24 feb de 2011

Velando nuestro cadáver

Este 23 de febrero se cumple un año de la muerte de Orlando Zapata Tamayo tras padecer en huelga de hambre por unos 86 días. La prensa oficial se apuró a decir entonces que sólo había caído un mercenario más al servicio del imperio. Pero no todo el público sometido a esa propaganda lo vio así, incluso algunos comunistas confesos dejaron traslucir su perplejidad en comentarios que circulaban por la red de correos: ¿se puede dar la vida, insensiblemente, a cambio de dinero?

El viejo discurso de descrédito contra la disidencia, contra las diferencias, seguía transmitiendo el clásico patrón de pruebas: todos los “otros” carecerían supuestamente no sólo de razón, de motivaciones verdaderas, sino del más mínimo ideal o altruismo. Aunque ahora la deuda con la lógica dejaba a ese discurso sin asideros. Esta víctima era distinta, había cruzado el inmenso umbral de dolor de todo un pueblo hasta entrar en la muerte, yendo en andas de su propia y recia voluntad, allí donde los cubanos por cuestión de su cultura e idiosincrasia no van a cobrar o pedir, sino a ofrendar, a darse a sus semejantes. Aquella visión caricaturesca de disidentes masoquistas, además de títeres, que se buscan el ostracismo y la represión por unos cuantos caramelos que les lancen desde afuera, no parecía ni remotamente ajustarse al caso. Zapata lo dio todo, dio —y aquí este verbo adquiere plena significación— la vida.

El poder absolutista, que siempre ha mostrado rigidez cadavérica, no se permite siquiera en teoría un actor social que disienta legítimamente. Una persona al parecer pierde su más elemental condición humana cuando cuestiona o pone en entredicho ese poder vertical, obteniendo la exclusión que se reserva al monstruo, así el himnario revolucionario está lleno de términos deshumanizantes como “gusano”, “escoria”, “grupúsculo” con que a lo largo de la historia en Cuba se ha institucionalizado el pánico a las disconformidades.

Cabría preguntarle a ese mismo tribunal de censores impolutos, cuál es el prototipo de un disidente que hayan previsto, si es que le concedieran a la vida el derecho a la duda, a que quienes optan por vivir puedan creer que sea insostenible o imposible un modelo social monolítico. Ya que de la rica realidad y de las contradicciones ideológicas no parece emerger a la palestra nacional un antagonista digno de mínimo respeto, alguien a quien se le permita disfrutar el mismo espacio sin ser estigmatizado, entonces, dándole la palabra al juez que no acepta las partes: ¿hay algún tipo de oponente, a priori, aprobado? La persona que rete auténticamente al poder y sus axiomas ¿qué trámites debe seguir, qué condiciones cumplir, al menos en el papel, con tal que no se haga merecedora de castigos y calificativos propios de las ratas? Pero no. La misma compleja realidad y la historia nacionales, traen la respuesta: no está previsto. En una Revolución supuestamente más sagrada que la existencia de las personas a quienes alcanza en su torbellino, donde los medios se trastocan con los fines, sencillamente un buen ciudadano o es “revolucionario” o empieza a dejar de ser un ciudadano.

Se acorrala y aplasta “alimañas” con el pretexto de evitar el daño en los seres humanos o la comunidad. Al negar como individuos las razones o sinrazones del Estado que fuerza a una norma de convivencia degradante ¿cuál marca de diferencia nos queda, de humanismo tácito, en el límite, que nos evite confundirnos con las deformidades ciegas y asesinas que ilustran el bestiario oficial? Herirse a sí mismo, consiste en la prueba de actitud extrema, también casi la única a que puede acudir una persona acorralada y aplastada ya, para argumentar sobre su inocuidad y sus derechos humanos: actos como apartarse del rebaño llevado al seguro redil, la renuncia, el ayuno o el trágico suicidio... Zapata cruzó esos límites. Claro, tampoco fue suficiente: voceros oficiales lo catalogarían de perverso. Sin duda, se convirtió en un mártir.

