22 nov. de 2010

El "periodo especial" y yo [1ra parte]

(Foto: Francis Sánchez)



Un poeta, Arístides Vega, me pregunta si el “Periodo Especial” golpeó alguna vez el nido familiar que he construido con Ileana a través de los años. A él quizás le llame la atención que, pese a todo, incubamos nuestra felicidad, un par de hijos adorables y no pocos libros de poesía, en Cuba, donde nos quedamos a vivir cuando nuestra generación desembocaba masivamente hacia el océano intentando alcanzar las costas de La Florida. Arístides ha planeado —desde el año 2003 en que lanzara a muchos contemporáneos el dardo de esta curiosidad— preparar lo que se catalogaría como un libro-problema, es decir, de los que no se dejan publicar fácilmente, con las recetas de comida extremas que el cubano tuvo que poner de moda y con testimonios sobre los malabares de los escritores para subsistir en aquella noche durísima que envolviera al país desde principio de los años noventa, después que desapareció el bloque socialista de Europa del Este.

Tamizar a través de nostalgias una época que fue de grandes desgarramientos, puede dar idea de que el trauma o su percepción varió, quedó atrás. Y no es menos cierto que, para el momento de llegar a mí esta pregunta, en muchos ámbitos de los saberes oficiales se jugaba a la variante de que, tras tocar fondo, ya la economía cubana había pasado su punto crítico y despegaba. Por entonces el gobierno ostentaba el derroche en un nivel de empresa mayor, romántica, incluyendo campañas como “la batalla de ideas” —masa amorfa de acciones con el rasgo común de invertirse el escaso presupuesto, de manera muy propagandística, bajo el sello directamente centralizado, entre “tribunas abiertas” que movilizaban miles de personas semanalmente o programas de atención básica a la población—, y el proyecto de “masificación de la cultura”, donde no faltó el llamamiento a convertir a Cuba en el país más culto del mundo, cual simple obra de choque partidista, en un plazo de diez años. Aunque, por supuesto, todo era sólo un juego. Lo terrible de la política cubana es que siempre nos la hacen “jugando”.

Hasta donde sé, nunca hubo mayorales en las paradas de ómnibus o agentes infiltrados en las colas del pan para tomar apunte de cada nueva arroba de educación refina que fuéramos acumulando a lo largo de un decenio. Utopía (Cuba, 2003), cortometraje de Arturo Infante, recrea de todos modos esta posibilidad, renacentismo a la criolla: gente del barrio, los jugadores de dominó de la esquina, discuten, entre ficha y ficha, por exquisiteces como si existe o no el barroco latinoamericano. Temas de la alta cultura ocupan la conversación de estos personajes como por decreto, pues ellos siguen comportándose en tono vulgar, gritan, gesticulan, no se toleran, hasta que terminan yéndose a las greñas, al más duro estilo callejero, por discrepancias académicas. El desfasaje entre un sueño diseñado y la realidad de estos personajes caricaturescos, que somos unos cubanos comunes, hipotéticamente colocados a la cabeza del mundo, radica quizás en el escenario, en el folclor disfuncional de las carencias básicas, donde sigue necesitándose la base material o económica para llegar a cualquier variante de “hombre nuevo”, como aquella cuya producción en serie había modelado el Che Guevara. Sucede que la mayor agonía de vivir en comunidad, padecer el cepo de la política, se materializa, se visualiza vívidamente, para quienes desde abajo aguantan el peso de los desajustes sociales, en su diario intento de escapar a la realidad, por la presión que ejerce aquel discurso falseado y aquella imagen ideal de ellos mismos que los grupos dominantes —con ayuda de élites culturales que brindan servicio a la suite presidencial— necesitan articular.

Pronto, quizás aún viviéndolo, ya el supuesto exotismo del “Periodo Especial” había dado pie a un tipo de pasatiempo, un subgénero de la tradición oral, consistente en transmitir experiencias por parte de los sobrevivientes, especie de parábolas para explicarle a los niños cómo mantener la calma el día del Armagedón: los bistecs que se hacían con frazadas de limpiar el piso; las pizzas, a falta de queso, con globos de cumpleaños y condones derretidos, etc. Esta tendencia de la oralidad nostálgica como terapia de grupo, llegaba después que las letras cubanas y sobre todo los géneros narrativos, desde la misma década de los noventa, habían hecho catarsis con los personajes emergentes —jineteras, balseros...— y floreció un nuevo costumbrismo cercano a la picaresca, que pudo colarse en el mercado literario internacional.

