9 nov. de 2010

BOLA DE MIEDO


(Foto: Francis Sánchez)


Socialmente, el miedo a lo desconocido, cuando se funde con el sueño frustrado de una sociedad armoniosa, también engendra monstruos o provoca pesadillas colectivas. Es el estado actual de zozobra que se vive en Cuba, mientras se da por seguro que el tiempo está cambiando para peor y todos los vecinos olfatean la situación intentando adivinar las malas señales, intentando descubrir si ya la tormenta está aquí. El anuncio de una política de despidos masivos forzados que se fijan en fecha próxima, más tantas otras tristes noticias —subió la edad de jubilación, suben los precios del combustible, sigue subiendo la tarifa eléctrica, etc.— otra vez insufla en la sociedad una sensación de incertidumbre, caos o tragedia inminente.

Una de las pocas armas con que se cuenta en la calle para superar el estado de impotencia, protegerse de lo desconocido y verlo venir, son “las bolas”, como se les llama en Cuba a los rumores que atraviesan la sociedad horizontalmente, repentinas, de boca en boca, autopropulsadas por un sincero horror al vacío. Nadie distingue si son veraces, con qué interés alguien puede echarlas a rodar o a quiénes quizás beneficien. De cualquier modo constituyen, si no una fuente de contenidos totalmente fiable, sí la más sensible, rápida y desprejuiciada (virtudes básicas de un mecanismo de alarma) con que se cuenta en el entorno. Y la experiencia ha dado la razón a quienes atienden al movimiento de estas referencias precarias, porque no puede esperarse por los fiambres que sirven los medios de propaganda con demasiada premeditación.

El detalle de la velocidad y transparencia informativa significa a veces la diferencia entre la vida y la muerte. Resulta común, por ejemplo, que en la prensa caigan tras las rejas algunos culpables de crímenes que, de acuerdo con el historial de esas mismas planas, jamás se cometieron. Fue el caso del mayor robo de un banco nacional —un millón de pesos—, ocurrido años atrás en la ciudad de Ciego de Ávila, o la más trágica fuga de una cárcel, cuando el mismo delincuente y secuaces abandonaran la prisión de Canaleta en esta ciudad dejando un rastro de varios uniformados muertos a golpes. En ambas oportunidades el rumor activó un engranaje de autodefensa que los periódicos terminarían refrendando sólo después que el peligro había pasado, para hacer un relato triunfal de búsqueda y captura.

La política oficial de manejo de la información, y la misma marginalidad o falta de participación individual en la industria de la política, hace que la realidad, la substancia de lo real y las formas del futuro inmediato tengan para el cubano promedio un aspecto psicológico de pulsión reprimida, autodestructiva, síntoma en definitiva de una relación enajenada con todos los medios: los de producción, los de información, los de poder y consenso, los de representación simbólica, etc. A este orden de traumas pertenece el fenómeno de que la Asamblea Nacional del Poder Popular pueda reunirse sin discutir ni llevar a votación precisamente las graves determinaciones que, tras caer el telón de este foro, aparecen aprobadas y escritas como por una mano invisible sobre el cielo nacional: se venderán casas y terrenos a turistas millonarios, se construirán campos de golf a lo largo del país, se considerarán “plantillas infladas” todas las que hasta ahora venían valorándose como generadoras de una forma de producción superior o acumulación de valores sociales, etc. Luego el sentimiento de indefensión ciudadana no alcanza a ser menor que ese mismo silencio o vacío legal al que cada persona está enfrentada inevitablemente.

Un vacío tan profundo e indeterminado como el cheque en blanco que el máximo dirigente de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) le expide al poder cuando lanza el mensaje oficialista de que apoya todas las decisiones tomadas por la alta jerarquía y, además, todas las que se tomen en adelante, sean las que fueren. Facilidades tan ilimitadas para un tipo de monopolio ideológico y económico, abiertas incondicionalmente, a costa del suelo, de las familias, de los trabajadores y las obras públicas, parece un caldo de cultivo ideal para el desasosiego generalizado. Cuba, la vida —entiéndase ese límite desconocido o prohibitivo que la actividad institucional presenta a los individuos—, es el plato fuerte de los debates de los cubanos en la calle, yendo desde superficiales aristas a lo hondo que bordea el abismo. El miedo no puede ser menos ilimitado porque no responde a las formas, siquiera a un ordenamiento hipotético de información, sino a la falta de formas.

Tomando nota de vagos rumores en un día actual de mi vida, y no un día ideal o típico que mezcle fragmentos de ayer y hoy, sino un día real, vivido —entiéndase el viernes 5 de noviembre de 2010—, me quedo para mi sorpresa con este muestrario que difícilmente acertaría a ubicar en el capítulo del absurdo kafkiano o de la novela gótica.

