reconocía como los más significativos o extraños. Rabiábamos y reíamos, entonces, cuando se nos trataba de adosar a la fuerza el calificativo, veíamos que le quedaba estrecho a nuestra sensación de caída libre en el vacío, que no deseábamos fuese la más rápida. Sin embargo, terminamos aceptando el artificio verbal y usándolo hasta en defensa propia, porque su misma ambigüedad permitía explorar otras combinaciones del relajo. ¿Acaso los cubanos no habíamos sido y seguíamos siendo el centro de la historia universal? ¿Qué cosecha de tubérculos, qué marcha o qué perorata matutina, según el noticiero nacional de televisión, no era “histórica”? ¿Acaso al mundo le quedaban dudas de que podíamos traerle la salvación, ser la isla-faro de libertad para los pueblos que salían del coloniaje, lo mismo que la hecatombe, como en la crisis de los misiles de 1962? Desaparecer la URSS, y el futuro negro cual boca de lobo a que entrábamos, sólo nos permitiría seguir adelante con el papel protagónico entre los pueblos de la tierra: nuestra capacidad de aguante individual sería una prueba de la gloria del sistema que mantenía en alto las últimas banderas del socialismo real. Constituía, por el contrario, una coyuntura típica de nuestro destino. Siguiendo esta lógica, un chiste de entonces apostaba por la ciudadanía cubana incluso de Adán y Eva, dos pobres criaturas atrapadas en la circunstancia más “especial” y prometedora: carecían de ropa, contaban con una sola fruta para comer ambos, pero estaba prohibida, y, para colmo, creían que vivían en el paraíso.

En primera instancia por acompañar a un poeta con quien ya antes había compartido un viaje a lo largo de Cuba —celebrando esa vez el bicentenario del primer gran lírico romántico de América, José María Heredia (1803-1839)—, en el mismo año, por cierto, que él me regalara su pregunta y yo redactase el primer borrador de estas memorias, me monto en este otro itinerario, introspectivo, a desandar la hora de mi vida en que la necesidad me obligó a dejar el útero de mi casa, la seguridad y protección de mis mayores y salir a defenderme con las mil y una maneras que la miseria acredita. Buscando esos márgenes, esos respiraderos que pueden darse hasta dentro del dominio más férreo, resistí, como la mayoría, moviéndome invisible a través de esas grietas. Ni antes ni después, hasta hoy, he sentido la presencia tan viva de esa parte de la intemperie insular, donde hay pueblitos del interior con alguien que espera a que llegue un visitante para cambiar algo, se dibujan trillos paso a paso, historias y formas de vida a ras de tierra: una parte, menos urbana, a la que mejor le asienta el calificativo de la “Cuba profunda”.

Conocí a Ileana cuando, asido a cualquier invento que me llevara momentáneamente a la superficie, salía casa por casa vendiendo tapas de litros de leche y pomitos con perfume casero. Buscándome la vida, iba por calles y guardarrayas a vender mi mercancía disimuladamente, era algo ilegal, aún muchos vecinos mostraban de modo casi espontáneo una actitud hostil hacia cualquier estilo de ganarse la vida que se apartara del control del estado y de las prescripciones policiales —ese tipo de inducción que infesta los genes de “las masas” con el miedo a la iniciativa privada—, por lo que en más de una ocasión tuve que huir corriendo después de ofrecer una tapita a través de una ventana, pues llamaban al vigilante del barrio o me gritaban para desmoralizarme ante el resto de los vecinos y dejar claro que en aquella casa no se incurría en el delito de comprarle a particulares: “merolicos”, decía la gente con desprecio.

Aún yo vivía en Ceballos, un pequeño hormiguero humano a unos trece kilómetros de la ciudad de Ciego de Ávila, pero más exactamente en el umbral de los naranjales, en el barrio de la cooperativa “José Martí”, con mi mamá que estaba casada con un guajiro enfermo y que rezongaba arrepentido de haber entregado su tierra para ensayar lo que un programa de televisión dirigido al público campesino definía como “forma superior de producción”. Allí el resultado real del experimento cooperativista se entregaba a modo de informe en nuestra mesa, consistía en algunas viandas a la semana y medio litro de leche diario, por lo que nuestro plato invariable era una nata de fufú que podía cambiar de color según mudase la influencia tiránica entre el plátano, la yuca o, más extemporáneamente, la malanga.

Evitaba hacer mi venta ambulante dentro de Ceballos, donde me identificaban como el hijo menor de una vieja y honrada familia, para ahorrarme dolores de cabeza y no aumentar la vergüenza de mi madre. Prefería irme lejos, a otros municipios, sobre todo a la ciudad cabecera de la provincia, por bateyes y caseríos aledaños.

Había choferes que se dedicaban a traer el producto en grandes cantidades desde otras regiones, y nos lo pasaban a nosotros, la infantería de vendedores. Se decía que en Güines, muy cerca de La Habana, estaban las más grandes fábricas clandestinas de enseres plásticos. Entonces me imaginaba aquel pueblito como una especie de Nueva York secreta y una de mis utopías era hacerme de un carro y dinero suficiente para irme allá, a cargar. Debo consolarme con la idea de que soy un poeta, por no decir que fui un inútil que siempre se dejó engañar y siempre salí trasquilado. No sabía en lo absoluto manipular, regatear, pujar, esas virtudes de los negociantes informales. Con demasiada frecuencia el proveedor me convencía de que era mi amigo, quería ayudarme, y me hacía la conciencia de que aspirase a ganar por mi trabajo una diferencia apenas de centavos, después siempre se me rompían algunos aretes, polveras o lámparas durante mi trasiego, por lo que indefectiblemente quedaba debiéndole dinero al patrono ocasional.

Vivía harto de sudar la gota gorda, pasar sustos y también que me explotaran al por mayor. Convencí a Félix, mi hermano también escritor, para construir una máquina de plástico, como le decíamos a los artefactos con que se fabricaba toda clase de útiles domésticos. Y nos pusimos de acuerdo en montar un negocito familiar, evolucionaríamos a la condición de productores. (Continuará.)

9/11/2010

BOLA DE MIEDO


(Foto: Francis Sánchez)


Socialmente, el miedo a lo desconocido, cuando se funde con el sueño frustrado de una sociedad armoniosa, también engendra monstruos o provoca pesadillas colectivas. Es el estado actual de zozobra que se vive en Cuba, mientras se da por seguro que el tiempo está cambiando para peor y todos los vecinos olfatean la situación intentando adivinar las malas señales, intentando descubrir si ya la tormenta está aquí. El anuncio de una política de despidos masivos forzados que se fijan en fecha próxima, más tantas otras tristes noticias —subió la edad de jubilación, suben los precios del combustible, sigue subiendo la tarifa eléctrica, etc.— otra vez insufla en la sociedad una sensación de incertidumbre, caos o tragedia inminente.

