9 dic. de 2010

Vamos a hablar... "de pelota"



(Poster oficial de la 50 Serie Nacional de Béisbol, 2010-2011)


Darme una vuelta por el Parque Central y la tertulia de fanáticos del béisbol que allí permanece bullendo con independencia de si en el cielo se vea el sol, la luna o un huracán, no es algo que haya tenido jamás entre mis planes cuando he viajado a La Habana. Hacia la cabeza del país uno fluye desde sus miembros inferiores casi siempre bajo presión, por contingencias o necesidades que tienen mucho más peso. Sin embargo, si mal no recuerdo, habrá sido excepcional el día en que una andanza por el laberinto de La Habana Vieja no concluyó bajo los árboles de este parque para tomar un segundo aire, imantarme otra vez, desenredar y componer mentalmente el mapa urbano y, guiándome por la cabezota del Capitolio, poder encontrar mi siguiente vía estrecha. Más o menos aquí hacen parada, nacen o mueren todas las rutas de los transportes que atraviesan los distintos niveles de la ciudad, barrios bajos y altos, infiernos y paraísos. Se siente uno más cercano a cualquier lugar de destino, aquí, donde turistas regordetes caminan en fila india, como con miedo a romperse los dientes de leche; un anciano, mientras logra arrastrar su joroba, revende el periódico de la mañana con la media noticia de ayer, otro se derrumba junto a San Lázaro servido en bandeja, en espera del sonido de la limosna, y siempre alguna prostituta juraría que te conoce.

De lejos, a veces incluso desde los portales de distante acera, puede notarse el zumbido de aquellos que parecen haber abandonado en este minuto el graderío y saltado sobre la arena deportiva. Se fajan sin tocarse. Se espolean a puro grito. Ocupan todo un banco, donde la mayoría evita sentarse, a no ser para tomar presión como achicando un muelle antes de saltar con nuevos argumentos sobre la aorta de su opositor. Le dicen "la esquina caliente", quizás porque, igual que en un cruce de caminos cuando aún no se habían inventado las señales del tránsito, todos paran aquí chocando y reclaman que les asiste la verdad absoluta para mantener el rumbo. Por lo general hay quien defiende alguna tesis en contra de todos o casi todos los demás, y este, por supuesto, toma el centro, mientras a él vienen en oleadas los que disputan, los que no le creen ni un tantico así. El razonamiento más punzante es la risa, tanto para la defensa como para el ataque. Pululan ciertos carroñeros, distanciados, divertidos, que entran y salen dando mordiditas aquí y allá, haciendo preguntas, provocando, sin gran lealtad ni a un bando ni a otro, sólo por asegurarse que la intolerancia no decaiga y nunca llegue el aburrimiento antes de hora.

Busco un pretexto, como siempre, para cruzar entre ellos y admirar, aunque sea por un instante, la explosión de caracteres. Confío en que existen las condiciones para que hoy la polémica beisbolera esté en pleno clímax. Es uno de los primeros días de diciembre, mes lleno de potencia. Hace poco empezó una nueva temporada de la Serie Nacional, y no una más, sino la 50 —el torneo tiene casi la misma edad de la Revolución—. Los actuales campeones son precisamente los leones azules de la capital, Industriales, como gustan paladear ciertos comentaristas: "equipo insignia de la pelota cubana". Mientras me acerco, reparo en el conjunto llamativo de un soldado de las Tropas Especiales y un perro pastor alemán. Están posicionados hacia una punta del banco, de frente a los fanáticos y a la estatua de Martí sobre la que fuera retratado un marine yanqui, la noche del 11 de marzo de 1949, haciendo sus "necesidades".