Quizás sólo nos gusta hacernos las descripciones del olvido que necesitamos, igual que los chistes de los colmos, porque exponen el núcleo blando del pasado permanente, o sea, el siempre abierto. Porque la sobrevida es el aprendizaje ineludible en una nación flotante. Incluso en etapas de gran delirio, estados de ilusoria abundancia, el relato de un país fuerte y una sociedad justa, igualitaria, ha carecido de estabilidad, de una base material, del imprescindible correlato de una fuente real de riquezas y una práctica que aprobase asignaturas pendientes como la definitiva independencia, la diversidad productiva y aquella divisa romántica principal, la que estimuló a los fundadores de la patria: libertad.

La poca sostenibilidad de una política basada en el personalismo, y la falta en general de vínculo entre teoría y realidad, entre aquel aparato retórico dominante que monopoliza el lenguaje de utopías permisibles y aquellos segmentos sociales menos favorecidos, condenados a depender, a esperar, mantiene siempre en vilo el fantasma de una ruptura y posible desplome de la vida por esa grieta. Este fantasma tomó un día el nombre oficial de “Periodo especial en tiempos de paz”, y, como su origen se puntuaba con claridad, pero nadie se atreve a darle una fecha de cierre, asoma, asusta constantemente, detrás de cada reajuste financiero, cada mentira o síntoma de incoherencia política.

¿Había algo más voluntarista que cosificar, ponerle un nombre —y nada menos que “especial”— a algo tan dilatado y difuso, tan degradado y degradante como una etapa que iba del presente al futuro en la vida de un pueblo sometido al ensayo del hambre incondicional? Se conocía por “tren especial”, entre los que circulaban uniendo los extremos de la isla, al que reunía mejores condiciones, dígase mínimas, a diferencia del resto de cacharros humeantes. Evitaba parar en las estaciones de esos pueblos rurales, casi invisibles entre la maleza, que el poeta Eliseo Diego reconocía como los más significativos o extraños. Rabiábamos y reíamos, entonces, cuando se nos trataba de adosar a la fuerza el calificativo, veíamos que le quedaba estrecho a nuestra sensación de caída libre en el vacío, que no deseábamos fuese la más rápida. Sin embargo, terminamos aceptando el artificio verbal y usándolo hasta en defensa propia, porque su misma ambigüedad permitía explorar otras combinaciones del relajo. ¿Acaso los cubanos no habíamos sido y seguíamos siendo el centro de la historia universal? ¿Qué cosecha de tubérculos, qué marcha o qué perorata matutina, según el noticiero nacional de televisión, no era “histórica”? ¿Acaso al mundo le quedaban dudas de que podíamos traerle la salvación, ser la isla-faro de libertad para los pueblos que salían del coloniaje, lo mismo que la hecatombe, como en la crisis de los misiles de 1962? Desaparecer la URSS, y el futuro negro cual boca de lobo a que entrábamos, sólo nos permitiría seguir adelante con el papel protagónico entre los pueblos de la tierra: nuestra capacidad de aguante individual sería una prueba de la gloria del sistema que mantenía en alto las últimas banderas del socialismo real. Constituía, por el contrario, una coyuntura típica de nuestro destino. Siguiendo esta lógica, un chiste de entonces apostaba por la ciudadanía cubana incluso de Adán y Eva, dos pobres criaturas atrapadas en la circunstancia más “especial” y prometedora: carecían de ropa, contaban con una sola fruta para comer ambos, pero estaba prohibida, y, para colmo, creían que vivían en el paraíso.

En primera instancia por acompañar a un poeta con quien ya antes había compartido un viaje a lo largo de Cuba —celebrando esa vez el bicentenario del primer gran lírico romántico de América, José María Heredia (1803-1839)—, en el mismo año, por cierto, que él me regalara su pregunta y yo redactase el primer borrador de estas memorias, me monto en este otro itinerario, introspectivo, a desandar la hora de mi vida en que la necesidad me obligó a dejar el útero de mi casa, la seguridad y protección de mis mayores y salir a defenderme con las mil y una maneras que la miseria acredita. Buscando esos márgenes, esos respiraderos que pueden darse hasta dentro del dominio más férreo, resistí, como la mayoría, moviéndome invisible a través de esas grietas. Ni antes ni después, hasta hoy, he sentido la presencia tan viva de esa parte de la intemperie insular, donde hay pueblitos del interior con alguien que espera a que llegue un visitante para cambiar algo, se dibujan trillos paso a paso, historias y formas de vida a ras de tierra: una parte, menos urbana, a la que mejor le asienta el calificativo de la “Cuba profunda”.