Una de las pocas armas con que se cuenta en la calle para superar el estado de impotencia, protegerse de lo desconocido y verlo venir, son “las bolas”, como se les llama en Cuba a los rumores que atraviesan la sociedad horizontalmente, repentinas, de boca en boca, autopropulsadas por un sincero horror al vacío. Nadie distingue si son veraces, con qué interés alguien puede echarlas a rodar o a quiénes quizás beneficien. De cualquier modo constituyen, si no una fuente de contenidos totalmente fiable, sí la más sensible, rápida y desprejuiciada (virtudes básicas de un mecanismo de alarma) con que se cuenta en el entorno. Y la experiencia ha dado la razón a quienes atienden al movimiento de estas referencias precarias, porque no puede esperarse por los fiambres que sirven los medios de propaganda con demasiada premeditación.

El detalle de la velocidad y transparencia informativa significa a veces la diferencia entre la vida y la muerte. Resulta común, por ejemplo, que en la prensa caigan tras las rejas algunos culpables de crímenes que, de acuerdo con el historial de esas mismas planas, jamás se cometieron. Fue el caso del mayor robo de un banco nacional —un millón de pesos—, ocurrido años atrás en la ciudad de Ciego de Ávila, o la más trágica fuga de una cárcel, cuando el mismo delincuente y secuaces abandonaran la prisión de Canaleta en esta ciudad dejando un rastro de varios uniformados muertos a golpes. En ambas oportunidades el rumor activó un engranaje de autodefensa que los periódicos terminarían refrendando sólo después que el peligro había pasado, para hacer un relato triunfal de búsqueda y captura.

La política oficial de manejo de la información, y la misma marginalidad o falta de participación individual en la industria de la política, hace que la realidad, la substancia de lo real y las formas del futuro inmediato tengan para el cubano promedio un aspecto psicológico de pulsión reprimida, autodestructiva, síntoma en definitiva de una relación enajenada con todos los medios: los de producción, los de información, los de poder y consenso, los de representación simbólica, etc. A este orden de traumas pertenece el fenómeno de que la Asamblea Nacional del Poder Popular pueda reunirse sin discutir ni llevar a votación precisamente las graves determinaciones que, tras caer el telón de este foro, aparecen aprobadas y escritas como por una mano invisible sobre el cielo nacional: se venderán casas y terrenos a turistas millonarios, se construirán campos de golf a lo largo del país, se considerarán “plantillas infladas” todas las que hasta ahora venían valorándose como generadoras de una forma de producción superior o acumulación de valores sociales, etc. Luego el sentimiento de indefensión ciudadana no alcanza a ser menor que ese mismo silencio o vacío legal al que cada persona está enfrentada inevitablemente.

Un vacío tan profundo e indeterminado como el cheque en blanco que el máximo dirigente de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) le expide al poder cuando lanza el mensaje oficialista de que apoya todas las decisiones tomadas por la alta jerarquía y, además, todas las que se tomen en adelante, sean las que fueren. Facilidades tan ilimitadas para un tipo de monopolio ideológico y económico, abiertas incondicionalmente, a costa del suelo, de las familias, de los trabajadores y las obras públicas, parece un caldo de cultivo ideal para el desasosiego generalizado. Cuba, la vida —entiéndase ese límite desconocido o prohibitivo que la actividad institucional presenta a los individuos—, es el plato fuerte de los debates de los cubanos en la calle, yendo desde superficiales aristas a lo hondo que bordea el abismo. El miedo no puede ser menos ilimitado porque no responde a las formas, siquiera a un ordenamiento hipotético de información, sino a la falta de formas.

Tomando nota de vagos rumores en un día actual de mi vida, y no un día ideal o típico que mezcle fragmentos de ayer y hoy, sino un día real, vivido —entiéndase el viernes 5 de noviembre de 2010—, me quedo para mi sorpresa con este muestrario que difícilmente acertaría a ubicar en el capítulo del absurdo kafkiano o de la novela gótica.

Me levanto porque toca a la puerta Oria, una amiga que lo primero que mezcla con el café mañanero es el testimonio de que el barrio Ortiz, al norte de la ciudad, está acordonado por guardias porque allí se oculta el asesino que buscan desde hace tres días, cuando apareció estrangulada, y dicen que violada, la anciana madre de Nelson, un peluquero de la calle Independencia. Se especula que por la noche quitaron la corriente en toda la ciudad porque trataban de estimular al malhechor a salir de su guarida. El suceso viene a añadirse al caso de un joyero y su mujer que fueran torturados salvajemente por unos ladrones impotentes delante de una caja fuerte hermética, en un poblado cercano, Florida, perteneciente a la provincia de Camagüey —las fotos de la policía en la escena del crimen circulan de computadora en computadora—. Uve, una vecina, pregunta si tenemos un candado que le vendamos, aunque sea viejo, comenta que todos están poniendo candados, antes de desenvolver otra noticia fresca: han violado y matado a otra mujer, una taxista negra. No hace falta saber el nombre, existirán a lo máximo dos o tres mujeres taxistas, y negra una sola, así que más o menos todos la habremos visto pasar alguna vez: estamos ante una clasificación muy familiar.

Cerca del mediodía voy a la zona comercial y en el parqueo de bicicletas se habla, además de lo de la taxista, sobre un cartel que pusieron, diciendo supuestamente con caracteres grandes: “Abajo Fidel”, mientras debajo, con letras más pequeñas: “cuiden a los niños”. Conocedor de que tengo dos hijos, alguien me aconseja que los mantenga bajo mi ala. Uno de los clientes, sacando su bicicleta, dice que esto es nada comparado con lo que vendrá después que miles de plazas laborales sean eliminadas, y se va, dejando que la onda expansiva haga efecto. El parqueador niega con la cabeza, y afirma, ahora mirándome, que eso es falso, porque en realidad las personas que trabajan no son potenciales delincuentes, incluso vaticina que sólo un uno por ciento de los desempleados se convertirán en ladrones.

Por la tarde, al llevar a uno de mis hijos al entrenamiento de fútbol, el director de la escuela reúne a la muchachada para dar una arenga, prohíbe traer dinero con qué comprar dulces a través de la cerca. “Hay que acabar aquí con estas ventas. Nadie sabe lo que venden”. El padre de otro niño anuncia que ya capturaron al asesino, que lo oyó por la radio y que habían mostrado incluso una foto en el canal de televisión local. Por doquier gotea el nuevo tema de la infeliz taxista. Y ya de noche, cuando visito a un vecino, mientras su madre busca la llave de la reja y se disculpa por hacerme esperar, y convengo con ella en lo oportuno de mantener nuestras casas cerradas, traigo a colación el ejemplo de la taxista, pero entonces la veo que ríe y me desmiente. Se trata de su amiga, acaban de hablar en la esquina hace cinco minutos: sentada al timón en su taxi, coleando, sanita, lo único que un poco asustada y molesta, porque está en desacuerdo con estas horas de fama que le ha tocado vivir.