Continúa la historia empezando donde mismo. También este 23 de febrero ha querido el azar que sea el cumpleaños de Pedro Argüelles, uno de los pocos presos que quedan de aquellos 75 condenados en la primavera de 2003, a pesar de que a mediados del año pasado el gobierno se comprometió a liberarlos todos a más tardar en noviembre de ese mismo año. Para esta fecha, por tanto, Argüelles había planificado su día de visita que le corresponde cada mes y medio aproximadamente. Yolanda, su esposa, tenía preparadas las jabas con lo que iba a llevarle, cuando recibió su llamada: decidía renunciar a esta visita, para pasar su cumpleaños en completo ayuno, como homenaje a la memoria de Orlando Zapata. Quien de nada dispone, aún halla una manera de fortalecerse y expresarse cívicamente, quitándose lo poco que dejan a su alcance.

Yolanda deberá esperar otros 45 días para ver al hombre que ama y del que se siente orgullosa. Con “Apátridas” suele englobarse a la disidencia pacífica, sinónimo aquí de traidor y monstruo. Argüelles ha visto prolongarse su encierro incluso más allá de la promesa gubernamental, hasta llegar a este día en que coinciden su cumpleaños y el primer aniversario de la muerte de Orlando Zapata, precisamente por rechazar la única condición que hasta ahora le han puesto para salir de la cárcel: abandonar su patria.

Estamos velando nuestro cadáver y, al fondo del futuro cavernoso, tiembla una llama, una idea mucho más sobrecogedora que los ojos abiertos de un hombre sin vida: el ánima en pena de la patria “con todos y para el bien de todos”.

23 feb de 2011

Violencias domésticas


Foto:Francis Sánchez
Un día descubrí que mi esposa me acusaba de intento de asesinato. Se basaba en un poema hallado entre mis garabatos inéditos, donde yo manejaba el ensueño de la muerte justa que podría sobrevenir a un disparo liberador. Adelantándose al trágico acontecimiento, con el derecho que asiste a toda víctima potencial, publicó en la revista La Gaceta de Cuba —pues había obtenido una mención del premio “Julián del Casal” de la UNEAC—un poema inquietante: “después de la lectura de pedaleo de francis”. Su primer verso, en defensa propia, no puede ser más diáfano y contundente: “he descubierto que en un verso mi esposo me mata”.

Su escritura llegaba así, en letras minúsculas, propio de un alma aplastada, incluso antes de que yo lograse consumar en cualquier letra de imprenta mi poema causante del problema: “pedaleo”, que sólo tiempo después aparecería en mi libro Caja negra (Ed. Unión, La Habana, 2006). No hay que ser muy perspicaz para comprender que su denuncia femenina causaría cierto impacto, lo que vino a sumarse al revuelo ya levantado entre la crítica por la desgarradura de su signo expresivo —¿un rasgo generacional, incluso “genenacional”, compartido con este virtual victimario?— o, quizás, porque quedaba al descubierto el venero más oculto y lastimado de que estuviera manando su angustia.

Por estos días ella viaja a La Habana, a la Feria del Libro, allá está ahora mismo —lo que evidentemente aprovecho— presentando su último poemario: escribir la noche (Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010), donde incluye el poema acusatorio. Como se ve, para el título del libro insiste en sacarse del horno unas letras que apenas crecen al contacto con el aire, por donde parece que alguien pasó un rodillo. No me voy a defender. Jamás pondría en duda que la masa de nuestro amor rezuma todos los dolores y traumas que ligan sinceramente las palabras. Somos carne de la misma carne. Matar y matarse, bordes de un mismo sueño. Siempre una tercera sombra camina detrás de nosotros.

A mi texto le faltaban también —primero que al suyo— las letras altas, mientras mi ansia de un “disparo imposible” apuntaba a abrir, finalmente, la puerta del suicida, un túnel “detrás de mi cabeza”. A veces lo que más nos junta son precisamente los miedos abusivos que intentan destruir y esparcir el lugar de una mirada humana sobre la tierra. Mi aborrecimiento por las circunstancias vividas ha tenido la forma hiperbólica de una muerte propia, un rompimiento tan entrañable como conmigo mismo, y el terror a esos tanques lanzados a la calle en una lejana China, pues desde siempre veníamos sintiéndolos avanzar. Definitivamente el velo de nuestra inocencia siempre estuvo rajado.

