5 feb. de 2011

No nos dejes caer en la tentación

Fotos: Francis Sánchez

Mi reloj se seguía atrasando, seguramente ya necesitaba cambiar la pila, así que iba en busca de una relojería, cuando a punto de doblar una esquina advertí que cruzaba frente a una especie de cuartería, ciudadela o pobreza similar. Recordé que allí, años atrás, vivía Pedro Argüelles, uno de los presos políticos condenados en juicios sumarísimos en la oscura primavera de 2003. Y la puerta estaba abierta. Algunas personas trajinaban en ambiente familiar, cargaban o cambiaban algo dentro de una estrecha salita donde casi ni cabían. Su esposa... ¿aún sería su esposa? Bastó medio vistazo al interior para verla manejando aquella operación de ingeniería hogareña como mismo llevaba sus años y su soledad. Fui a saludarla. Nos separaba una delgada línea invisible.

Era la línea de una ocasión fortuita y una puerta incluso ya abierta, pero esa separación, que a simple vista parecería insignificante, rodea como un foso a quienes osan disentir pacíficamente de un gobierno que no se permite libertades individuales o fisuras en el poder. Arriesgar el paso, cruzar ese margen divisorio, sólo podía significar una cosa: caer, y a no sé qué altura —nadie lo sabe hasta que toca el fondo—. Me sumí en ese escozor que se produce cuando friccionan dentro del corazón sentimientos como el miedo al contagio, el instinto de conservación, y la pasión o el valor que emana de la lógica humana común, con una duda difícil de superar. La duda entre hallarme ante una tentación de fuerzas demoniacas, autodestructivas, o ante una prueba de la parte angélica del alma donde Dios aún espera por el pago de la deuda que la humanidad ha seguido acumulando a través de siglos de odio e injusticia.

Ocurrió todo en un chispazo. Un beso y preguntarle cómo ella estaba. Semejante muestra de curiosidad por ese estado líquido o gaseoso en que pudiera hallarse cualquier prójimo, resulta la fórmula de saludo coloquial, preferida y establecida de ordinario en la calle, pero aquí incluía implícitamente a su otra mitad, o sea, a él, alguien hundido en un calabozo en la prisión de Canaleta. Esta prisión, que se alza tan cerca como en las afueras de esta misma ciudad, coincide con el límite que se reserva al cementerio dentro de la trama urbana, como dos variantes complementarias de una ciudad invertida.

Él se comunicaba a veces con ella por teléfono. Estaba casi ciego, veía apenas de un solo ojo y muy mal, para leer tenía que pegarse la hoja a la cara. Y el día anterior lo había llamado, otra vez, el cardenal Jaime Ortega, con la propuesta que este prelado ha venido susurrando al oído de los demás reclusos sentenciados a lo largo del país: marchar al destierro. Argüelles, a diferencia de la mayoría, ya había rechazado semejante desenlace, y esta vez —según me lo contaba ella, su esposa— se negó incluso a ponerse al teléfono.

He dicho que todo ocurrió en un chispazo. Pero podría decir que seguí mi camino como quien ha recibido una cuchillada y no sabe, no puede o no quiere saber de dónde salió el golpe. ¿Alguien tendrá derecho a ofrecerle, alegremente, el destierro a otro? No me sentía herido sólo como el católico que soy —de poca monta, que ni me recomiendo para indulgencia papal alguna, aunque católico al fin, dispuesto a responder ante cualquier instancia por esta identidad religiosa que me señala en el tránsito de la vida y el laberinto del mundo—. Sentía ese dolor, esa revoltura de la frustración, ese abismo que puede clavársele en el pecho a cualquier persona independientemente de sus ideas o sus creencias. ¿La familia, la patria que está en construcción, o al menos en el candelero de las personalidades e instituciones preeminentes, es esta donde quienes nieguen el dogma sean arrancados al cuerpo de la nación? Fue la misma supuesta escapatoria rechazada por Sócrates —entonces hecha por sus discípulos, con las mejores intenciones— y, antes que someterse a esa muerte social, prefirió beber la cicuta.