De regreso en casa, mi esposa me reprende por no colocar el candado, le doy la buena nueva de que “la bola” de la taxista era falsa, entonces llega un amiguito de nuestros hijos contando que en otro barrio una mujer falleció cuando un ladrón la empujó contra el contén de la calle para arrebatarle la bicicleta. Todavía, antes de irme a la cama, alguien llama por teléfono con la versión de que ha aparecido un brazo flotando en el pequeño lago del Parque de la Ciudad. Bueno, me digo, aquí el rumor empieza a saltar del tono realista al fantástico. Lo sufrimos por las víctimas, reales o inventadas, en cuyo pellejo probamos a ponernos, pero mi prurito literario me lleva a identificarme al final del día en especial con el infortunio —aunque al cabo tuvo mejor suerte— de la taxista, alguien que se me parece a un personaje de ficción en busca de un autor.

En efecto, la figura bonachona de Dulce María Montiel, querida y experimentada chofer de la piquera de taxis del hospital provincial, en la ciudad de Ciego de Ávila, devino por estos días un extraño caso en que la psicología y el arte unieron fuerzas para lograr que la realidad se rebajara a comportarse como una imitación de un cuento de Poe, o quizás de Borges. La imagen narrada de su falsa agonía vino a drenar por consenso un cuadro de traumas y presiones latentes en la psiquis social.

Dulce lamenta lo que considera una broma de muy mal gusto o quizás un acto terrorista. En pocos segundos el comentario estaba en todas partes, ese día ella no había ido a trabajar y la gente llegaba a su casa con lágrimas en los ojos, se amontonaron dolientes en la funeraria y llovieron las llamadas telefónicas, incluso desde Italia y los Estados Unidos. Dice que ni la vez que sufrió de verdad un accidente, cuando su auto quedara aplastado, hubo tanto alboroto. Dulce tiene, como cualquier cubana típica, su poco de superstición, y no entiende qué está pasando, por qué en lo que parecía ser un día normal tanta gente convino en la creencia insoportable de que a ella la habían asesinado, cuenta que siente deseos de poner delante de su casa un cartel que diga: “Estoy viva, no me pregunten más”.

3/11/2010

Memorias de un polizón



(Acerca de las Jornadas de la Poesía Cubana,
que desde 1986 se celebran anualmente en la ciudad de Sancti Spíritus,)



Muchos años después frente a un pelotón de poetas espirituanos que rumiaban su nostalgia por la decadencia de las Jornadas de la Poesía, entonces venidas a menos, casi a punto de dejar de celebrarse, yo recordaría la tarde en que un poeta de mi provincia me llevó a conocer a Eliseo Diego. Dijo que íbamos a colarnos en su cabaña para quedarnos un rato con él, pues poseíamos un arma tremenda: una botella de ron buenísimo. Yo —el joven guajiro con sólo noveno grado aprobado, para quien vida y literatura apenas habían sido ensayadas científicamente dentro de la probeta que significaba el cuarto de una casa en un batey de cooperativistas naranjeros— entendía aquello como un secuestro, ni más ni menos, y con el agravante de la inocencia y paradójica complicidad de la víctima. Incluso el Poeta le había rogado a mi amigo que llevara la botellita oculta bajo la camisa, porque su médico, familia y organizadores del evento acechaban entre los matojos del motel Los Laureles, celosos, velando por su salud. Creo que nadie nos vio entrar ni salir de la cabaña. Junto con Eliseo vimos jugar a Camerún en el mundial de Fútbol de México en 1986. Fue una tarde inolvidable.

Aún transcurriría mucho tiempo, sin embargo, antes de que yo pudiera caer en cuenta de que, aquella ocasión en que había conocido al Poeta, pertenecía a las peripecias de la primera Jornada de la Poesía Cubana que se siguieron organizado durante décadas en la villa del Espíritu Santo. Y tanto tiempo transcurrió, que necesité que la emigración anual de poetas hacia el centro de la isla fuera rescatada del desdén, y no fue hasta hallarme en la celebración de la XX Jornada, cuando advertí que yo podía contarme entre los participantes fundadores. Claro, mi autonombramiento necesita ser matizado con algunas anécdotas, como la anterior, para ser creíble, y tampoco me viene mal el paso del tiempo en cantidad semejante a la tomada en cuenta por la Justicia para dejar sin causa determinados delitos, como se justificará más adelante. Confieso algo mucho más grave que haberle arrimado al Poeta aquella vez el báculo de la tentación: nadie me había invitado a la Primera Jornada, nadie por aquellos saloncitos literarios me conocía, salvo mi amigo, un poeta de mi provincia —véase que debo omitir su nombre para evitarle compartir ciertas afrentas—, quien dividió conmigo pan, agua y unos pocos metros cuadrados que le tocaban dentro de una cabaña. Siendo yo un perfecto desconocido, en ningún documento oficial habrán registrado mi nombre, por tanto, ni en la lista para el restaurant, ni en las tandas de lecturas colectivas. ¡Qué maratones de lecturas!

Dos poemas con salida al mar

(Foto: "Salida al mar", Francis Sánchez)





CAPTAIN, MY CAPTAIN


Nuestro albatros iba a nacer en alta mar. Sobre exiguas tablas de la casa, puertas, ventanas, nos hacíamos al horizonte aprovechando cada ruina del sol. Al verme descender al portal, siempre mi padre me miraba con la tristeza de quien va a escribir una carta.

Todo lo que hacemos en orillas de la isla, cualquier conversación, simples roces de vasos, puede ser el último combate que nos vean librar bajo el cielo antes de partir, antes de abrirnos como tubérculos entre la luz apisonada como una costumbre.

Amamos el secreto de la isla desde que rendimos por primera vez los ojos al mundo dentro de una circunferencia de hierro líquido. Aprendíamos a dejarnos lastimar así desde el primer orgasmo con la repugnancia y la soledad de quienes van a morir vírgenes o jóvenes. Con el insomnio rojo o amarillo de los trigales de Van Gogh. Con la copa tallada en polvo de Osmar —poeta, bebido y persa, todo a distinta velocidad...—, quien soñaba una ocasión para quitarse como talego la vida delante de su Amo, tirarle ante la puerta del granero una carga que nunca solicitó.

Nuestra tierra hecha de pájaros muertos a mitad del mar, mueve su propio puño como una luciérnaga en los cantos que le escribimos sobre las lozas de los baños por no tener voz digna de su invisibilidad.

Cuando nos dejaban solos en la orilla sosteniendo antorchas, miradas recién nacidas, debíamos ver grifos y sirenas sudando, extrayendo vagones de oro. Y cuando subíamos al árbol del viaje, seguíamos obligados a amar la musculatura de la pérdida, arboledas, palabras torcidas que escondían dentro de la sal un remanso de nieve.

