20 ene. de 2011

Sueño de un día sin serpientes



Fotos: Francis Sánchez.


 
Tengo la coartada de dos hijos para poder salir a jugar. En casa digo que voy con ellos por complacerlos y vigilarlos siempre de cerca, la realidad es que escapo así de las tensiones y la rutina, o sea, del mundo idiotizado. A veces sólo bajamos cuando afloja el sol a patear una pelota. Si llueve, hacemos porterías en la misma calle, con dos piedras a cada lado, y nos comportamos como en una piscina. Pero los fines de semana, pues la escuela recesa, podemos aspirar a soluciones drásticas, una particularmente: tomar un camino fuera de la ciudad. A esto le decimos "La excursión". Por lo general entonces se suma algún muchacho del barrio, a veces hasta tres o cuatro si sus padres les dan permiso.

Claro que dentro de la ciudad no abundan alternativas, como tampoco sobra el presupuesto familiar para ir en busca de mejores opciones a otras ciudades o a centros turísticos. Sin embargo, no pensamos en eso, simplemente nos gusta lo que hacemos. Saliendo en bicicleta, a más tardar en quince o veinte minutos ya hemos cambiado el canal y disfrutamos otro paisaje en nuestra pantalla grande. En vez de esos colores astillados y chorreados de las casas, allá afuera predomina parejo el verde, moteado vivamente con flores o pellizcado por el áspero gris que llama a lluvia, según la estación.

Vamos en busca de sorpresas. Por eso evitamos los potreros, casi siempre están vacíos y sus cercas sólo nos separan de una planicie poco tentativa. Resulta más estimulante para nosotros derivar repentinamente del gozo visual a otros sentidos en detalles, el tacto, el olfato y el gusto. Seguimos cualquier fruta que relumbre.

Hemos descubierto un cocal abandonado, o al parecer allí van cada cierto tiempo a trasplantar de raíz alguna mata —así lo dan a entender los huecos— para adornar un paseo o un jardín como se acostumbra ahora, ahorrándole a la gente esa ansiedad, esa angustia de ver crecer un árbol. También un día encontramos una ciudad cubierta por la maleza. Hemos dicho que son vestigios de una civilización antigua. Por ahora yo soy el único que sé que se trata de un megaproyecto que allá por los años 80 del siglo XX tuvo el Primer Secretario del Partido en esta provincia: hacerle una "playita" a la ciudad, con el típico complejo de toda urbe escondida tierra adentro en una isla, pero con la infeliz casualidad de que él podía disparatar a sus anchas desviando un río —incluso un sistema de canales iba a llegar hasta la ciudad, y quizás hubiera llegado, de no haberse interpuesto casualmente la ley de gravedad—. Entonces el pobre curso de agua que apenas aspiraba a una calificación como arroyo, desaprobó examen tan exigente, quedando una playa artificial hecha un charco y las construcciones aledañas en su mayoría a merced de la hierba. Jugamos en un paisaje raro donde tenemos ciertamente las capas de otras ciudades perdidas.

Cargamos con nosotros las cosas más sorprendentes. Son los niños, por supuesto, quienes admiten mayor volumen de carga. Yo llevo sólo un cuchillo, un par de pomos con agua y poco más. Pero Fredo de Jesús, por ejemplo, desea vivir en el país donde los animales conversan, aquel donde se filmara a Alvin y una banda de ardillas triunfando en la escena musical, por eso aún tiene la propiedad de escuchar o creer que escucha hablar a los animales cuando están —o creen que están— solos. Quizás un pájaro que haya emigrado desde allá... Él quiere, además, ser como Legolas, el elfo de El Señor de los anillos y usar igualmente, a la perfección, el arco. Francito, como el mago Merlín, puede invocar con un ensalmo al espíritu del fuego y nada más poniendo las palmas de sus manos hacer que se levante una llama desde la tierra. Su primo, Enmanuel, de más edad y sin quien ellos no se imaginan un viaje feliz, dice "el fuego es hermoso". Fredo me pregunta si en las tiendas tampoco venden antorchas, y es el momento, cuando mamá no está mirando, de hacer una. Repartimos árboles y recovecos en usufructo, entre buenos y malos, así de sencillo: cada uno es el bueno y tiene derecho a creer que los demás son ogros, trolls, a quienes hay que expulsar del bosque. Corremos con cuidado de no pincharnos. Francito hace la observación de que en los paisajes paradisiacos de las películas nunca se ven las espinas, ¡ni las hormigas, ni las garrapatillas!

Coincidentemente todos tienen planeado graduarse algún día de exploradores o conservacionistas. Colectan asombros mientras yo doy la puntuación en una escala que va del uno al cinco. Mata de almendras en un mar de marabú y guácimas: tres puntos. Toro venido a menos, sin tarros: cuatro. Ciempiés gigante —clasifica como talla extra cualquier bicho para cuya captura haga falta auxiliarse con una gorra— amerita puntuación máxima. Machucar y comer almendras por montones termina siendo nuestra versión de la llegada de los dinosaurios al valle verde después del gran cataclismo.