El destierro no es, nunca lo ha sido, sinónimo de libertad. Jamás perteneció a la tradición del cambio o el viaje libremente escogido, en que las potencialidades humanas florecen positivamente, se abren y a la vez penetran el porvenir, garantizando ese hermoso concierto de la polinización de las culturas. El destierro llega por la fuerza de la razón de la comunidad, aunque apunte contra todo sentido común, o por la razón ciega del más fuerte, punitiva, despóticamente. En la historia de Cuba siempre fue el potro de tortura que usaron los tiranos para librarse no tanto de sus oponentes como de aquellas ideas o actitudes incómodas. Por eso un acto fundacional de la República de 1902 fue repatriar los cadáveres de los intelectuales desterrados. Así se trajo a casa, entre otros, los restos del presbítero Félix Varela (1788-1853). Sobre el «santo cubano», dijo Martí que «vino a morir cerca de Cuba, tan cerca de Cuba como pudo»,1 o sea, en La Florida. Acoger al mártir que había padecido la deportación por aspirar a una libertad más allá del confesionario de una fe singular, incorporarlo al suelo nutricio tan verdaderamente como para entonces se podía, cuando ya era sólo «polvo enamorado», no significó, sin embargo, el fin de un trauma que seguiría cebándose en las generaciones hasta niveles extraordinarios y hoy, además de comunidades y en especial intelectuales dispersos por todo el mundo, ha convertido precisamente La Florida casi en una segunda isla.

Entre augurios tristes por doquier, parecía esperanzadora la nota que publicó el periódico Granma el 8 de julio de 2010. Una palabra, carísima a toda alma, y por lo mismo ampliamente manoseada voceros políticos o jerárquicos, sobresalía dentro de este breve texto: «libertad». Quizás sonaba distinta al oído, en la medida que el mensaje podía mostrarse tan fresco como la vida nueva que todos deseamos. Primera vez que la Iglesia Cubana actuaba de interlocutor válido ante un Estado que hasta hace poco se autoproclamaba ateo, y comprometía una promesa que sólo alcanzarían a plasmar los poderes terrenales, al anunciar que, a más tardar en cuatro meses, los «prisioneros que restan de los que fueron detenidos en 2003, serán puestos en libertad».2 Pero en los siguientes días comprenderíamos que la frase a continuación: «y podrán salir del país»3 disimulaba esta obligatoriedad: que los prisioneros pasasen directamente desde sus calabozos al aeropuerto.

Ya con la forma de la nota del Granma, habían quedado en evidencia cicatrices, juegos de apariencias y entretelones en que tiene que desenvolverse una hipótesis aparentemente tan controlada como dejar en libertad a un grupo específico de ciudadanos. Vale la pena hacer un análisis textual. Estamos ante un uso, poco visto en la monocorde prensa oficial, de la técnica de la «caja china»: un narrador le pasa la palabra a otro para que haga el relato, y este se saca de adentro a un nuevo narrador, y este a otro, así sucesivamente, como las típicas matriuskas rusas. Tenemos que el Granma, siendo el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba, no enuncia o emite una decisión tan grave, ejecutable sólo al más alto nivel —incluso hemos visto que fue tomada inconsultamente por el general presidente, en una charla con el entonces ministro de Asuntos Exteriores y de Cooperación de España, Miguel Ángel Moratinos—, sino que se desentiende de este contenido social recalcando en el titular la fuente informativa, así: «Prensa Latina Informó», como si la agencia fundada por Cuba reportase algún acontecimiento en un tercer país. Luego resulta que el texto, por lo que avisa el cintillo o bajante de la noticia, pertenece al Arzobispado de La Habana, es su «Nota de prensa». Y, por último, la institución católica alega que «las autoridades cubanas informaron». O sea, dice el Granma que dice la agencia Prensa Latina que dice el Arzobispado de La Habana que dice el gobierno cubano. Laberíntico, sin duda. Tamaño rejuego de ecos, en una sociedad donde nunca ha sobrado espacio para el diálogo y mucho menos el concierto coral, resulta a todas luces insuficiente, por no decir lamentable, cuando se prueba a instituir, a costa de ciudadanos que desesperan en carne viva esperando avisos del futuro, un concepto tan empobrecido de la libertad y, por ende, la verdad.

Lo cierto es que difícilmente cualquier retruécano vaya a descolocar por ahora la brújula del pensamiento y la vivencia, por ejemplo, de Martí, quien seguiría mostrando la suya, sufrida, a la proa, entre «las vidas que ya, en el destierro bárbaro, sólo penden de un hilo?,»4 porque «ien el destierro / náufrago es todo hombre, y toda casa / inseguro bajel, al mar rendido!»5 De una carta al general Máximo Gómez, durante los preparativos de su embarque definitivo hacia Cuba: «El respeto a la libertad y al pensamiento ajenos, aun del ente más infeliz, es en mí fanatismo: si muero, o me matan, será por eso.»6

Casi todos los prisioneros de la primavera del 2003 ya han partido hacia distantes riberas. Entre quienes permanecen tras las rejas, aferrado a sus hierros, está Pedro Argüelles. Nada hace pensar, en la vida pública de su ciudad, Ciego de Ávila, que aquí venga desarrollándose este drama que tiene en el centro a alguien que apenas puede verse las palmas de las manos. Mejor dicho, casi nada. Hay un impreso pegado en el vestíbulo de la Catedral de San Eugenio de La Palma. Es una reseña de la reflexión que ofreciera el cardenal el día primero de enero de este año en la Catedral de La Habana, celebrando la Jornada Mundial de la Paz. Quienes se asoman al templo local pueden actualizarse, ante este papel, acerca de una puja que sigue en pie, acerca de una promesa de «libertad» para los pocos que, como Argüelles, no aceptan un boleto de ida sin regreso.