Me negaba a dormir sobre cangilones de una noria. Asumía el abismo de partir con mis dientes la cuerda de mi corazón feliz, aunque el cedro de la copa nunca pudiese darle ventaja al fuego escanciado. Y huimos hacia el mar. Antes de que él nos hallara, elegimos el mar. La corona del mar ciñó nuestras cabezas.

Dejábamos la cena servida, grano de arroz enfriándose en el pecho cuarteado de la madre. Finalmente también podíamos nacer por una culpa sin nombre, caer de la silla guardada, asir la palabra o el silencio, antorcha de los muertos.

Un hijo, único, inexperto, estaba a punto de acurrucarse entre tus piernas a que le diésemos nombre. Cada noche desclavábamos las tablas de la casa, puertas, ventanas, y nos concentrábamos en ganarle al agua el idioma del horizonte. Pero al volver el sol —¿estrechez, miedo a atalayas de la costa y sus hogueras?— allí estaban nuevamente las hojas de nuestras viejas libertades, ventanas, puertas, girando sobre sí mismas, intratables, mordidas y lamidas por el óxido del alba.

Todas las puertas del país simulan funciones tan imperturbables como abrir y cerrar, pero en lo más profundo e impredecible de nuestro destino, son despojos de un naufragio en potencia, barcos improvisados, a la deriva.

Mi padre, aunque siempre esperaba despierto la luz, dentro de una casa alzada con sus manos, nunca se atrevía a cruzar la puerta antes de sentirme sacarla del agua negra, chorreando silencio, cada amanecer, y amoldarla otra vez al muro.

Al mismo tiempo que las olas nos salvaban de la orilla, hundían alfileres detrás del párpado, vacíos imposibles. Casi todos los cómplices del crimen de la infancia pasaban por nuestro lado riendo, entonando con orgullo oraciones desesperadas a la virgen.

Habíamos entrado cuando estaban abiertos los fosos, distribuidas las almenas, José había martillado la estrella de la isla con fuego y sólo quedaba esperar, en Numancia, en Jerusalén, la visita sin anunciar del ángel.

No he sabido mantener toda la noche bajo llave a animales de aciagos vaticinios. Embadurno con sangre el dintel de la casa para que tanta oscuridad pueda verse brillar desde las nubes. Te espero aquí, a la salida del mundo, hijo.

Quieren obligarme a rodar una estrella solitaria alrededor de la cima, escapar en círculos entre cuatro linternas de agua, ahogado, pulido contra el fondo de esta voz mía que no se acostumbra a escoger mentira menos honda. Nunca alcé y vacié mi vida. Nunca lancé mi copa al rostro sin facciones del dueño.

Los médicos nos piden como a vulgares mendigos que tengamos paciencia para verte crecer. Ella reza sin voz debajo y encima de tu almohada. Apenas logro darle orden a la verdad donde vivo, al mar en que se agitan las cuencas de mis ojos, puertas, ventanas, sin un marco de cedro, una casa, una simple pared a donde volver con la primera luz que cabalgue las costas.

Dentro de cada piedra a que añado el pecho, oigo la voz de un nuevo grumete. Canta distinto. Se ha apoderado de un timón más grande que todos nosotros.


(Del poemario: Extraño niño que dormía sobre un lobo,
Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2006.)





PERRO


Avenida del Puerto, La Habana. Agosto de 1994.


La sed de una sed pura hace morder las mallas.
En lo blanco del pan he visto una erosión
más eterna que el mar. Persigo esta visión
con la desaforada risa de las murallas
espulgando mis pasos. Aúllo y me roen playas
innumerables, larvas de extraño frío y gotas
de lluvia, así deambulo otra Habana de botas
y bastones y hoteles vidriados con mi piel.
Si en su barca la Virgen de Regla me da miel
y leche, haré silencio como unas tablas rotas.


(Este es uno de los dos poemas censurados, que no llegaron a publicarse en el libro Epitafios de nadie, Ed. Oriente, Santiago de Cuba, 2008. Primera Mención del “Premio Oriente”.)

Iniciación en el oráculo maternal de Raúl Hernández Novás


(Foto: Francis Sánchez)


Se certificó que había apretado al menos tres veces el gatillo de un viejo revólver —reliquia familiar que pasara de generación en generación hasta terminar en sus manos—, antes de conseguir el disparo que puso fin a su soledad y errancia por la vida. Era la hora del crepúsculo, cuando optó por la noche, y desde ese instante la obra de Raúl Hernández Novás empezaba a atraer la iluminación conmovida de lectores y críticos, como nunca antes; quizás del modo que siempre mereció quien se había convertido ya, apenas con cuarenta y cuatro años, y pudiendo mostrar un puñado de libros impresos por lo general a destiempo, en el lírico, en el poeta cubano más grande del período de la Revolución. Entre sus pocos amigos solían llamarle precisamente «el gigante», mientras iba y venía portando por lo general algún libro bajo el brazo, tímido, con serias dificultades para las relaciones humanas, y así se le presenta en la única entrevista que le realizaran, cuando aún no tenía un solo libro publicado: «Quienes lo han visto admiten sin reserva que él es el poeta más grande de Cuba».1 Medía seis pies y cuatro pulgadas. Pero esto, unido a su miopía, era motivo de complejos para el poeta. Caminaba encorvado quizás para aparentar menos estatura. Y, cuando escribía, no se apartaba del ensueño de ser infinitamente menos visible o llamativo, encogerse, estar otra vez recogido, en sí mismo, dentro del vientre materno.


Desde su nacimiento, con una cardiopatía congénita, la madre había construido alrededor suyo un muro de sobreprotección. Si tuvo éxito la cirugía a corazón abierto —la primera o una de las primeras hechas en Cuba, cuando contaba sólo diecisiete años— que enmendó el defecto de que, tras el parto, hubiera seguido abierta la válvula por donde la sangre pura de la madre pasaba al feto; lo cierto es que ya nada ni nadie cerraría los vasos comunicantes con la figura materna. Significaba ella enérgicamente la frontera, la separación de los desiertos del mundo, siendo el «centro de su vida afectiva», pero devino mucho más, por profunda resolución de su sensibilidad poética: la búsqueda y revelación de ese centro inefable se convertiría en una de las características esenciales de su obra, elemento denotativo de autenticidad y práctica estructuradora de un sistema imaginal y cosmovisivo único por su originalidad, que iba a sobreponerse a condicionantes históricas como aquellas que en las primeras décadas del período revolucionario subvirtieron, y hasta subyugaron, masivamente el discurso estético.

