3 nov. de 2010

Memorias de un polizón



(Acerca de las Jornadas de la Poesía Cubana,
que desde 1986 se celebran anualmente en la ciudad de Sancti Spíritus,)



Muchos años después frente a un pelotón de poetas espirituanos que rumiaban su nostalgia por la decadencia de las Jornadas de la Poesía, entonces venidas a menos, casi a punto de dejar de celebrarse, yo recordaría la tarde en que un poeta de mi provincia me llevó a conocer a Eliseo Diego. Dijo que íbamos a colarnos en su cabaña para quedarnos un rato con él, pues poseíamos un arma tremenda: una botella de ron buenísimo. Yo —el joven guajiro con sólo noveno grado aprobado, para quien vida y literatura apenas habían sido ensayadas científicamente dentro de la probeta que significaba el cuarto de una casa en un batey de cooperativistas naranjeros— entendía aquello como un secuestro, ni más ni menos, y con el agravante de la inocencia y paradójica complicidad de la víctima. Incluso el Poeta le había rogado a mi amigo que llevara la botellita oculta bajo la camisa, porque su médico, familia y organizadores del evento acechaban entre los matojos del motel Los Laureles, celosos, velando por su salud. Creo que nadie nos vio entrar ni salir de la cabaña. Junto con Eliseo vimos jugar a Camerún en el mundial de Fútbol de México en 1986. Fue una tarde inolvidable.

Aún transcurriría mucho tiempo, sin embargo, antes de que yo pudiera caer en cuenta de que, aquella ocasión en que había conocido al Poeta, pertenecía a las peripecias de la primera Jornada de la Poesía Cubana que se siguieron organizado durante décadas en la villa del Espíritu Santo. Y tanto tiempo transcurrió, que necesité que la emigración anual de poetas hacia el centro de la isla fuera rescatada del desdén, y no fue hasta hallarme en la celebración de la XX Jornada, cuando advertí que yo podía contarme entre los participantes fundadores. Claro, mi autonombramiento necesita ser matizado con algunas anécdotas, como la anterior, para ser creíble, y tampoco me viene mal el paso del tiempo en cantidad semejante a la tomada en cuenta por la Justicia para dejar sin causa determinados delitos, como se justificará más adelante. Confieso algo mucho más grave que haberle arrimado al Poeta aquella vez el báculo de la tentación: nadie me había invitado a la Primera Jornada, nadie por aquellos saloncitos literarios me conocía, salvo mi amigo, un poeta de mi provincia —véase que debo omitir su nombre para evitarle compartir ciertas afrentas—, quien dividió conmigo pan, agua y unos pocos metros cuadrados que le tocaban dentro de una cabaña. Siendo yo un perfecto desconocido, en ningún documento oficial habrán registrado mi nombre, por tanto, ni en la lista para el restaurant, ni en las tandas de lecturas colectivas. ¡Qué maratones de lecturas!



(Foto 1: Luis Manuel Pérez Boitel, Rito Ramón Aroche, Alpidio Alonso, etc.
Foto 2: Reynaldo García Blanco, Mirna Figueredo, Basilia Papastamatiu, Esbértido Rosendi,
Manuel García Verdecia, Hermes Entenza, Edel Morales,
Mario Martínez Sobrino, Pedro Mendigutía, Maritza Martínez, etc.) 


No obstante, y aunque al cabo la burocracia jamás pudiera reunir huellas mías en la escena de los hechos, reclamo —contrario a lo que desearían mi madre y el bedel de las buenas normas— mi grado de culpabilidad. Estuve allí esa primera vez. Conversé con Eliseo Diego, o mejor, serví de puente para oírlo hablar, como siempre hacía, con las deidades de la penumbra cubana. Y en ese instante se hicieron las imágenes. Fue la magia de sentir al Poeta halar el hilo interminable de su vida, infancia, costumbres, amigos... En especial deseaba hablar sobre Gastón Baquero, a quien había refugiado en su casa en espera del momento de su exilio. Guardo, por eso, desde aquel día, la visión de Eliseo y Gastón juntos dentro de un auto que atraviesa La Habana, rumbo a embajada o aeropuerto, no sé bien, y la mirada entre ambos llena de fatalidad, y el repaso asustadizo de la ciudad que se deshace como el brillo de un pez que ha saltado sobre el agua. Al pasar al lado de una valla con un anuncio político, Gastón se vuelve para él y dice algo que es como un frenazo, como un volcarse de pronto el alma, pero deben seguir. Entonces nosotros, mi amigo y yo, a pesar de los tragos y la euforia que nublan el entendimiento,  habíamos visto claramente aquella frase abrirse otra vez en los labios del Poeta, y nos pareció hermosa como el regalo de una herida. Sentí que Eliseo condescendía a jugar con dos pobres admiradores incondicionales, estableciendo un pacto de silencio, porque ni antes ni después volveríamos a saber sobre esa anécdota y mucho menos a escucharla de su boca.