(Foto: Francis Sánchez)

Él conversa con dos jóvenes aparentemente más interesados por el animal, así ofrece eso que se conoce como "presencia de comando", mensaje disuasivo que destella su sola figura. Pero más me choca, al entrar en el núcleo hirviendo de la "esquina", lo que oigo. Se discute sobre economía, leyes y futuro, es decir, sobre política. Según mi récord personal como observador, por primera vez ocurre una violación tan seria del reglamento no escrito para este tipo de foros. Un moreno con brazos muy largos quiere robarse el show, luchando desde el centro contra quienes alrededor blanden el criterio de que el embargo de los Estados Unidos no sea la causa real o determinante de la crisis nacional. Da a entender que alguien le hubiera dicho que tal embargo ni siquiera existe, porque arguye que, en ese caso, los países que votan mayoritariamente en la ONU por eliminarlo estarían locos o viendo un fantasma. Llega un jovenzuelo, se sienta rozando apenas el filo del banco, para preguntarle, a bocajarro, con la burla dibujada en los ojos: "Ven acá, dime, ¿en Cuba se violan los Derechos Humanos?". El moreno mueve cabeza, tronco y extremidades, deshaciéndose de la pregunta equivocada, enseña la espalda y en el giro lleva su mirada no muy lejos de allí, hasta el perro y el soldado que armonizan. Risita general. Tengo mis dudas sobre si este percance será sólo una desviación del espíritu que prima en este sitio. Me acerco a otra pareja que tiene armada su propia "esquina", y a otra, y a otra. Todos hablan de lo mismo. Urge algo que, por definirlo rápido, basta con saber lo que no se habla aquí. No se habla de pelota.

Siempre se ha especulado, con chovinismo por parte de algunos, que en Cuba hay tantos managers de béisbol como habitantes. En parte es verdad. Todo lo que no le está permitido a los cubanos hacer con naturalidad en aquella esfera social donde les va la vida, en la política, han podido desarrollarlo a propósito de la pasión por el juego que tiene sello de "deporte nacional". Desde el graderío las multitudes se entregan al voceo virulento: el colmo de la efusión ha dejado al descubierto profundos desniveles sociales, cuando en un juego Santiago vs. Industriales una parte del estadio coreaba "Ruge, leona" contra los seguidores del equipo habanero, y la otra parte "Palestinos" contra los simpatizantes del conjunto oriental, inmigrantes desde la región más pobre del país, gente sin tierra que atesta los suburbios de La Habana, por lo general con el estatus de ilegales. El público al movilizarse se siente libre de graficar su euforia en pancartas, gorras, camisas, algunos llegan incluso a enmascararse —práctica desterrada de los carnavales por su potencial político y delictivo—, actúan, representan tipos populares a modo de mascotas de las diferentes selecciones. Ya en la calle, se juntan y hasta asocian para repartirse las cosas del juego: les dicen "peñas deportivas". Y, mientras aquel medio que siempre ha sido inmediatez por excelencia, la radio, usualmente hace el ridículo de poner las llamadas de los oyentes sólo después de grabadas —a veces montan la voz de un locutor para fingir un diálogo que no pase del falso saludo—, existe el popular espacio que ofrece esta oportunidad única: usted puede, en vivo, desarrollar cualquier idea tomándose el tiempo que a Einstein le sobraría, para polemizar, cubanear, claro, siempre que se atenga al nombre del programa: "Deportivamente". Nadie echa a ver tampoco que alguien cuelgue en su balcón algún mensaje beisbolero, el banderín del equipo favorito o un consejo malintencionado para su rival.



(Foto: Francis Sánchez)