Para oponerse al modelo heroico o más bien machista de las funciones sociales de la poesía y el poeta, para desarrollar el «antihéroe» que representa en lo fundamental su sujeto lírico, defendiendo, como siempre hizo, la necesidad de cantar en poesía por encima de la de conversar o testimoniar, desde su extrema soledad, hacían falta grandes reservas de inteligencia, verdad y valentía. Ese extra necesario iba a encontrarlo en la tradición lírica de su país y en su propia vida. Habitar el umbral de la palabra poética, la patria de la noche, de Martí y Casal, suponía, en su situación, un verdadero desafío a fuerzas externas, pero también un destino íntimo y lleno de riesgos, la configuración del tentador abismo, ante cuya presencia nunca se mostró distante: «Madre era la oscuridad lo que deseaba/ mi paso se hundía en la piel de la noche/ y yo era feliz».2 Su poesía —la plena suspensión expansiva, simbólica, de los sentimientos autodestructivos— no iba a cumplirse sin una reafirmación consciente, trágica y hasta religiosa, del amor comprobado en la caída, en lo poco y lo pequeño, como a través del reconocimiento de la compañía transitoria, salvadora, del ser materno, cuya incondicionalidad amorosa significaba, para el hijo, la posibilidad anterior a todos los imposibles: «No vale oscuridad sin mano de madre».3

El tema de lo materno en su poesía, entre otras constantes, fue analizado por Jorge Luis Arcos en «Raúl Hernández Novás. Para una poética de la materia» (1992); se halla este abarcador análisis entre las escasas atenciones de la crítica que el poeta recibió en vida, algo que incluso lo motivó a un breve intercambio epistolar en el que fundamentó con revelaciones personales algunas intuiciones del ensayista. Sus cartas, luego, quien devino confesor del atormentado poeta, las daría a la publicidad en «Roto el velo del amnios» (1993).4 Sobre las mismas ideas, en lo esencial, volvió este crítico en sendos prólogos a antologías de la poesía de Novás: Amnios (Ed. Ateneo, La Habana, 1998) y Poesía (Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, 2007). Difícil resulta parcelar contenidos dentro de un discurso ontológico que se sistematiza a partir de impulsos muy particulares, con gran densidad simbólica, que evita el lenguaje directo; e incluso, allí donde es altamente comunicativo, sentimental, no abandona un universo de significantes elaborados con ardua motivación intelectual. Para Arcos:

[…] un estudio temático de su poesía tendría que realizar, previamente, una difícil y compleja labor de abstracción, y luego sólo quedarían algunas constantes muy generales, como son, por ejemplo, las siguientes: el tema cosmogónico, [...] el tema de lo maternal [...] el tema mismo de lo material [...] otro tema vastísimo sería el conformado por una especie de principio de lo femenino: tema proteico, de una intensa carga simbólica, imagen de lo maternal, de lo material, de la naturaleza, del agua o de la tierra, pero que es personificado a menudo a través de las imágenes de la madre, la amada, la amiga […]5

En este nivel obligado de abstracción, entonces, según Arcos, ya no podría hablarse tanto de temas como de «centros significacionales», lo que parece muy acertado. Estamos ante una lectura, sin embargo, muy amplia y, al mismo tiempo, esforzada en aras de una catalogación positiva, que presenta, en sus vastas consecuencias, la naturaleza inclusiva y dialéctica de la expresión novasiana, definida por el alto nivel de continuidad y contraste dentro del panorama literario.

Pero lo cierto es que, en el instante de silencio que siguió a su suicidio, cuando comenzara a nacer el mito, sólo se activó una imagen de coherencia humana y poética: síntesis, elementalidad que estaba en su poesía desde el primero de sus libros hasta el último, y no sólo visualizable por las ideas suicidas que son recurrentes. El propio Novás estuvo siempre a la búsqueda de esas imágenes, esos correlatos esclarecidos que podían codificar, de un modo más sensible y cercano humanamente, las complejidades de su mundo interior y aún de aquellos otros mundos absorbidos con su gran apetencia cultural; algo para lo que no era suficiente el intimismo elusivo en extremas sinuosidades de abstracción, y halló estas «imágenes del cielo», en la máxima palabra autorizada para Occidente, La Biblia, en la música y en el cine. Semejante interiorización de grandes relatos, para revalorar lenguajes y secuencias aisladas que potenciaba con un misterio nuevo, un sentido personal, lo llevaría a redefinir el cuadro familiar primigenio del mito genésico, viendo en la serpiente que le habla a Eva no una imagen de Satanás, sino todo lo contrario, de Dios, en un juego de compenetración trágica entre cimas y simas: «Los eché del jardín cual padre duro/ para que un día lo reconquistaran»;6 y a apropiarse con poder revelador de la película La Strada, de Fellini, «porque en ella, podría decir, “se ve a Dios”, sin que sea una película religiosa».7 La riqueza de la dimensión intertextual apunta en su compleja obra poética, invariablemente, a la condensación de sus experiencias, a la visualización de su épica íntima.

Ya la poeta Fina García Marruz, en la más sentida nota de dolor escrita horas después del estremecedor 12 de junio de 1993, vuelve a la plaza del pequeño pueblo, camina con los monjes peregrinos de Ponce, entra al circo errante, repasa la cuerda del equilibrista y revisa a la carrera los textos dejados por el poeta, llenos de citas como «canturreos del que anda solo», muchos de los cuales aparentemente habían prestado la voz a otros actores, y en cada cuadro siente la presencia unívoca de su carne martirizada. «¿Es que escribió algo que no fuera alusivo a su vivir mismo?»,8 se pregunta Fina, y tiene el acierto de intuir ese poder de síntesis, ver que hay en Novás una «definitiva imagen».9 Quizás inadvertidamente opera, en la visión de la autora de Las miradas perdidas (1951), la misma actitud integradora de José Lezama Lima, de la aventura de Orígenes —con que tanto se identificara Novás—, y el vínculo ahora mucho más carnal y perentorio con Casal, al apelar al método de proponer, en el momento grave, lo que dicho con otras palabras viene a ser también una «estampa esencial», como la que reclamara Lezama en su ensayo «Julián del Casal» (1988) —«por ese olvido de estampas esenciales, hemos caído en lo cuantitativo de las influencias, superficial delicia de nuestros críticos»—10 para comprender lo necesario, lo fundacional en el autor de Nieve (1892). Ahora, deseando como Lezama habitar también un detalle, «un verso que flota, que no hizo falta reconstruirlo»,11 Fina acierta a aislar y revelar el verso donde, a su entender, está Novás en esencia, «toda su poesía se resume».12 No es otro instante que la escena final del filme La Strada, magníficamente absorbida en la última línea del libro Sonetos a Gelsomina (1991): «[…] y aquí me tienes, frente al mar, llorando».13