El cardenal, en la misa de enero que trató sobre el mensaje del papa Benedicto XVI con que abriera un nuevo año: «La libertad religiosa: camino para la Paz», cuando incluso había expirado aquel plazo que el gobierno se diera a sí mismo, hizo un repaso de los conceptos de algunas libertades con apellidos, y se mostró entusiasmado por los resultados de la mediación de la Iglesia y suya particularmente. La revista Palabra Nueva (2011), de la Arquidiócesis de La Habana, reseñó su discurso: decía «tener “la certeza moral” de que en los próximos meses otros prisioneros “sancionados por algún tipo de hecho relacionado con posturas o acciones políticas” serán puestos en libertad». Además, a propósito, invitaba a «liberar sus corazones de viejos atavismos y, sintiéndose verdaderamente libres, asumir una visión en verdad reconciliadora entre todos los cubanos».

¿Qué reconciliación se construye haciendo estallar la naturaleza unitiva de la patria, exiliando, lanzando al mar a los que precisamente ponen a prueba el fundamento del amor? Ha afirmado el mismo cardenal, ilustrativamente, que «nunca debería ser necesario renegar de Dios para poder gozar de los propios derechos».7 Se propicia una vuelta a aquella cercanía de significantes que gustaba tanto al Apóstol, entre cielo y tierra, sintiendo o leyendo Patria en lugar de Dios, para distinguir lo que debería ser necesario y lo imprescindible.

Parecía que la salida satisfactoria al conflicto dependía de una decisión unilateral —el propio Argüelles protestaba, hace poco, cuando el gobierno de su país lo ofrecía a los Estados Unidos en un trueque, advirtió que él no estaba disponible como una mercancía—. Todo hacía indicar que un regalo de altos estamentos del poder, anticipado con aquella «Nota de prensa» del Arzobispado, acercaría valientemente, a través de un acto piadoso, la fe a los cubanos en la reconciliación o en una profunda repatriación. Mensaje de tal envergadura consistía en una llamada a muy larga distancia. Pero, por último, es de la voluntad de un individuo apartado, «náufrago» aún no rendido al mar, limitado a lo poco que percibe y palpa entre penumbras, que viene paradójicamente a depender el proceso. Depende de cómo él reaccione ante las voces reales o imaginarias que lo inviten a pisar firme dando su próximo paso.

Claro, si yo pudiera hablarle, tampoco lo encomendaría al martirologio, a resolver el nudo gordiano de intereses en pugna que por lo general terminan ahogando al «ente más infeliz». Rezaría para que encuentre al menos un sendero tranquilo por donde atravesar la tempestad al lado de su esposa. Pero quizás con él no está detenida, trabada la solución, ni la fe, sino que en él, milagrosamente, aunque sea por un segundo, se sostienen sobre el vacío.


  
1 José Martí: «Ante la tumba del Padre Varela», Obras Completas, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 1975, t. II, p. 96.
2 «Prensa Latina informó. Arzobispado de La Habana. Nota de Prensa», en Granma, La Habana, 8 de julio de 2010, p. 2.
3 Ídem.
4 José Martí, ibídem, t. V, p. 64.
5 Ibídem, t. XVI, p. 143.
6 Ibídem, t. III, p. 166.
7 Todas las citas, como esta, de la misa del cardenal y la reseña publicada por la revista Palabra Nueva, han sido extraídas de la hoja que se menciona que aparece en el vestíbulo del templo de Ciego de Ávila, donde se reproduce una página del sitio digital de la mencionada publicación.

3 comentarios:

  1. Muy bien dicho. Yo no sé a que viene el nombre del blog, pero ojalá muchos en Cuba tuvieran los pies tan bien puestos en la tierra como usted.

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  2. Me quedo sin aliento ante su prosa, ante esta realidad agónica que usted describe con tanto acierto y la similitud con la que se abrazan los destinos. El sencillo hombre que es Pedro Arguelles -desconocido por mí por tanto tiempo en que viví en la isla y lo lamento- entran en esos pocos que señalara el maestro ... "llevan en sí, el decoro de muchos hombres". Su fuerza, su convicción moral en no aceptar la mísera propuesta, lo convirtió en un fiel heredero de la estirpe del Padre Félix Varela, máximo exponente de la intransigencia cubana.

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  3. Felicidades por la foto . Saludos desde Italia

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