Me levanto porque toca a la puerta Oria, una amiga que lo primero que mezcla con el café mañanero es el testimonio de que el barrio Ortiz, al norte de la ciudad, está acordonado por guardias porque allí se oculta el asesino que buscan desde hace tres días, cuando apareció estrangulada, y dicen que violada, la anciana madre de Nelson, un peluquero de la calle Independencia. Se especula que por la noche quitaron la corriente en toda la ciudad porque trataban de estimular al malhechor a salir de su guarida. El suceso viene a añadirse al caso de un joyero y su mujer que fueran torturados salvajemente por unos ladrones impotentes delante de una caja fuerte hermética, en un poblado cercano, Florida, perteneciente a la provincia de Camagüey —las fotos de la policía en la escena del crimen circulan de computadora en computadora—. Uve, una vecina, pregunta si tenemos un candado que le vendamos, aunque sea viejo, comenta que todos están poniendo candados, antes de desenvolver otra noticia fresca: han violado y matado a otra mujer, una taxista negra. No hace falta saber el nombre, existirán a lo máximo dos o tres mujeres taxistas, y negra una sola, así que más o menos todos la habremos visto pasar alguna vez: estamos ante una clasificación muy familiar.

Cerca del mediodía voy a la zona comercial y en el parqueo de bicicletas se habla, además de lo de la taxista, sobre un cartel que pusieron, diciendo supuestamente con caracteres grandes: “Abajo Fidel”, mientras debajo, con letras más pequeñas: “cuiden a los niños”. Conocedor de que tengo dos hijos, alguien me aconseja que los mantenga bajo mi ala. Uno de los clientes, sacando su bicicleta, dice que esto es nada comparado con lo que vendrá después que miles de plazas laborales sean eliminadas, y se va, dejando que la onda expansiva haga efecto. El parqueador niega con la cabeza, y afirma, ahora mirándome, que eso es falso, porque en realidad las personas que trabajan no son potenciales delincuentes, incluso vaticina que sólo un uno por ciento de los desempleados se convertirán en ladrones.

Por la tarde, al llevar a uno de mis hijos al entrenamiento de fútbol, el director de la escuela reúne a la muchachada para dar una arenga, prohíbe traer dinero con qué comprar dulces a través de la cerca. “Hay que acabar aquí con estas ventas. Nadie sabe lo que venden”. El padre de otro niño anuncia que ya capturaron al asesino, que lo oyó por la radio y que habían mostrado incluso una foto en el canal de televisión local. Por doquier gotea el nuevo tema de la infeliz taxista. Y ya de noche, cuando visito a un vecino, mientras su madre busca la llave de la reja y se disculpa por hacerme esperar, y convengo con ella en lo oportuno de mantener nuestras casas cerradas, traigo a colación el ejemplo de la taxista, pero entonces la veo que ríe y me desmiente. Se trata de su amiga, acaban de hablar en la esquina hace cinco minutos: sentada al timón en su taxi, coleando, sanita, lo único que un poco asustada y molesta, porque está en desacuerdo con estas horas de fama que le ha tocado vivir.

De regreso en casa, mi esposa me reprende por no colocar el candado, le doy la buena nueva de que “la bola” de la taxista era falsa, entonces llega un amiguito de nuestros hijos contando que en otro barrio una mujer falleció cuando un ladrón la empujó contra el contén de la calle para arrebatarle la bicicleta. Todavía, antes de irme a la cama, alguien llama por teléfono con la versión de que ha aparecido un brazo flotando en el pequeño lago del Parque de la Ciudad. Bueno, me digo, aquí el rumor empieza a saltar del tono realista al fantástico. Lo sufrimos por las víctimas, reales o inventadas, en cuyo pellejo probamos a ponernos, pero mi prurito literario me lleva a identificarme al final del día en especial con el infortunio —aunque al cabo tuvo mejor suerte— de la taxista, alguien que se me parece a un personaje de ficción en busca de un autor.

En efecto, la figura bonachona de Dulce María Montiel, querida y experimentada chofer de la piquera de taxis del hospital provincial, en la ciudad de Ciego de Ávila, devino por estos días un extraño caso en que la psicología y el arte unieron fuerzas para lograr que la realidad se rebajara a comportarse como una imitación de un cuento de Poe, o quizás de Borges. La imagen narrada de su falsa agonía vino a drenar por consenso un cuadro de traumas y presiones latentes en la psiquis social.

Dulce lamenta lo que considera una broma de muy mal gusto o quizás un acto terrorista. En pocos segundos el comentario estaba en todas partes, ese día ella no había ido a trabajar y la gente llegaba a su casa con lágrimas en los ojos, se amontonaron dolientes en la funeraria y llovieron las llamadas telefónicas, incluso desde Italia y los Estados Unidos. Dice que ni la vez que sufrió de verdad un accidente, cuando su auto quedara aplastado, hubo tanto alboroto. Dulce tiene, como cualquier cubana típica, su poco de superstición, y no entiende qué está pasando, por qué en lo que parecía ser un día normal tanta gente convino en la creencia insoportable de que a ella la habían asesinado, cuenta que siente deseos de poner delante de su casa un cartel que diga: “Estoy viva, no me pregunten más”.

4 comentarios:

  1. Genial artículo! Escriba una novela, co.!
    Saludos desde Madrid.

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  2. Muy cubano! Gracia spor el articulo. Saludos desde Mexico.

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  3. Genial, gracias, saludos desde Austria !

    Abajo Fidel!

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