Véase que para ella, en sus versos, la bestialidad asesina entra y pasa sobre nosotros casi sin avisar, con el cerco cotidiano, “el tedio de la provincia, esa represión incolora e inodora, que también nos ha juntado más, como a huesos rotos. A continuación me limito a publicar, por primera vez, ambos poemas unidos, en el orden en que fueran escritos. Me entrego con plena conciencia de mi inutilidad como individuo, pero al mismo tiempo con esa temeridad de la especie que roza su perfección en el estremecimiento del amor —por la justicia, por la libertad, y por ella, Amada—, lo mismo que pudo sentir aquel hombre que detuvo brevemente un desfile de tanques que avanzaban —¿se supo su nombre, alguien lo recordará?— sobre la plaza Tihanamen.

(Ciego de Ávila, Cuba, 16 de febrero de 2011.)




pedaleo



pedaleo calle arriba con cierto orgullo
después de estibar gritos mohosos de mi mujer
y extraerle filo momentáneamente
a la idea de pagarme un disparo.
si estoy libre será porque he salido a sustituir aire, creo,
y odiarla, medir desde lejos
la ciudad que se pudre y descompone.
a través del hueco que deja la idea de una bala
pueden verse las burlas más pequeñas.
entre Napoleón y yo, por ejemplo, sólo caben circunstancias.

mi infancia envuelta en un pabellón de perfumes
le está vendiendo el cuerpo a soldados heridos de muerte.
pero esta placidez con que brota un castigo
por el surco que va dejando el sueño, no es menos sempiterna
que el corsé de la virgen o la joroba de Miguel Ángel
dormido en el andamio.

puede pasar —oyendo a este espejo tullido:
algún día me juzgan por mis actos.
no seré un expatriado. no estaré boca arriba
sobre el cemento como un pájaro con los oídos rotos.

aunque nunca dé fruto
aún mi destino ha de cumplirse fatal como una flor.

¿qué breve diferencia hay entre mis dos piernas
sin rumbo que amargan el vacío de la ciudad
y las de aquel chino
—pataleó en la horca—
cuando detenía avalancha de blindados
en la plaza Tihanamen
momentánea, simbólicamente?

coordino movimientos, me ahogo cielo abajo
y vigilo la mirada lívida de Dios,
la carroza de fuego o sus dos grandes ventanas vacías
por el túnel que va dejando
—soplo, a veces hundo los dedos, etc.—
este disparo imposible detrás de mi cabeza.

(Francis Sánchez, en Caja negra, Ed. Unión, La Habana, 2006.)




después de la lectura de pedaleo de francis



he descubierto que en un verso mi esposo me mata
y en otro evita matarme pedaleando sin rumbo la ciudad
mohosa hasta los cimientos.  el aire —dice— me salvó del  disparo,
lo salvó también a él de la misma bala rebotando en su nuca.
no sabe que yo leo sus poemas con orgullo
y no es porque el mismo verso donde se exorciza
logre acallar, extraerle filo momentáneamente a la idea
de matarme y matarse, sino porque me hace visualizar
con un sonido mínimo, verdades que me alivian.
balbucea:  “entre los hombres más grandes
y los más pequeños sólo caben circunstancias”.
sabe que vamos conquistando el olvido
y eso tendrá una inmensa ventaja: en esta vida
nadie nos juzgará por nuestros actos.

puedo sobrevivir a su odio momentáneo, incierto,
mientras oculto al olfato de mis espigas
la herida del disparo que no me regaló,
que fluye, indetenible.
puedo sobrevivir al hecho de que napoleón, miguel ángel,
los héroes sin nombre lo sostengan en el andamio
de la cotidianidad y no aparezca yo, sobre otro andamio
aún más endeble, brindando yacimientos como cuerdas.