Recuerdo el hacinamiento festivo en aquellas cabañas de los León Estrada, David Chericián, Jorge Ángel Hernández Pérez —que ya empezaba a perder lo de ángel por lo de HP—, Frank Abel Dopico y otras combinaciones letales de poetas dispares. Incorporé a mi sistema psicomotor el momento en que Chericián, moviendo ambas manos en gesto calculador, como un Pitágoras, rebatió la tesis por entonces existente de que la poesía de Eliseo estuviese siempre dando vueltas en un mismo punto. Como buen sofista, el defensor arrebató precisamente esa imagen a un contendiente imaginario, para afirmar que, en efecto, se trataba de una poesía trazando un solo punto, pero que ese punto —dijo— era una espiral cada vez más abierta. Cerré los ojos y seguía viendo las manos de Chericián abriéndose en el aire, mientras la parábola del alma del Poeta crecía y se tragaba las sillas en que estábamos sentados, el salón, la calle y el crepúsculo.

A lo largo de los años vendrían experiencias entrañables. Puedo sentir aún la figura de Rafael Alcides, su cabeza griega de donde escapaba una voz perfecta, parado casi en las puntas de sus pies —como una estatua del camarada Bladimir Ilich llevada en helicóptero, en un filme de Teo Angelópolus—, diciendo de memoria aquel poema en que hombres y mujeres comunes tomaban pedazos de la estatua inútil para hacerse cuchillas de afeitar, espejuelos, relojes y otros artilugios con que campear la vida cotidiana. Fue en un lugar —creo recordar— estrecho y cerrado, no había luz, como era normal en los años duros que siguieron a la desaparición de la URSS, y por eso debíamos volver temprano al hotel. Afuera nos esperaba la misma guagua marca Girón de siempre, vieja, hermética, y que a mí me pareció una maquinaria más terrible, puesta allí en representación del vacío y el silencio que podían sobrevenir tras un derrumbe o un poema gritado así.

Luego ya me invitaban con todas las de la ley, incluso cuando éramos un matrimonio, pronto una sustancia: Ileana y yo. De las truculentas aventuras en el Motel Deportivo, entre peloteros y remeras, nada recuerdo tanto como cuando nos quedamos aislados por un temporal. Aprendimos sobre la teoría literaria de los vasos comunicantes viendo que los niveles de lluvia del exterior y del interior se equilibraban dramáticamente. Pero lo peor vino con el escampe, cuando partimos hacia nuestra casa en Ceballos, o más exactamente cuando ya enrumbamos por una guardarraya y el corazón tuvo que subírsenos a la garganta, por el susto de ver colgando sobre las matas de naranjas aquellos despojos y vestigios del arrastre del agua, lo que nos informaba sobre una inundación repentina, la rotura de la presa cercana que siempre había pendido sobre nuestras cabezas. Habernos entretenido en líricas lidias, y no estar en casa para hacer frente a la temporada ciclónica, significó que mi madre no pudo subir los libros, ni el televisor ni los colchones, antes de ser evacuada con el agua ya a la rodilla, por lo que entonces perdí casi toda mi biblioteca acumulada a lo largo de los años y en faenas muy arduas que solían lindar con el crimen.