La dialéctica del bien y el mal, lo materno y lo paterno, lo femenino y lo masculino, más el sentido de la vocación poética experimentada como un padecimiento transfigurador, alcanzan uno de sus puntos altos en esta identificación de la voz del poeta con aquel personaje aborrecible y aborrecido. En un filme donde para él «se ve a Dios», ¿qué podía ver Novás en Zampanó? Nada menos que eso mismo, según dejara por escrito: «Zampanó es una especie de Dios padre que nos apalea pero nos quiere; y una especie extraña de Cristo que ha absorbido en su ser la fealdad física y moral del mundo [...], pero quiere a Gelsomina».14 Tenemos entonces, fundidos definitivamente en un solo verso, al poeta Novás en «soledad comunicante» y la caída desde la mayor altura posible: el llanto de Dios. ¿Y qué podía estar viendo este ser, Zampanó-Cristo-Novás, aquí, en esta unidad de las aguas a la que tributa su desahogo? En el filme, el forzudo Zampanó, interpretado por Anthony Quinn, capaz de doblegar barras de hierro pero impotente para expresar o liberar sus sentimientos, después de pronunciar su último bocadillo: «No necesito a nadie. Quiero estar solo. Solo...», acaba cayendo roto en lágrimas frente al mismo océano donde la muchacha por él comprada y abandonada había iniciado antes su viaje al ponerse de rodillas inocentemente. Asistimos a una iluminación del destino trágico cuando la fuerza cerrada encarna, absorbe la fluidez que está en sus propios límites. Para Novás, de los personajes fílmicos, «el más trágico es Zampanó, pues los otros [...] pueden extro-verterse, él no».15

El ser de la poesía, sufriente, solitario, tiene en la naturaleza liberadora del lenguaje simbólico la posibilidad de configurar y habitar su negación. Cuando Novás —quien con frecuencia manejaba acerca de sí mismo la visión de que escribía demasiado, necesitaba demasiado la comunicación y sufría «torrencialidad»— pisó un poco más hondo en su conciencia y trató de explicarse las consecuencias psicológicas del proceso de su cardiopatía congénita, vino a concluir en la función del mar dentro de su obra, indisolublemente ligado a la necesidad de la madre: «Tal vez por eso haya en mi poesía esas obsesiones acerca de lo materno como paraíso anterior, la mezcla terrible de lo puro y lo impuro —de lo que es maternal y no lo es— que significa la vida, el naufragio del nacimiento, el mar como elemento materno identificable con el apeiron de los presocráticos, de Anaximandro, la vuelta al vientre materno...».16 Para el poeta, que se enfrenta a la absoluta posibilidad de la nada, el lenguaje que lo realiza, cumplido como un exceso, inercia y puente alzados sobre el abismo, negociando o intentando aplazar con un material noble los términos de la muerte, se iguala con el desenfreno, con el llanto del niño que nace al mundo y del hombre exiliado que desea retornar a su infancia ideal.

Pero, si bien cabe entrever en un solo verso, con emoción, alguna imagen en que cristalizara el paso de Novás por la vida y la literatura, podría decirse que la verdad de ese verso únicamente está en el proceso de su poesía como un todo. Y la justificación de esa suma definitiva —de problemas, presiones, tentaciones, ensueños, símbolos, asociaciones, etc.—, en especial la presencia y las consecuencias de la imagen materna, estaban ya desde su primer libro escrito que conocemos. Resulta la lectura directa a que me siento motivado, mediante la búsqueda de pruebas en lo más cercano y fragmentario, en lo poco y pequeño: tantear el cálido tema de la madre dentro del libro Enigma de las aguas (1983), dentro de esta suerte de pila bautismal, iniciática, donde todas las corrientes se reúnen.

Lo primero a tomar en consideración quizás deba ser el hecho mismo de que, si el cuaderno llegó a existir, si ganó el concurso «13 de Marzo» con un jurado que integraban Jesús Orta Ruiz, Omar González y Cintio Vitier, para ser publicado con prólogo de este último en 1983 —incluso después de Da Capo (1982)—,17 fue casi sin el consentimiento del autor; sólo porque el amigo y poeta Emilio de Armas, su compañero de aula, envió al certamen una copia que conservaba en su poder.18 La «traición» del amigo salvaba por el momento una calidad prometedora, aunque a la postre no evitaría que el autor quemara el original, con cuyas cenizas iban a perderse irremediablemente aquellos textos escritos entre los 19 y los 22 años. Los poemas en definitiva recogidos en Enigma de las aguas (1983), habían sido escritos durante los años de estudio en la Universidad de La Habana, donde matriculara en 1966 en la especialidad de Matemáticas y se graduara en 1972 como Licenciado en Lengua y Literatura Hispánicas. Y donde mismo, por cierto, trabajaba entre tanto su madre, una modesta empleada del área de servicios.

No es al final de este libro —como dice Jorge Luis Arcos— que por primera vez llegue a tomar relevancia de una manera importante el tema de lo materno, con el notable poema que le da cierre al conjunto: «[...] ya sea tratado en sí mismo o relacionado con su deseo de reintegrarse al seno materno, como una suerte de orfismo maternal —“en tu vientre sin fin me haré pequeño”, dice en un verso—, es tema de vastas connotaciones, y tiene su primera muestra importante en “Muerte de un payaso”, de Enigma de las aguas...».19 Por el contrario, creo que el tema se funda desde «Aguas», uno de los textos considerados canónicos en la cosecha mayor del poeta, el que abre este libro y que consta, además, entre sus manuscritos originales fechados, como escrito a más temprana edad: en marzo de 1970, sólo precedido por «Entonces será el llanto y el crujir de dientes» (25/10/1968) y «El cráneo azteca» (10/11/1969). Parece obvio que dentro de un poemario signado por la unidad matérica y profundamente subjetiva del tratamiento del agua, evocación del líquido amniótico, siempre los misterios que pueden tomar forma y peso, ganar densidad física al final, en un poema específico, se vuelven hacia adentro para iluminar el cuerpo restante que fluye bajo el cristal de la superficie. En realidad todo este libro, ópera prima, está dominado por la imagen del poeta frente a la gran unión de las aguas, llorando, como recién nacido. Isotopías o reiteraciones ayudan, en el rito amoroso de la lectura, cuando se quiere tantear humildemente el parecer del poema, entrar en las resonancias de las imágenes.

«Aguas», extenso poema inicial, traza el sentido de ubicación ya en la agonía y la pérdida de la unidad del ser: hay un desarrollo épico, alternancia de puntos de vista, estructura por partes, se escenifica un conflicto, predomina el movimiento, y cierta omnisciencia alumbra desde el deseo y la frustración no tanto aquel centro perdido como el tormento, la marginalidad constitutiva del poeta arrojado afuera, al vacío, por una fatalidad del morir que empieza con el vivir. El epígrafe de este poema, tomado del Génesis, alude al acto copulativo supremo de la autoridad paternal que niega lo informe y produce, arbitrariamente, con el desgarro, el símbolo impotente de su contraparte materna en el agua traspasada, abierta: «Y dijo Dios: haya una expansión en medio de las aguas, que separe las aguas de las aguas»,20 luego el primer verso, desde el arranque del adverbio que cuelga deseoso en el vacío, refleja apenas la disolución del ansia humana en su actividad, choque y muerte de una ola que nadie ha visto venir: «Cayendo entre las manos, como el mapa raído del mar».21