puedo sobrevivir al dolor de que solo cargue en sus espaldas
los sacos herrumbrosos de mis gritos
y no mi cuerpo intacto como una bandera blanca
sobre su cuerpo en llamas.
y no mis manos deteniendo la avalancha de tanques
con que nos amenaza el tedio de la provincia,
el polvo de sus muros corrompiéndose
bajo la inclemencia del prójimo,
del hambre y de la desnudez de la provincia
y sus trenes amargos, siempre a destiempo.
y no mis hijos blondos,
hijos naciendo desde mí, desde antes de mí,
otorgándonos la verdadera inútil trascendencia.

no puedo sobrevivir al mazo del olvido,
a la ausencia de la cierva blanca contra el horizonte,
meandros  soñados bajo la misma pureza.
no se puede sobrevivir a los signos que abandonan una primavera
con miedo adolescente.
cuánto puede pesar un parque roto en la memoria,
los juramentos derramándose
junto al azafranado olor del flamboyán.
el roce de tus manos en mi asombro,
en la redondez de la angustia.
hay que sufrir mucho para volver a aquel perfume
y encontrarlo intacto en la memoria.

he descubierto que mi esposo me mata en uno de sus versos
o que pedalea la ciudad para no recibir en su nuca
el rebote del disparo que no me dio,
mi esposo que intenta un día de estos
sentarse a su lado, por fin solo, y conversar,
aun así, cuando leo en sus venas,
los túneles me descubren otros mundos vedados.

(Ileana Álvarez, en escribir la noche, Ed. Letras Cubanas, La Habana, 2010.)

Todos felices

Fotos:Francis Sánchez
Caminar desde la base de campismo Playa Inglés hasta el Campamento Ismaellillo, en la costa sur, en la provincia Cienfuegos, me tomaba unos cuarenta minutos. A veces me detenía a hacer una foto como un pestañazo. No había tiempo que perder. Iba con el arrobo del padre que puede ver cómo su hijo es feliz jugando fútbol por primera vez en un evento oficial para niños entre 9 y 10 años. Se celebraba, durante la semana de receso escolar, entre 6 y 11 de febrero últimos, el Torneo de Fútbol para Todos los Niños y las Niñas, auspiciado por la UNICEF y el Ministerio de Educación.
Conmigo caminaban tres madres de jugadores de la provincia Sancti Spíritus que también habían traslado sus casas para estar lo más cerca posible de sus hijos. A veces las salvé de alguna vaca medioviva, un cangrejo o un lagarto. Carboneros improvisados aquí y allá, aruñando la vida, nos guiaban para destejer la maraña de marabú, o aroma, como también se le conoce a esta plaga que señorea sobre la campiña insular.

Del torneo: todos ganadores, alegres. Las provincias de Santiago de Cuba, Villa Clara y Granma ocuparon los primeros lugares, en ese orden. Ciego de Ávila mejoraba el lugar 14 del año anterior, ganando un digno octavo puesto, con sólo 1 derrota (ante el campeón), 3 empates y 3 victorias. Teníamos la peculiaridad de que en cada equipo había tres niñas, y en el nuestro ellas fueron determinantes al menos para un par de victorias en tandas de penaltis.  Para mi jolgorio definitivamente imparcial, paternalista, el capitán de este equipo y número 7 —pues sueña ser como el Guaje Villa y como Cristiano Ronaldo— hizo el gol decisivo del último juego, precisamente contra Sancti Spíritus.

El trío de colegas, madres amigas, por suerte en ese momento culminante se habían ocultado no muy lejos de allí, quitándoles presión a sus pequeños. Fue un arañazo o el sueño de un arañazo dado a la piedra, al diamante de la felicidad. No se renuncia, por las manchas en torno a los ojos, a palpar y recoger el frágil carbón, chispa petrificada al día siguiente.
Prefiero pasar por alto los sinsabores. Cuando se corre sobre el césped, o allí está el corazón con un hijo, todo es perfecto. Por semejante saldo ideal, apartaría, archivaría cualquier sospecha de que el campeonismo pueda dejar a unos inocentes indefensos, en manos de expertos, profesores de extracción muy humilde que busquen méritos para ganarse un viaje o una “misión” a toda costa. Olvidaría que a veces hay niños, supuestamente de quinto grado, que parecen demasiado grandes y maduros, pateando la pelota con un objetivo más definido que la simple alegría de jugar.