Quizás por esta relación parasitaria, por esta interdependencia entre juego y poder, la frase, la clave de simulación que vino a sustituir aquel castizo "Hay moros en la costa" —más pertinente en una cultura de fronteras como la española—, es, entre los cubanos, este verso octosílabo: "Vamos a hablar de pelota" —lleno de fatalismo, propio de un país casi sin fronteras—. Se escucha, clamado por lo bajito, en medio de cualquier grupo donde estén abordándose temas prohibidos, cuando viene alguien que no inspira confianza. Y no es difícil imaginarse el porqué acudir al bate y los guantes para esta técnica de camuflaje. A la distancia, desde el punto de vista externo del probable "chiva" —lengüilarga, soplón...— si varios cubanos conversan con el típico acaloramiento que denotan los infaltables gestos, abriendo boquete a sus emociones, y al final resulta que no lo hacen de política, nada es tan verosímil como que el béisbol, es decir, la pelota, tenga la culpa.
Ya una vez el gobierno colonial de la isla, durante la guerra, prohibió el juego por sus características encubridoras de los ánimos libertarios. Por cierto, teniendo en cuenta que la acogida dada a este peculiar deporte colectivo —donde el factor individual pesa tanto— en otro archipiélago, el japonés, se explica según el parecido de la figura del hombre que hace swing en home con el samurái, y por el tipo de combate personal y mental entre pítcher y bateador, en Cuba no nos haríamos menos favor parando mientes también en la similitud con otra figura legendaria: el mambí, el insurrecto armado apenas de machete, y con aquel nuevo estilo de guerrear contra ejército superior en número y armamento, de tú a tú, hombre a hombre, que significó la solución a las condiciones que planteaba el escenario de la isla y la diferencia entre resistir y ganar. Un reflejo del destino trágico de la nación que sería la última perla de la corona española en América, por su cercanía a los Estados Unidos, y su relación fatal de amor/odio con el gigante norteño, estriba en el hecho de compartir el mismo "deporte nacional" y que el juego allí inventado, o por lo menos organizado, viniera a recalar tan rápido y penetrar tan hondo en la pasión popular. Quizás por ello, tomando distancia patrióticamente, se ha echado a rodar el mito de que ya en la isla se jugaba béisbol cuando Cristóbal Colón pisó la tierra "más fermosa", aunque en realidad era un juego rudimentario al que los aborígenes taínos llamaban Batos, un nombre donde algunos quieren ver el origen de la palabra que designa al implemento para golpear la esfera: "bate" (bat en inglés). Más o menos desde que el ser humano se estrenaba sobre la capa terrestre ya probaba formas muy diversas de pasar el tiempo, en casi todas las culturas, usando un garrote y una pelota. El primer juego oficial en el país se celebró el 27 de diciembre de 1874, entre Habana Baseball Club y Matanzas, en el Palmar de Junco, hoy el estadio de béisbol activo más antiguo del mundo, y terminó 51 carreras a 9 a favor de los habaneros. Había desembarcado en la cultura cubana un entretenimiento que se convertiría en una balanza donde tasar conflictos y símbolos, y que reflejaría, al compás de su historia, las complejas escrituras de la voluntad de poder.
Nicolás Guillén, presentando "Un club cubano de béisbol" en versos que eran no más que un lineup —listado de quienes comparecen sobre la grama—, pero esencialmente una parábola de la situación del país, se alegraba de que dentro de la tanda plagada de yanquis alinease al menos un "jugador" con nombre criollo: "Y menos mal / el cargabates: Juan Guzmán." Fue en medio de un juego que se televisaba, entre Habana y Almendares, el 4 de diciembre de 1956: jóvenes encabezados por el líder estudiantil José Antonio Echevarría saltaron al terreno y desplegaron una tela contra el tirano Fulgencio Batista. Tomada La Habana por rebeldes triunfantes, el público capitalino, que no se había podido sentar en el anfiteatro natural de la Sierra Maestra, tuvo la oportunidad grandiosa de ver a los guerrilleros en acción cuando se creó el equipo Barbudos para un juego de exhibición contra una selección de la Policía Nacional Revolucionaria. Se había anunciado a Fidel y Camilo como pítchers contendientes, pero una expresión de este al entrar al terreno sería la finta que pasaría a convertirse en un lema de uso muy extendido: "Contra Fidel, ni en la pelota". Al abrir en enero de 1962 el telón de las Series Nacionales, quedando abolida la Liga Cubana de Béisbol Profesional, el líder de la Revolución anunciaba "el triunfo de la pelota libre sobre la pelota esclava".