El tema de la caída mítica por el pecado de Adán y Eva es el mismo del nacimiento, como reproducción tautológica de la fragmentación del paraíso original, y ahonda el conocimiento estéril que no es origen, que sólo sirve para medir separaciones y sedimentar distancias, pues las manos desflecan también el retorno o el mapa del retorno en la medida que quien busca sale fuera de sí, actúa en lo inasible. El poema «Aguas», metáfora cosmogónica del drama de la humanidad, está dominado, entre otras, por las figuraciones del desnudamiento y el descenso, pues todo danza entre apetitos de absoluto y cae; así «caen sus preguntas»,22 vemos «el ruido/ que al caer hacen sus disfraces»,23 y cuando parece que no, «si se sube en medio de la noche y el sueño/ es para no encontrar nada más que el vacío al final de la escala».24 La naturaleza verbal y sustantiva del padre sólo cumple funciones adjetivas de forma negativa, para indicar atrofia, ceguera, cuando se desenmascara la impotencia que subyace en toda demostración de fuerza y puede conocerse el sentido de pertenencia trágica del poeta al abismo abierto entre el sujeto y la sustancia de su realidad: «No preguntéis por qué este hombre frente al mar/ está llorando lágrimas saladas/ y sus ojos acarician como a un padre el vacío».25

La existencia, entendida como accidente, está «llenando» de sentido el tiempo de la intemperie, es espacio exterior: «Y nacer fue entonces el comienzo del exilio»,26 vinculando el principio activo y ambivalente de la realidad a la voluntad paterna de crear, dar forma, separar, por lo que el cambio se muestra como cualidad viril, barba enorme en la figura hiperbólica del padre: «Y el universo, como padre cegado por sus hijos/ marcha dando tumbos hacia ninguna parte/ y de cada caída nace un mundo».27 Mientras, por lógica de contraste, el principio pasivo y venturoso está potenciándose de irrealidad, maternidad, es la promesa del tiempo anterior e interior, inefable. No se vive, viaja y muere sino en reacción circunscrita al poder del padre. La palabra poética sólo puede describir —sólo reconoce como propiedad humana comunicable— lo paterno, lo roto y su padecimiento: pérdida de autosuficiente inmovilidad, colapso de la cobertura orgánica de necesidades en el útero, en la mismidad y el silencio increado: «[…] el rumor de los espacios vacíos y el rumor de los mundos creándose/ todo reconoce al azar por infinito Padre».28

No hubiera sido necesario que el propio autor lo explicitase, para saber que la forma dialéctica y sumamente intelectualizada del par madre-padre, en su poesía, le debe mucho a Kafka, por esa actitud cognitiva en contra de «[…] el juicio, el fallo condenatorio de todo aquello que no es materno sino paterno, entendiendo por tal todo lo que kafkianamente nos rebasa sin comprendernos y nos condena sin entender que nunca podremos ajustarnos a sus normas».29 Sin embargo, no se sabe que sus motivos hayan sido tan reales o biológicos como los del narrador de Praga, nada hay en su poesía parecido a la «Carta al padre» de Kafka. Aquí el progenitor —ese azar con mayúscula— queda dinamizado en su exterioridad, se le exige e inquiere por el «secreto de todo»,30 mientras, de la madre nunca se reclama un discurso probatorio, su sentido es completo, preverbal.

Tenemos la paradoja, en el libro Enigma de las aguas, de que la figura más narrada sea la paterna, y de este dibujo no surja la silueta de un personaje familiar, vivo, sino una entidad abstracta, dilatada por el pensamiento filosófico, la introspección religiosa, etc., cuando la presencia dada generalmente en elipsis, sublimada, con una función preposicional, animada sólo por la síntesis de calificativos o vocativos, evoca la figura sensible e individualizada de la madre que es patente. Quizás no se actúa del todo bien al reducir las consecuencias de esta poesía al contacto entre los genes de su autor y las limitaciones de su vida afectiva. Ni siquiera haciéndole demasiado caso al propio autor. Novás cataliza siempre a través de lo autoparódico su visión trágica, fundada en el desarrollo de su irreductible humanismo y en una gran voluntad de conceptualización y superación dialéctica. Acaso, de frente a la amplitud de horizontes y posibilidades que abría ante sí su mente privilegiada y su sensibilidad, junto con las circunstancias que disponía su mundo, sería demasiado caricaturesca la figura que a veces quiere conocerse con un acercamiento exagerado, para traer a cuento, como si fuese ineludible, a propósito de su espíritu de sublimación, su «imposibilidad de concretar el acto sexual con una mujer».31 Viendo las cosas sólo de ese lado, pudiera llegarse a la nota gótica de creer que la fruición mítica en la figura materna expresase algún complejo de Edipo, que el mal funcionamiento de una válvula del corazón hubiese puesto realmente a un hombre a reabrir una noche el vientre de su progenitora como daría a entender en sus imágenes, o que el duro tratamiento simbólico de la figura paterna fuesen las deformaciones carnales de alguna palmatoria.32

En el largo canto con que se inicia la producción de Novás, hay un aparte para el recuento del tesoro humano que ha recibido quien va a viajar, o sea, a existir; repasa los componentes de su familia para cruzar la intemperie de la vida y, se sobreentiende, la poesía:

Pero una a una caían palabras como anclas en su pecho
la palabra mujer señal de fuego
la palabra madre por siempre inolvidada oh muda de tanta voz
la palabra padre indecible cabeza cana y secreto dolor
y la palabra hermana primera inocencia y paraíso recordado
y la palabra amigo oasis y arroyo incomparable hilo de música.
Y conocía que no era uno y que su ser no se resumía en su cuerpo33


Estas presencias objetivas se visualizan como palabras, es decir, transformaciones o realizaciones potenciales de la expresión de su conciencia, ante las que él tendrá el mandato y la opción de comunicarlas. Son las formas claves de la familia que lo completan, estructuran su realidad y sus símbolos, aparecidas como «anclas» en ofrecimiento resistente, lanzadas desde el mundo al barco roto de su pecho, asideros del azar y el vacío.

Novás ha encontrado en el universo figurativo del agua —en la capacidad adaptativa de este elemento y su espectro amplio de figuraciones afectivas y cósmicas—, una materialidad que es afín a un principio vital de su poesía: la atracción que ejerce la fuente primera de la vida. Al subordinarse a los límites del relato del agua, establece una correspondencia de orden jubiloso, positiva, que funda y desarrolla el correlato de su interioridad. Pero el hecho de que sea fiel a esta dicha no quiere decir que el cariz del elemento tenga que adoptar posiciones estrictamente defensivas del sujeto, sino por el contrario, en el espacio interior y reducido de este universo significacional va a desatarse una narración de proporciones infinitamente superiores, donde su ser estará configurando el ámbito de sus más profundos deseos y consecuentes obstáculos, incluso permutas de sentido y vastas contradicciones; por lo que, con la calidad de síntesis que permite el selecto arsenal metafórico, va a modelarse el combate y su escenario.