Llegábamos para leer y oír poesía de cualquier manera, a veces ni siquiera contábamos con pasaje para los raquíticos trenes que a veces esperábamos en la terminal de Guayos, en una casucha equidistante de todas las estrellas y parecida a la de “El Guardagujas” de Arreola. Intentando motivar el interés o la lástima de algún chofer, a la salida del Motel Deportivo, para llegar a la terminal de Guayos, todo valía. Un día, yendo de regreso, Villa Clara se apartó y formó al lado de la carretera para desplegar sus atractivos, entiéndase el equipo invariable en estas lides, villaclareña explosión de alegría a lo Almodóvar: Julio Mitjans, Noël Castillo y René Coyra —quizás este último no alineó ese día, pero sería inverosímil dejarlo fuera de este cuento—, mientras Jesús David Curbelo y yo nos replegamos, empujando por delante a Ileana, separados de ella prudencialmente, para ver si algún chofer mordía el anzuelo con nuestra carnada flaca. Pero nada pasaba, ni se movía, ni nos paraba, aparte de los mosquitos. Y entonces nuestra desmoralización llegó en bicicleta. Un ciclista típico de la sabana muerta —ancho sombrero de yarey, más anchos brazos de vaquero, ejemplar de macho endémico— venía avanzando a cuentagotas por el asfalto ardiente, pedaleando en contra del viento, por lo que al cruzarse con los villaclareños tuvo tiempo para enfrentarse asombrado al extraño grupo, movió la cabeza y se acercó para comprobar, desfachatadamente, quizás lo nunca visto a la salida del motel de deportistas. Y unos minutos más tarde, después de vencer los pocos metros que había de por medio, al llegar junto a Ileana, reparó en Curbelo y yo que acechábamos evidentemente lo más cerca posible, nos revisó de arriba abajo, como si le pareciéramos la gota que desbordaba un cubo de deshechos, incluso volteó la cabeza e hizo sus comparaciones con el grupo dejado atrás —aquella chatarra le daba tiempo para todo— y le gritó a Ileana en pleno rostro, es decir, también casi encima de nosotros, sus escoltas: “Mientras andes con estos maricones ningún carro te va a parar”. La ausencia de tráfico y la lentitud de la bicicleta se unieron a las palabras creando cierta densidad y cierta onda expansiva. Deseé que aquel hombre hubiera cruzado en un rayo o en una rastra, pero no, ¡sólo montaba una vieja y lenta bicicleta! La pareja de peatones que hacíamos uso de una poetisa escasa de carnes, carecíamos de justificación para no alcanzar al casi estático ciclista apenas dando una zancada, y él no parecía tener otro plan en su vida aparte de reír su propia ocurrencia, desafiante, así tuvimos que verlo largo rato llenando el panorama de la carretera vacía, hasta que se perdió en el horizonte.

Un amigo, un poeta de la provincia, me trajo un día ante el Poeta. Pude no verlo más, por pudor, pero volví a buscarlo, elegí estar siempre de regreso. Varias veces visité al maravilloso hombre que tenía las manos blanquísima de la memoria, en distintos apartamentos en La Habana. Ahondé en la gozosa tentación. No me faltaba intrepidez para tomar la poesía del vaso que considerase irresistible. Mi amigo provinciano y yo, luego, cuando conocíamos mejor la villa del Espíritu por dentro, nos atrevimos a robar de la biblioteca un libro que parecía el Santo Grial con el cual nos emborracharíamos eternamente. Era la edición crítica de Paradiso hecha por la UNESCO, con estudio de Cintio Vitier, recién llegada al país y distribuida equitativamente por territorios en una operación que tenía el secretismo y la gravedad de añadirse a la prohibición hasta entonces dictada contra la magna obra en todo el país, aunque por las mismas razones había terminado siendo del conocimiento de los poetas. Resultó un ejemplar demasiado grande para poder esconderlo como una botella bajo la camisa, y lo arrojé por la ventana de un tercer o cuarto piso. Lo sentí chocar al final contra una loma de gravilla, pero ya mi amigo lo esperaba ansioso, pude ver cómo lo recogía después de saltar una cerca. Sin embargo, la pasión de nuestro apetito nos había llevado a ignorar las ventanas que aún mediaban entre el lanzamiento y la caída de aquella hipérbole. Alguien vio pasar el zepelín hacia abajo y dieron la alarma. Tuvimos que correr. Nos separamos. A mi amigo lo acorralaron mientras esperaba un ómnibus para volver a su cabaña en el motel Los Laureles, pero no entregó su carga, huyó y se escabulló entre la multitud mientras una mujer llamaba a la policía. Cada uno por su lado, llegamos caminando al distante lugar de hospedaje.  Duraría poco nuestra fiesta después de la clausura de la Jornada de ese año. Cuando más encariñado yo estaba con la lectura del mágico volumen, parqueó un auto blanco y resplandeciente delante de mi casita, para asombro del batey de la Cooperativa de Ceballos, y se bajaron las personas más corteses que haya conocido jamás. No venían a hacerme sentir culpable. Sólo querían tomar el libro y llevárselo de vuelta, incluso creo que ni intercambiamos palabras. Nadie incurrió en ninguna formalidad, como por respeto al zeppelín neobarroco que durante tanto tiempo había estado ausente del cielo de la isla, expulsado de las bibliotecas y las librerías.