Conocí a Ileana cuando, asido a cualquier invento que me llevara momentáneamente a la superficie, salía casa por casa vendiendo tapas de litros de leche y pomitos con perfume casero. Buscándome la vida, iba por calles y guardarrayas a vender mi mercancía disimuladamente, era algo ilegal, aún muchos vecinos mostraban de modo casi espontáneo una actitud hostil hacia cualquier estilo de ganarse la vida que se apartara del control del estado y de las prescripciones policiales —ese tipo de inducción que infesta los genes de “las masas” con el miedo a la iniciativa privada—, por lo que en más de una ocasión tuve que huir corriendo después de ofrecer una tapita a través de una ventana, pues llamaban al vigilante del barrio o me gritaban para desmoralizarme ante el resto de los vecinos y dejar claro que en aquella casa no se incurría en el delito de comprarle a particulares: “merolicos”, decía la gente con desprecio.

Aún yo vivía en Ceballos, un pequeño hormiguero humano a unos trece kilómetros de la ciudad de Ciego de Ávila, pero más exactamente en el umbral de los naranjales, en el barrio de la cooperativa “José Martí”, con mi mamá que estaba casada con un guajiro enfermo y que rezongaba arrepentido de haber entregado su tierra para ensayar lo que un programa de televisión dirigido al público campesino definía como “forma superior de producción”. Allí el resultado real del experimento cooperativista se entregaba a modo de informe en nuestra mesa, consistía en algunas viandas a la semana y medio litro de leche diario, por lo que nuestro plato invariable era una nata de fufú que podía cambiar de color según mudase la influencia tiránica entre el plátano, la yuca o, más extemporáneamente, la malanga.

Evitaba hacer mi venta ambulante dentro de Ceballos, donde me identificaban como el hijo menor de una vieja y honrada familia, para ahorrarme dolores de cabeza y no aumentar la vergüenza de mi madre. Prefería irme lejos, a otros municipios, sobre todo a la ciudad cabecera de la provincia, por bateyes y caseríos aledaños.

Había choferes que se dedicaban a traer el producto en grandes cantidades desde otras regiones, y nos lo pasaban a nosotros, la infantería de vendedores. Se decía que en Güines, muy cerca de La Habana, estaban las más grandes fábricas clandestinas de enseres plásticos. Entonces me imaginaba aquel pueblito como una especie de Nueva York secreta y una de mis utopías era hacerme de un carro y dinero suficiente para irme allá, a cargar. Debo consolarme con la idea de que soy un poeta, por no decir que fui un inútil que siempre se dejó engañar y siempre salí trasquilado. No sabía en lo absoluto manipular, regatear, pujar, esas virtudes de los negociantes informales. Con demasiada frecuencia el proveedor me convencía de que era mi amigo, quería ayudarme, y me hacía la conciencia de que aspirase a ganar por mi trabajo una diferencia apenas de centavos, después siempre se me rompían algunos aretes, polveras o lámparas durante mi trasiego, por lo que indefectiblemente quedaba debiéndole dinero al patrono ocasional.

Vivía harto de sudar la gota gorda, pasar sustos y también que me explotaran al por mayor. Convencí a Félix, mi hermano también escritor, para construir una máquina de plástico, como le decíamos a los artefactos con que se fabricaba toda clase de útiles domésticos. Y nos pusimos de acuerdo en montar un negocito familiar, evolucionaríamos a la condición de productores. (Continuará.)

4 comentarios:

  1. Hombre en las nubes: Me encanta tu blog. Dices cosas bien profundas, con mucha belleza. Desde la Isla alambrada, cómo logras vencer el miedo.
    Abrazos del Colibrí.

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  2. Me gustó mucho. Hasta de una etapa tan nefasta, se puede hablar con profundidad y belleza.

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  3. Gracias.

    El H. en las nubes.

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