A veces el contenido o la función de un motivo sólo depende de sus conexiones en la cambiante trama. Aquí el mar, por ejemplo, masculinización o presencia dominante del absoluto del agua informe, que posee una carga de intensidad en la tradición lírica universal, se convierte en imagen de distintas actitudes y calidades, a veces tácitamente opuestas, según los momentos del discurso, según cómo aparezca dotado de atributos. La corriente final donde desemboca esta compenetración de contrarios, por un nivel altísimo de homeopatía, es una densidad simbólica que comunica, de la manera más verosímil y sensible, no una tesis, no una hipótesis o leyenda fácilmente despejable en otra ecuación aparte de la poesía, sino un ser, un modo de padecer el tiempo.


Notas y referencias:

1 Bernardo Marqués Rabelo: «No soy un poeta hermético. Entrevista a Raúl Hernández Novás», en El Caimán Barbudo, La Habana, enero, 1983, p. 23.
2 Fragmento del poema «Muerte de un payaso», que aparece en el libro Enigma de las aguas (1983). Cfr. Raúl Hernández Novás: Poesía, La Habana, Fondo Editorial Casa de las Américas, 2007, p. 123. Todos los versos citados de este libro, son tomados de esta misma edición.
3 Ídem.
4 Cfr. Jorge Luis Arcos: «Roto el velo del amnios», en Casa de las Américas, La Habana, 1993, No. 192, pp. 111-115.
5 Jorge Luis Arcos: «Raúl Hernández Novás. Para una poética de la materia», en Anuario L/L, La Habana, 1992, No. 23, pp. 41-84.
6 Raúl Hernández Novás, poema «Yo los saqué del barro», del libro Sonetos a Gelsomina, La Habana, Ed. Unión, 1991, p. 80.
7 Carta a Jorge Luis Arcos, fechada el 3 de junio de 1992. Cfr. Jorge Luis Arcos (1993): ob. cit., p. 113.
8 Fina García Marruz: «Inútiles serían las estrellas», en Casa de las Américas, La Habana, 1993, No. 192, p. 109.
9 Ibídem, p. 108.
10 José Lezama Lima: «Julián del Casal», en Confluencias, La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1988, pp. 184-185.
11 Ibídem, p. 182.
12 Fina García Marruz: ob. cit., p. 108.
13 Del libro Sonetos a Gelsomina: ob. cit., p. 114.
14 Carta a Jorge Luis Arcos, fechada el 3 de junio de 1992. Cfr. Jorge Luis Arcos (1993): ob. cit., pp. 113-114.
15 Carta a Jorge Luis Arcos, fechada el 3 de junio de 1992. Ibídem, p. 113.
16 Carta a Jorge Luis Arcos, fechada el 20 de marzo de 1992. Ibídem, p. 112.
17 Las fechas de edición de los poemarios de Novás, por lo general, no se corresponden con el orden cronológico de su creación. Respetando este, el orden natural, fue que se preparó la antología Poesía, publicada por el Fondo Editorial de Casa de las Américas en el 2007, el cual es el siguiente: Enigma de las aguas [1967-1971. Premio «13 de Marzo» en 1982], La Habana, Departamento de Actividades Culturales, Universidad de La Habana, 1983; Embajador en el horizonte [1970-1979], La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1984; Da Capo [Mención en el premio «Julián del Casal» de la UNEAC en 1978], La Habana, Ed. Unión, 1982; Al más cercano amigo [1980-1981. Mención en el premio «Julián del Casal» de la UNEAC en 1981], La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1987; Animal civil [1981-1982. Premio «Julián del Casal» de la UNEAC en 1985], La Habana, Ed. Unión, 1987; Sonetos a Gelsomina [1982-1985. Premio de la Crítica 1992], La Habana, Ed. Unión, 1991; Atlas salta [1987-1991. Apareció en la revista Casa de las Américas, No. 188, 1992], La Habana, Ed. Letras Cubanas, 1994.
18 Algunos autores divergen en lo referente a quien presentara el libro al certamen. Según Arcos «se conoce que el autor no tenía en su poder los originales de Enigma de las aguas, sino su amigo, el poeta Emilio de Armas, desde la época en que estudiaron juntos en la Universidad de La Habana, quien se los devolvió al autor para que pudiera enviarlos al Concurso 13 de Marzo». Cfr. Raúl Hernández Novás (2007): ob. cit., p. 40.
19 Jorge Luis Arcos: «La poesía de Raúl Hernández Novás», en Raúl Hernández Novás (2007): ob. cit., pp. 22-23.
20 Raúl Hernández Novás: «Aguas», de Enigma de las aguas (1983): ob. cit., p. 41.
21 Ídem.
22 Ídem.
23 Ídem.
24 Ibídem, p. 42.
25 Ibídem, pp. 46-47.
26 Ibídem, p. 46.
27 Ibídem, p. 42.
28 Ibídem, p. 44.
29 Carta a Jorge Luis Arcos, fechada el 20 de marzo de 1992. Ibídem, p. 113.
30 «[…] pero ahora debe usted decirme el secreto, / el secreto de todo y de este dolor que es como el pájaro, / como el pájaro que dice las horas y no sabe mentir». Cfr. Raúl Hernández Novás: "Lo que dicen los años”, ob. cit., p. 97.
31 El poeta Ronel González ha reunido información objetiva sobre la biografía de Novás en «Orillas del gran viaje», un prólogo, al decir suyo, «fruto de mis conversaciones telefónicas y mi correspondencia con su hermana Ana María». Allí cuenta que «al concluir la carrera [es decir, cuando ya estaban escritos los poemas del libro Enigma de las aguas] Raúl se enamoró de una licenciada en Física: Isabel Ferro Ramos, con la que contrajo matrimonio y vivió un leve período. […] Esta tormentosa experiencia marcó para siempre el alma del poeta que no solo la describió en un conmovedor poema de su libro Da Capo (pp. 50-51), sino que constantemente la recordó como “la noche vacía de sus bodas” y contribuyó a acentuar su tragedia personal». Cfr. Raúl Hernández Novás: Sonetario cósmico de Raúl Hernández Novás, México, Frente de Afirmación Hispanista, A. C., 2002, p. 8. (Compilador Fredo Arias de la Canal. Prólogo de Ronel González).
32 Por supuesto, me refiero a la obra definitiva recogida en sus libros. Novás experimentó una madurez muy rápida tras un breve período de búsquedas. «Empecé a escribir en 1959 con la Revolución triunfante, poemas políticos y patrióticos. Me influyó mucho la poesía popular y revolucionaria del Indio Naborí, cuya Marcha Triunfal del Ejército Rebelde nos sabíamos de memoria. Escribía formas tradicionales: décimas, sonetos y romances». Cfr. Bernardo Marqués Ravelo: ob. cit., p. 24.
33 Raúl Hernández Novás: «Aguas», de Enigma de las aguas (1983): ob. cit., p. 46.