Las Jornadas de la Poesía fueron convirtiéndose como que en un evento de la naturaleza cubana. Algunas particularidades a veces derivaban en síntomas amorosos o inquietantes: para mí, por ejemplo, ha sido normal venir a decir mi poesía después que ya un aeda recitó sus obras completas y ni Einstein se atreve a estirar el tiempo más allá de un verso monosílabo —que no existe, por cierto—. Suelo andar preparado para esos trances con un equipaje de haikus que me permitan salir del atolladero sin lastimar demasiado la paciencia de quienes escuchan por cortesía o casi por obligación.

Una típica clausura con mesa sueca a todo lo hondo y ancho, ha sido siempre una épica batalla confirmando cada año una leyenda, en un país de poetas donde la imaginación popular en nada se solaza mejor que en prodigar los dones de las comidas profundas, dígase lezamianas, que puedan paliar la precariedad a que nos adaptamos con nuestro estilo cubano de crear, como dijera el gran gordo, que es el estilo de fundar a partir de la suma de poquedades. Pero ningún banquete recuerdo mejor que la inmensa canturía preparada en congratulación a Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí, cuando la Jornada de la Poesía Cubana devino homenaje al escritor y al repentista que se unían en un hombre de peculiar sensibilidad. Fue hermoso escucharlo hablar, cuando ya sus ojos carecían de brillo, moviendo el rostro siempre en busca del origen de los ruidos que lo premiaban. Esa vez tomamos por asalto las vegas del campo espirituano y se armó una magnífica contienda de repentistas a la que se sumó, medio en broma, y no menos en serio, un grupo de escritores que devinieron jocosos contendientes del verso improvisado, entre dos bandos, el “azul” y el “rosadito pálido”, con Manuel Sosa —caústico— cantando la Tonada de Colorín.





Se recuerdan mejor las bromas, se agradece y aprovecha infinitamente el misterio de la amistad. La cercanía humana a poetas esenciales ha sido esa utopía de una nacionalidad positiva, intransferible, y ha sido esa especie de curso órfico aprobado con el achicamiento del país a un punto en que leen, de pronto, por ejemplo, Rigoberto (Coco), Sonia Días, Juan López, Liudmila Quincoses, Alberto Sicilia, Antonio o Chichito, Esbértido Rosendi, Caridad Atencio, Rito Ramón Aroche, Roberto Fernández Retamar, Antonio José Ponte… Y no puede faltar, claro, César López, diciendo su poema “Silencio en voz de muerte”. ¿Cómo alguien casi sin voz puede clamar su poesía de manera tan contundente? Prodigio auténtico ha sido conversar en la penumbra, en las grietas y los espacios libres que habitan los poetas. Son seres sin nombre. Espíritus que tienen, para mí, una mirada, una voz, el olor de una tristeza, más que nombres. La biografía de un poeta puede estar hecha sólo de las vidas de los otros, las creaciones que lo conmovieron, y las bellezas extrañas, todo lo que rozó al pasar, pero con cuyo sobrecogimiento decidió quedarse en su pequeño viaje de tránsito por la vida. Un viaje que puede darse no más entre dos o tres paradas de un tren, como entre dos provincias. Aquí soy culpable en este lapso de todo lo que he tocado y visto. Aunque esté oculto, sigo aquí.

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