Los dejo hablar cuando se cansan. Es la parte en que intercambian experiencias. Sobre todo me callo mientras parece que cruzan el bosque de la actualidad social o rozan esos bordes peligrosos. Aprendo. Especialmente me instruyo sobre la inocencia que quisiera conservar incluso a costa de la vida, si fuera posible. Hoy panean viajar por el mundo libremente y regresar. Fredo ofrece su punto de vista: el sueño consiste en una gran solución contra todas las limitaciones. En sueños él tiene la libertad de ser y hacer lo que le viene en gana. Dice que cuando quiere vivir aventuras como Harry Potter, usar sus poderes, lo sueña y ya. Están de acuerdo, pero otro acota que lo ideal es poder salir, ganar dinero y traer todas las cosas necesarias para vivir. Me recuerdan a un amigo, un poeta que hablaba de la patria como un paisaje al que se llegaba pasando por el exilio: el día que se fuera, podría venir a visitarla, podría conocerla. Se alegran de habitar un país sano, alegan que aquí no existen animales venenosos, tampoco boas que traguen gente, ni leones, ni cocodrilos como en los pantanos de la Florida y en Australia... 


Pienso qué felicidad la suya, ignorar otros ambientillos donde se medra a costa también de la imaginación y las utopías, el literario el peor de todos, y la morbosa política. Mi deseo más íntimo, inconfesado: que no crezcan. Que sean hombres de bien, también. Pero que entre las trampas del mundo vayan con buen paso para no caer en esa falacia de ser "útiles a la sociedad", donde muchos terminan convertidos en instrumentos eficientemente deplorables, los que hacen realmente largos a los tentáculos de la injusticia, como los oportunistas, adulones o guatacas, chivatos, lamebotas, siempre arrastrándose y con sombra segura bajo el poder de turno. Que no se dejen envenenar por la envidia ni el miedo a vivir con transparencia. Que jamás abusen, acorralen ni humillen a ningún ser humano.

A Francito le resulta especialmente atractivo el argumento de una fauna endémica inocua, porque es uno de los pocos niños a que haya mordido un Majá de Santa María, ese casi extinto primo cubano de la víbora y que tiene fama de bobo.

No era tan bobo, o estaba ya harto, el pobre ejemplar que usaban en un centro recreativo de Cayo Coco para que los visitantes se tirasen fotos, lo sacaban de una maleta y cualquiera podía incluso colgárselo al cuello. Insistí para que él, entonces con diez años, no se quedara sin un recuerdo a lo Indiana Jones, con tan mala puntería que, en esa fracción de un segundo en que se abría el obturador de mi cámara, el majá decidió atacar. Por suerte —hasta que le explicó un doctor de guardia en el hospital, se negaba a creerlo—, no había veneno. La foto (ver arriba), junto con mis remordimientos, traería una popularidad inesperada a la víctima entre sus amigos del barrio y la escuela.

"¡Cuidado! ¡Qué miedo"!, exclaman pasando su mirada superficialmente por los arbustos. Para entonces ya estamos ante una piscina natural, en el cauce de lo que fue una vez un arroyo y debía haberse comportado como un canal según la agenda de utopías o disparates de la burocracia, pero esto ellos aún no lo saben. Entre las piedras queda agua acumulada del último aguacero.

Van a bañarse. El miedo me lo dejan a mí sobre una roca desde donde vigilo. Chapotean y ríen. Lo que más los divierte es huir precisamente de un cocodrilo o una boa imaginaria.


4 comentarios:

  1. ¡Precioso lo que escribes y cómo lo dices, Francis!. Felicidades. Acabo de eliminar de entre mis amigos de Facebook (estoy seguro que no en la vida real)a un periodista oficialista del mismo Ciego de Avila, que ha entrado a mi página a apologizar del gobierno cubano. Aunque lo ha hecho con mucho respeto, no así sus "amigos" que se han incorporado al debate. Te cuento esto por el contraste con tu post, tan limpio y profundo. Un abrazo desde Costa Rica. Jorge Sarduy.

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  2. Jorge:
    Me alegra la posibilidad de encontrar lectores como tú. Qué más decirte. Me encantará poder seguir contando con tu apreciación. Muchas gracias

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  3. Joer Francis que decir...acabo de descubrirte y tengo una sensación como la de aspirar el aire limpio tras la tormenta de lluvia de esta misma tarde. Me ha oxigenado tu precioso cuento.

    Muchas gracias desde España.
    Emilio.

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  4. HOLA AMIGO, PERMITEME LLAMARTE ASI, SOY CUBANO Y RESIDO HACE MUCHO TIEMPO EN USA, ACABO DE DESCUBRIR TU ESPACIO, PUES ESTOY ACOSTUMBRADO A VISITAR EL DE YOANI Y ASI LLEGUE A ESTE, ME GUSTO MUCHO TU FORMA DE ESCRIBIR, HACES QUE, AUN EN LA DISTANCIA, UNO VUELVA A REVIVIR EL CONTACTO CON NUESTRA QUERIDA ISLA, CUIDATE Y NO PIERDAS LAS ESPERANZAS, TE ASEGURO QUE TUS HIJOS TENDRAN UN FUTURO DIFERENTE, SALUDOS, ERNESTO DESDE MIAMI.

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