Cumplido el número redondo de 50 Series, ya amainó el delirio de tener indiscutiblemente la mejor pelota del mundo porque Cuba acaparase el medallero internacional pasando como una aplanadora sobre todos los amateurs, sobre imberbes universitarios y sobre obreros que calzaban spikes algún que otro fin de semana. Nos decían que eso era la gloría. Que hasta el out veintisiete defendíamos espartanamente la dignidad, el prestigio de una ideología en demérito de otras. Resultó una pobre ilusión. Nuestros jugadores, más profesionales que nadie, sólo cumplían con la formalidad de inflar la plantilla de cualquier centro laboral por donde cobraban un salario para dedicarse a jugar a tiempo completo. La fantasía verdadera sí continuábamos viviéndola, ahora dentro de las nuevas instalaciones a lo largo del país, pero venía en las manos y los pies de los hombres que, con la misma inercia maravillosa de las primeras ligas y los otrora clubes profesionales, seguían haciendo magia delante de estadios repletos, como el loco Víctor Mesa robándose el home o saltando sobre la cerca del jardín central para quedarse con un jonrón en el guante.

Tras la admisión de profesionales en la International Baseball Federation (IBAF), el dominio en la arena internacional decayó hasta el extremo de haberse perdido, en el 2009, todos los títulos. Periodistas especializados destacaban entonces, a guisa de reproche, la disciplina de los pítchers japoneses que disfrutaban tirando quinientas pelotas diarias en los entrenamientos. Se jaraneó calculando, en informales "esquinas calientes", el máximo que un prospecto guajiro podría sacarle a un bistec de biajaca. Vidas y haciendas de ciudadanos comunes han estado apolismadas, emparejadas con la suerte de los grandes jugadores de carne y hueso, por el supremo voluntarismo de la alternativa que busca el triunfo a toda costa, es decir, a costa del sentido común o de la misma calidad de la vida. Se reflexionó, por parte de la máxima instancia del Estado, que una causa del deterioro estaba en la fuga sistemática de los talentos desde la pelota libre rumbo a las Grandes Ligas norteamericanas, y, para más paradojas, se ordenó cerrarles además la puerta de regreso o visita a su patria, pues habían traicionado la confianza depositada sobre sus lomos, con tal que no viniesen a meterle aquí el brillo por los ojos a los que se quedaban.

Una cosa es fantasear con dirigir algo, sea un equipo o toda la estructura de una de las formas de la conciencia nacional, que se convierta en metáfora del país y la sociedad —cualquiera puede probarlo limitándose a su imaginación, a los palcos del arte o a chácharas callejeras—, y algo muy distinto es el poder real, ilimitado: manipular en la práctica toda esa trama social que condiciona la representatividad del evento, que empieza mucho antes de un partido y no termina cuando se apagan las luces del estadio. Lo primero, todos lo hacemos; lo segundo, nos lo hacen a todos.

Del segundo Clásico Mundial, en marzo del 2009, volvería la selección cubana exprimida por escuadras asiáticas. Al manager le esperaba en el aeropuerto José Martí algo más que una sensación de vacío en el mismo lugar donde, cuatro años antes, concluido el primer Clásico, multitudes habían celebrado una medalla de plata. Le esperaba ahora la reflexión de un "compañero" —por renunciar al título de Comandante en Jefe, desde su cama, convaleciente, no iba a abandonar ciertas prerrogativas sobre la pasión y el pasatiempo nacionales— achacando la derrota a su mal trabajo. La ceremonia de recibimiento, con la lectura de la "reflexión" ante el pobre hombre que debía soportar aquella descarga de frente, de pie y sin chistar, se transmitió por radio y televisión. A pesar de la riqueza de variantes y posibilidades estratégicas que incluye el béisbol, tan similar por ello al ajedrez, y para algunos igual de aburrido, esta censura no admitía réplica. Tampoco era la hipótesis a que se atrevía un fanático del montón. La misma ceremonia parecía fugarse desde la realidad hacia las páginas de la novelística latinoamericana. Un absoluto poder de discernimiento visionario, hecho a lidiar con presuntos desenlaces de la economía, la soberanía, la deuda externa o el calentamiento global, había elevado el juego al mismo nivel. A buen entendedor, para los espectadores: si sobre el terreno otro fuera el responsable de ejecutar, de tomar las decisiones —el autor de la crítica, por ejemplo—, otro sería el resultado.

5 de diciembre de 2010.

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